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sábado, 22 de abril de 2023

CÓMO ESCRIBIR POESÍA INFANTIL III

Sobre el uso de la «palabra» en la poesía infantil, en sus Lecciones de poesía para niños inquietos, Luis García Montero dirá:

 
      Los diccionarios son una verdadera caja de sorpresas, los abres y encuentras palabras como apiolar, campés, cuérrago, entormecimiento y garrofal. Claro que también hay palabras como agua, pan, calle, mar, cielo y tierra. Los poetas aprenden a utilizar las palabras raras, pero sobre todo aprenden a dar vida nueva a las palabras sencillas: amor, tristeza, canción, miedo o alegría (2015: 81).

Y añadirá más adelante:

 

Con las palabras se hace mucho daño. El honor de los demás depende de nosotros y nuestro honor depende de los demás. Los poetas han escrito que las palabras son a veces como un puñal, como una navaja, como una piedra, hacen daño y pueden herir. Imagínate que un amigo te traiciona y cuenta un secreto, una verdad o una mentira que te deja en ridículo. Sus palabras sonarán en tus oídos como una ametralladora.

Otras veces las palabras significan felicidad. Te pueden decir con ellas cosas agradables, declaraciones de amor o de amistad, explicaciones sobre los asuntos más extraños, sobre los misterios del mundo. ¿Buscamos metáforas sobre las palabras que dan felicidad? Por ejemplo: la llave que abre todas las puertas, los labios del día y de la noche, los tesoros del mar, las caracolas de la amistad. Durante el día o la noche, cuando pegamos el oído a una caracola escuchamos el mar, y cuando pegamos el oído al teléfono de nuestra vida escuchamos palabras, palabras que son la llave de todos los secretos (2015: 83).

Cuando estas palabras se relacionan entre sí brota la «conversación». García Montero la explicará de este modo:

 

Las palabras son la piel de nuestro yo, conocen todos nuestros secretos, se acuestan en nuestra cama, se sientan en nuestra silla, gritan en nuestros sueños, comen en nuestro plato. Pero es curioso que estas palabras, tan cercanas, tan amigas, tan íntimas, no sean sólo nuestras, ni hayan crecido en nosotros, como nuestro cuerpo, nuestro pelo o nuestras uñas. Las palabras pertenecen a toda una sociedad, están en el diccionario, han pasado por la boca de los bisabuelos, los abuelos, los padres, y seguirán después en los labios de los hijos, los nietos y los bisnietos. ¿Te das cuenta? Lo más nuestro, lo más secreto, mantiene una relación íntima con los otros, con el pasado, con la ciudad en la que vivimos. Y es que somos una conversación. Nuestra vida se hace poco a poco, se forma gracias a todo lo que intercambiamos con los otros.

Las palabras escritas, la poesía, la novela, los cuentos, son también un intercambio entre un autor y un lector (2015: 87).

También reflexionará el autor sobre las «palabras compartidas», de las que escribirá:

 

… El hueco por el que pasan los ríos bajo los puentes antiguos se llama ojo. Parece como si los puentes nos mirasen con sus ojos abiertos. Y las piedras que cubren los ojos del puente nos recuerdan a las cejas de una cara. Por eso hablamos de los ojos de un puente.

Cuando un niño está muy sano y es muy grande, decimos que está más fuerte que un roble. Para hablar de una persona utilizamos la cualidad de un árbol. O al contrario, podemos utilizar una característica humana para hablar del mundo, y cuando amanece un día muy nublado, después de mirar por la ventana, comentamos que hace un día muy triste.

Estos juegos poéticos del lenguaje sirven para expresar con fuerza lo que queremos decir. No es lo mismo comentar que una persona está muy nerviosa, que decir: «Pedro tiene hoy siete gatos en la barriga». Y cuando queremos dar nuestra palabra de honor, no es lo mismo decir que vamos a contar la verdad, que afirmar poéticamente: «estoy hablando con el corazón en la mano». El corazón es una metáfora de los sentimientos profundos, del amor, de la ternura, de la sinceridad, y por eso nos lo sacamos imaginariamente del pecho, a través de las palabras, para hablar con él en la mano.

