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viernes, 16 de abril de 2021

VALLEJO Y EL HUMOR II

Y concuerdo con lo sostenido en el estudio crítico titulado «Y también el humor en la poesía de Vallejo», de Jorge Díaz Herrera (ya mencionado en el anterior artículo), en las siguientes líneas: «Tiene, pues, su propia lógica la vida y su propia lógica la poesía; pero resulta difícil anular o desechar la interrelación de ambas para apreciarlas, para valorarlas mejor» (pp. 90 y 91).

Y eso lleva a formularme las siguientes preguntas: ¿Y por qué tendría que romperse el vínculo natural que dio nacimiento a un poema? ¿Acaso no nació esa creación de una experiencia vital? ¿Acaso no surgen de experiencias vitales propias o ajenas las obras literarias? ¿Y acaso no es la tradición literaria, de la que también surgen las creaciones, la suma de muchas experiencias vitales plasmadas en papel?

El siguiente fragmento del estudio crítico de Díaz Herrera explica mejor esa interrelación entre la lógica de la vida y la poética:

 

Otro elemento necesario que nos permite, si no la mayor valoración por lo menos la mayor comprensión del poema, es el conocimiento de la atmósfera sicológica, social cotidiana del poeta. De lo que aconteció en su vida de puertas para adentro. De lo que, por no trascender a su vida pública, no trascendió al universo de sus lectores. De los acentos, de los tonos familiares. De su lógica personal. Ilustraré esta reflexión con el siguiente referente anecdótico: Ya ganada un tanto la confianza de Natividad, en mi visita a Santiago de Chuco, empujado por la audacia propia de los jóvenes que quieren saberlo todo, de repente le pregunté a la hermana de Vallejo, entre otras cosas, que qué es lo que ella habría querido decir, si ella hubiera sido el poeta, con aquel verso de «Poemas humanos»: «Confianza en el anteojo, no en el ojo». Natividad me respondió con soltura que qué confianza podría tener ella en sus ojos si era miope. La respuesta me hizo reír y Natividad compartió la risa; más aún cuando le hice ver que la interpretación de ese verso había dado origen a las más variadas y contrapuestas versiones entre mis amigos, pero muy alejadas de la que yo acababa de escuchar (1994: 89 y 90).

Y otro párrafo del estudio crítico de Díaz Herrera que va en consonancia con lo mencionado antes es el siguiente:

 

 Antenor Orrego también solía contar cómo, cierta mañana, su amigo César llegó demudado a referirle, aún en Trujillo, la conmoción que le había causado el sueño que tuvo esa noche: Vallejo se había visto muerto en París. De aquí que cuando después escribe: «Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo», tenía efectivamente el recuerdo de su muerte en París que, aunque acaecida tan sólo en sueños, era al fin de cuentas un recuerdo en su experiencia. Después, la propia vida o la propia muerte del poeta demostrarían que aquello resultó ser una premonición (1994: 90).

Lo señalado viene a propósito de haber encontrado tres interpretaciones distintas de los últimos dos versos del poema XIV de Trilce hechas por tres críticos literarios distintos, a los que cita Susana Reisz en su libro Teoría literaria. Una propuesta,

Pero antes de citarlos, considero conveniente reproducir íntegramente el poema XIV de Trilce, tomado del libro Poesía completa, de César Vallejo:

 

Cual mi explicación.

Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles (1988: 77 y 78).

Y las tres interpretaciones que recoge Susana Reisz en su libro son las del francés André Coyné, del peruano Alberto Escobar y del chileno Eduardo Neale-Silva como pasaremos a ver:

 

[1] El final del poema es característico: la afirmación repentina de otra certidumbre, también inevitable pero de índole familiar, biográfica, nos ofrece un ejemplo más de esas conclusiones que no concluyen nada:

 

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles.

