domingo, 31 de julio de 2011

COMO LEÍA SHERLOCK HOLMES





Una de las preocupaciones principales de quien recién está aprendiendo a leer es cómo hacer para recordar todo lo que pasa por sus ojos. El novicio cree que está leyendo mal si olvida algo de un texto, y eso es equivocado.

Para empezar, no es posible retener todo lo que uno lee. Al respecto, Arthur Schopenhauer señalaba lo siguiente: «Esperar que alguien lo recuerde todo… es como esperar que viva llevando en su cuerpo cuanto comió desde el nacimiento». Lo importante es comprender la idea que transmite un libro (que puede escribirse en unas cuantas líneas) para que tal actividad sea provechosa.

A veces, y con el tiempo transcurrido luego de hecha la lectura, puede ser incluso un detalle, una escena o un dato el que únicamente permanezca en nuestra mente y también será suficiente (aunque a veces sea difícil recordar la fuente de donde la tomamos), porque aquellos, si uno necesita recuperarlos con precisión, se pueden rememorar y aclarar con la relectura.

No obstante, el mejor camino para ahorrarnos parte de esos inconvenientes es el de registrar y organizar nuestros hallazgos; algo que, por cierto, había descuidado hacer Sherlock Holmes, a pesar de ser un lector consumado (si bien no siempre es posible saber qué es lo que nos puede ser útil más adelante).

Veamos su caso en el cuento «La aventura de la melena de león» (que se encuentra en el libro El archivo de Sherlock Holmes, de Sir Arthur Conan Doyle). Fitzroy Macpherson había sido salvajemente azotado y asesinado al final de un sendero, cerca de una laguna formada en la playa del Canal. Nadie había pasado por allí esa mañana fuera del muerto. ¿Quién podría ser el asesino?

Se trataba de un caso extraordinario y de difícil resolución. Las últimas palabras del occiso: «la melena de león» (1967: 94), sin embargo, fueron la clave para resolver el misterio.

Holmes se describe a sí mismo y el episodio en mención de este modo: «—Yo soy un lector omnívoro y que tiene una memoria extraordinariamente retentiva para las cosas insignificantes. Esa frase “la melena de león” me tenía obsesionado. Estaba seguro de haberla leído en alguna parte y en un contexto inesperado» (1967: 121).

No recordaba la fuente de donde provenía ese dato, pero un hecho en medio de la historia se lo traerá a la memoria. Transcurrida una semana sin hallar al culpable, Holmes se entera, por boca de su ama de llaves, de que la mascota de míster Macpherson muere «en el mismo lugar en que encontró la muerte su amo» (1967: 109). El cuerpo del animal fue hallado por dos estudiantes del colegio de Los Gabletes. Holmes va en busca de ellos a entrevistarlos y luego revisa otra vez la escena del crimen.

El momento exacto en que se hace más precisa su reminiscencia, Holmes lo relata así: «En el instante mismo en que alcanzaba el punto más alto del sendero se me aclaró todo. De pronto, como una exhalación, recordé lo que tan ansiosamente y tan en vano había querido asir. Los lectores sabrán, si es que Watson no ha escrito inútilmente, que yo tengo un inmenso depósito de conocimientos de cosas que se salen de lo corriente, amontonados sin sistema científico, pero disponibles para las necesidades de mi labor. Mi cerebro es como un almacén atiborrado de paquetes de toda clase; tantos, tantos, que no es extraño que sólo conserve una vaga percepción de todo lo que hay allí. Yo tenía la seguridad de que algo había que bien pudiera servir en este asunto. Era todavía una cosa vaga, pero ya sabía por lo menos cómo podría convertirla en una cosa clara. Era algo monstruoso, increíble, pero quedaba siempre como una posibilidad. Yo lo pondría plenamente a prueba.

»Hay en mi casita una buhardilla espaciosa atiborrada de libros. Me zambullí en ellos, y los revolví durante una hora. Al cabo de ese tiempo salí de la buhardilla con un pequeño volumen color chocolate y plata. Busqué anhelante el capítulo del que ya tenía un recuerdo confuso. Sí, se trataba, sin duda, de una hipótesis improbable, pero no podía tranquilizarme hasta adquirir la certeza de si, en efecto, podía tener realidad. Era ya muy tarde cuando me acosté, ansioso de que llegase la hora de emprender mi tarea del día siguiente» (1967: 110 y 111).