El uso de todos estos recursos pasa con frecuencia desapercibido por la rutina del idioma. Pero son recursos poéticos que cumplen una función, y el poeta aprende de ellos, los renueva, inventa cosas parecidas, comparte con los demás su imaginación, para aprender a mirar mejor, a explicar mejor las cosas, a entender los sentimientos y la realidad (2015: 93 y 94).

Y sobre la «imaginación», García Montero se expresará en estos términos:

 

… Imaginar significa hacernos responsables de la realidad, corregirla, entretenernos con ella, sacarle partido a los ojos del pensamiento. El pensamiento también tiene ojos, y cuando aprendemos a mirar con ellos empezamos a ver las cosas que sólo viven en las ciudades de la imaginación.

Las palabras son como una diana y un dardo, como una caja de cartón y una pelota, objetos que nos ayudan a jugar y que nos permiten vivir en las ciudades de la imaginación, asustándole [sic; es ajustándole] las cuentas a la realidad. Pero, cuidado, piensa que si quieres ser poeta deberás hacerte responsable de tus imaginaciones. A veces resulta difícil vivir en el lugar adonde nos lleva la imaginación. Y es que aprender a imaginar no significa solamente inventarse fantasmas, brujas y marcianos.

¿Qué le has regalado a tu madre por su cumpleaños? ¡Un frasco de colonia! Pero, ¿cuántos frascos de colonia tiene tu madre? Por lo menos cuatro o cinco, porque casi todo el mundo le regala colonia a las madres en su cumpleaños. Vamos a jugar con la imaginación para ver si se nos ocurre otra cosa.

— ¿Qué le regalarías a la luna por su cumpleaños?

— Una buena noche, sin nubes en el cielo, para que pudiera brillar casi tanto como el sol (o por lo menos como una bombilla).

— ¿Y qué le regalarías a una señal de tráfico?

— Un abrigo, porque en las esquinas de las calles hace mucho frío y es una lástima que las señales de tráfico se pasen las noches tan desnudas y tan quietas (2015: 110 y 111).

El autor, a su vez, trata de sopesar el valor de la «rima» en su exacta dimensión para la poesía infantil y ofrecerá al respecto su punto de vista en la siguiente cita:

 

… La rima es igual que la luz que entra por debajo de las puertas, la luz de la mañana que se filtra por las cortinas. La rima entra en la imaginación y en la memoria, dibuja sobre la arena de la fantasía los límites de una frase o un poema, el tiempo de un poema. La rima se repite como el sonido de un reloj, se queda en nosotros como el tic-tac de las palabras. Los versos parecen seres vivos, nos afectan igual que un suceso o que un recuerdo importante.

La rima es también un modo tradicional de conseguir la música de un poema. Cuando contamos una historia, además de decir la verdad, necesitamos ser elocuentes, verosímiles, explicar las cosas de forma que parezca sincero todo lo que decimos. Al llegar tarde a casa o después de una travesura, hay que ofrecer explicaciones, tener un buen motivo, contar nuestras excusas de manera convincente. Tan importante es lo que decimos como la forma de decirlo, las palabras que utilizamos, el tono de voz, los gestos. Sin que se note mucho, un poco de teatro siempre da buen resultado. ¿A que sí?

La música de los poemas sirve precisamente para eso. La música es el tono de voz, el gesto de los versos, la forma que tienen las palabras de llegar a sentirse necesarias y convincentes. Escribir un poema es buscar una música, un ritmo, para que todas las cosas sean oportunas, seductoras, llamativas, creíbles. Además de la rima, el poeta puede controlar el número de sílabas que hay en cada uno de sus versos, para que suenen con un ritmo preciso. Podemos escribir, por ejemplo:

 

El tambor de la lluvia

corre por la ventana.

En los cristales fríos

canta la luz del alba.

 

Estamos hablando de un amanecer de invierno, con el frío de la calle pegado a la ventana y con la lluvia golpeando en los cristales, que suenan como si fuesen un tambor. Los gallos cantan al amanecer, así que podemos identificar su canción con la primera luz del día. La luz del alba canta como un gallo. Dibujamos el espacio y la música del poema a través de la rima y de las sílabas de los versos. Ventana y alba riman con suavidad, en asonante, y los versos fluyen de una forma natural, armoniosa, porque todos tienen siete sílabas:

 

El-tam-bor-de-la-llu-via

co-rre-por-la-ven-ta-na.

En-los-cris-ta-les-frí-os

can-ta-la-luz-del-al-ba.

 

Los poetas utilizamos el idioma como si fuera un instrumento musical, una guitarra, un piano, haciendo que las palabras suenen como teclas o cuerdas afinadas, para componer una melodía, un tono de voz, una explicación personal y convincente de las travesuras del mundo (2015: 116 y 117).

No obstante lo señalado, el autor advierte:

 

Pero te recuerdo que se pueden escribir poemas sin rima y versos de distintas sílabas. Lo importante es la música, conseguir llamar la atención con las palabras, dibujar una historia y un tiempo en la imaginación, convertir una mirada o una idea en algo memorable. A todo esto ayuda la rima, pero hay otras formas de lograrlo, porque la música permite muchas libertades y las palabras tienen más recursos para enseñarnos a mirar (2015: 117).

El libro de Luis García Montero está escrito con sabiduría, y deja traslucir además en sus líneas el largo trajinar poético del autor. De allí que no tiene pierde que lo lean no solo los niños, a quienes está dirigido, sino también los lectores de cualquier edad que gusten de la poesía.

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Nota: El dibujo de Luis García Montero, hecho por Grendel Sagrav, al inicio de esta entrada, fue tomado de la siguiente dirección: https://lamazzolata.wordpress.com/tag/luis-garcia-montero/

 

 

 

Bibliografía

 

MONTERO, Luis García. Lecciones de poesía para niños inquietos. Bogotá: Gimnasio Moderno, 2015. Recuperado de https://tinyurl.com/5n87s92h


viernes, 31 de marzo de 2023

CÓMO ESCRIBIR POESÍA INFANTIL II

Sobre la «prosopopeya», García Montero, en su Lecciones de poesía para niños inquietos, procede a definirla de una forma muy breve, considerándola como sinónimo de «personificación» (2015: 37). Y un buen ejemplo de su uso poético lo muestra en estos versos:

 

El sol de junio parece

deportista en los tejados.

No para de hacer gimnasia

entre las doce y las cuatro (2015: 50).

En donde se percibe que el sol se «prosopopeyiza», si cabe el término, y se convierte en personaje literario de carne y hueso, que es deportista y hace ejercicio en los tejados de las casas y en determinadas horas de la tarde.

Sobre la «metonimia», García Montero se explayará más en definirla, recurriendo a un lenguaje muy sencillo y directo:

 

Hay cosas que están siempre juntas, tan juntas que acaban contagiándose entre sí. Un amigo muy alegre nos contagia la alegría. Un amigo muy triste acaba pintándonos la cara con el color de las flores tristes, hasta que parecemos pétalos secos en un jarrón. Pasa lo mismo con las cosas del mundo, se contagian sus alegrías, su tristeza y su significado. Así podemos escribir sobre una cosa, pero utilizando el nombre de algo que siempre está a su lado. Eso es una metonimia (2015: 37).

Pero la «metonimia» también puede servir para sintetizar una expresión:

 

Los poetas resumimos mucho, y con sólo nombrar una parte lo decimos todo

 

Estoy enamorado

de aquellos ojos verdes.