Más adelante nos enteraremos de que en ese «volumen color chocolate y plata» se encontraba el dato que estaba buscando. Holmes les refiere a sus acompañantes esto: «—He aquí un libro —dije yo, echando mano al pequeño volumen— que puso en claro lo que quizás habría quedado para siempre oscuro. Se titula Out of doors (sic) por el célebre viajero J. G. Wood. Este señor estuvo a punto de perecer a consecuencia del contacto con ese animal inmundo, y por eso escribió con pleno conocimiento de causa. El nombre completo de este ser malvado es el de Cyanea Capillata, y puede ser tan peligroso para la vida, y, desde luego, su acción más dolorosa que la mordedura de la cobra. Permítanme que les ofrezca brevemente este resumen.

»“Si el bañista distingue una masa, como redonda y suelta, de membranas y de fibras color leonado, algo como unos grandes manojos de melena de león y de papel plateado, que se ponga en guardia, porque se trata del terrible animal picador llamado Cyanea Capillata”. ¿Es posible describir con mayor claridad a nuestro siniestro conocido?


»Luego pasa a contarnos su encuentro con uno de esos animales cuando nadaba frente a la costa de Kent. Pudo darse cuenta de que ese animal irradiaba filamentos casi invisibles hasta una distancia de quince metros, y que todo ser viviente que se encontraba a esa distancia del mortífero centro de la circunferencia, corría peligro de muerte. Aun de lejos, los efectos sobre Wood fueron casi mortales. “Los numerosísimos hilos produjeron ligeras líneas color escarlatas (sic) en la piel; examinadas más detenidamente resultaron ser puntos minúsculos o pústulas, encerrando (sic) cada puntito algo así como una aguja al rojo vivo que traspasa los nervios”.
»Explica luego que el dolor en la parte afectada superficialmente era lo más secundario de aquella tortura refinada. “Sentí dolores que me atravesaban el pecho y que me hacían caer como si hubiese sido herido por otros tantos balazos. El pulso se interrumpía, y de pronto daba el corazón seis o siete saltos como si quisiera saltársele fuera el pecho”.

»Aquello estuvo a punto de matarle, aunque sólo había estado en contacto con aquel ser en medio del agitado océano y no en las aguas someras y tranquilas de una charca de agua de mar. Asegura que apenas se conoció a sí mismo más tarde, porque su cara estaba blanca, contraída y arrugada. Se echó al cuerpo de golpe una botella entera de aguardiente, y parece que esto le salvó la vida. Ahí tiene usted el libro, inspector. Se lo presto, y no podrá usted dudar de que en él se contiene una explicación completa de la tragedia del pobre Macpherson» (1967: 119-121).

Visto lo anterior, se observa que incluso un lector experto como Holmes puede olvidar el libro del que procedía una frase, si no tiene registrados y organizados sus conocimientos, debido a sus muchas lecturas. Y el recordar de dónde proviene puede ser un proceso que tome segundos, minutos, horas, días (es el caso de Holmes), semanas, meses o, tal vez, años. En ocasiones, un hecho fortuito puede acelerar el proceso y contribuir en ello. Eso mismo sucedió con Sherlock Holmes. Por cierto, yo también acabo de recordar dónde leí la frase de Arthur Schopenhauer, fue en el libro Mental gym, de Tom Wujec (1989: 254).

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Nota: La imagen de Sherlock Holmes fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://bajootraluz.blogspot.com/2010/10/sherlock-holmes-nunca-dijo-elemental-mi.html





Bibliografía




CONAN DOYLE, Sir Arthur. El archivo de Sherlock Holmes. Barcelona: Editorial Molino, 1967. [Traducción de Amando Lázaro Ros].

WUJEC, Tom. Mental gym. Buenos Aires: Editorial Atlántida, 1989.

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