 

Entendemos enseguida que el poeta no está enamorado sólo de los ojos, sino de la mujer que tiene aquellos ojos verdes. Pero entendemos también que los ojos verdes son una de las cosas que más le gustan de la mujer a la que quiere. Pocas palabras pueden decir mucho (2015: 38).

Luego, el autor nos hablará de la importancia de tomar «conciencia del tiempo» cuando se escribe poesía:

 

Otra cosa muy importante para escribir poesía, casi tan importante como aprender a mirar, es la conciencia del tiempo. Las personas mayores piensan que solamente ellas comprenden la melancolía, la nostalgia y los sentimientos temporales, porque resulta imprescindible cumplir muchos años para emocionarse delante de un atardecer, una fotografía o un reloj. Pero no es verdad. Los niños mantienen también sus conversaciones con el tiempo y esconden a veces una gota de melancolía en los ojos (2015: 61).

Líneas adelante, precisará su idea de forma poética incluso:

 

… la mirada de los poetas está llena de tiempo. En cada pupila esconden un diminuto reloj de arena que salta y ríe y se pone triste y vuelve a saltar y a cantar sobre el mundo, las fotografías, los amigos que se van, los que regresan y los que ya no vuelven nunca. Aprender a mirar significa descubrir cómo pasa el tiempo sobre las cosas, cómo llega, cómo se va, cómo se para un momento para sonreírnos (2015: 63).

Y, en otro capítulo de su libro, añadirá un elemento adicional a tener en cuenta cuando se hable de la «conciencia del tiempo» en un momento posterior de nuestra existencia:

 

Los escritores miran a veces con los ojos de la memoria, peque [sic; sería porque] les gusta viajar por el tiempo, abrir la caja de los secretos, el álbum de las fotografías, los cajones de ese armario en el que puede guardar casi todo. El tiempo es una carretera de ida y vuelta, por la que podemos viajar al futuro o al pasado, podemos imaginarnos lo que ocurrirá mañana o recordar lo que sucedió ayer.

La abuela Chiqui tiene más de sesenta años. Pero en su memoria no vive sólo una mujer de sesenta años, porque vive también la niña que fue al colegio, la muchacha que quiso ser maestra, la mujer que se casó, que tuvo una hija llamada Mari Carmen y una nieta que se llama Maribel. La abuela Chiqui viaja al pasado y recuerda su colegio, porque la memoria es un armario mágico, que nos guarda casi todos los trajes, y también una modista que emplea tejidos milagrosos, porque las tallas crecen o disminuyen de acuerdo con nuestros recuerdos. En la memoria, sólo en la memoria, la abuela Chiqui puede volver a ponerse su uniforme de colegiala (2015: 69 y 70).

Un buen ejemplo que permite ver la puesta en práctica de esta «conciencia del tiempo» es este fragmento de un poema del propio García Montero:

Todo gira en la tarde.

El agua de los ríos,

las nubes traicioneras,

el viento forajido.

 

Cuando la luz se apaga,

más allá del silencio,

los ruidos de la calle

golpean en el sueño.

 

Por los pasillos juegan

las sombras a esconderse

y fuera ladra el perro

temible de diciembre.

 

En la comba del búho

la luna fugitiva

salta sobre los faros

que cruzan la autopista.

 

Todo gira en la noche.

Fotografías viejas,

motores lejanísimos,

historias imperfectas.

A la una el futuro

y el tiovivo del tiempo.

A las dos el presente,

a las tres el recuerdo. (2015: 74).

En el siguiente artículo, cerraremos esta secuencia discurriendo sobre la palabra, la conversación, las palabras compartidas, la imaginación y la rima.

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Nota: El dibujo de Luis García Montero, hecho por Grendel Sagrav, al inicio de esta entrada, fue tomado de la siguiente dirección electrónica:  https://lamazzolata.wordpress.com/tag/luis-garcia-montero/

 

Bibliografía

 

MONTERO, Luis García. Lecciones de poesía para niños inquietos. Bogotá: Gimnasio Moderno, 2015. Recuperado de https://tinyurl.com/5n87s92h