(Coyné 1957, 117-118)

 

[2] La introducción de cada una de esas oraciones con el relacionante pero, denota su función adversativa respecto de todo el discurso anterior. Insufla un aliento sarcástico que orea la imagen elaborada en los nueve versos precedentes, como si pretendiera despojarla de grandilocuencia y reducirla a lo exiguo del derecho reconocido al hombre concreto. (Escobar 1973, 138)

 

[3] En los últimos siete versos recién comentados hay, sin duda, una actitud de arrogancia y una severísima condenación de un medio envilecido. Pero esta actitud apolínea la contrarrestan luego dos tristes consideraciones: nada puede el provinciano en la capital, ni caben protestas demasiado violentas cuando se tiene que resguardar un sueldo, por misérrimo que sea. (Neale-Silva 1975, 558) (1989: 218-219).

Si estuviera vivo Vallejo, al leer tan divergentes interpretaciones de su poema, tal vez se volvería a reír con muchas ganas y con despreocupación infantil del asunto, y tal vez volvería a decir: «El que puede comprender, que comprenda».

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Nota: La foto de la escultura César Vallejo (2001), de Miguel Baca Rossi, que se encuentra en la Biblioteca Nacional, y que acompaña este artículo, fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.

 

Bibliografía

 

DÍAZ HERRERA, Jorge. «Y también el humor en la poesía de Vallejo». En:  Vallejo, su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Universidad de Lima, agosto 25-28 de 1992. Lima: Universidad de Lima, 1994.

MORE, Ernesto. Vallejo en la encrucijada del drama peruano. Lima: Librería y Distribuidora Bendezú, 1988.

REISZ DE RIVAROLA, Susana. Teoría literaria. Una propuesta. Lima: Fondo Editorial de la PUCP, 1989.

VALLEJO, César. Poesía completa. Trujillo: Cicla-Concytec, 1988.


sábado, 27 de marzo de 2021

VALLEJO Y EL HUMOR I

En el estudio crítico titulado «Y también el humor en la poesía de Vallejo», presentado por Jorge Díaz Herrera en el Coloquio Internacional César Vallejo su Tiempo y su Obra, llevado a cabo del 25 al 28 de agosto de 1992 en la Universidad de Lima, del Perú, y publicado luego en el tomo II del libro Vallejo, su tiempo y su obra, este relata algunas anécdotas del poeta que reflejan su sentido del humor. Cito la más destacable:

 

Otra de las anécdotas conocidas de Vallejo y, según testigos, referida por el propio Alfonso de Silva, músico peruano que compartió una gran amistad con el poeta y a quien Vallejo le dedicó una hermosa elegía tras su temprana muerte, es la siguiente: La situación económica de ambos amigos no era favorable, corrían los primeros tiempos en París. Tal dificultad era resuelta de modo singular: Alfonso tocaba el violín en un restaurante, lo cual le deparaba alguna compensación económica acorde con la benevolencia de los parroquianos. Conforme lo convenido entre ambos amigos, Vallejo solía ir por él a las horas acordadas y, por lo general, Alfonso salía brevemente a pedirle que se diera una vueltecita más, pues lo recolectado aún no resultaba suficiente. Cuando ya pesaba el bolsillo, César y Alfonso se instalaban en un decoroso restaurante y, para dar un buen anticipo a la cena, pedían entusiasmados un buen aperitivo que agotaba todo lo recaudado. Entonces, Vallejo solía quejarse con una burlona exclamación: «Qué suerte la nuestra. Tener para abrir el apetito y no para cerrarlo» (1994: 92).

Díaz Herrera señala luego que conoce otras anécdotas de Vallejo semejantes (es decir, que también mostraban el sentido del humor del poeta) que prefiere obviarlas por no tener «muy clara la identidad de los informantes» (1994: 92).

Es posible que Díaz Herrera no se haya topado con el libro Vallejo en la encrucijada del drama peruano, de Ernesto More, en donde se recopilan varias anécdotas de Vallejo más sabrosas que las que cuenta y que también demuestran su sentido del humor.

Y digo bien: «topado», porque a mí me pasó eso precisamente, me topé con una edición popular de ese libro en una solitaria librería del centro de Lima, hace varios años atrás, por lo que solo me costó dos soles. Y de no haber sido por ese hecho fortuito, tal vez no me hubiera enterado de su existencia.

Una de las anécdotas narradas allí que podría haber servido muy bien a los fines de Díaz Herrera es la que ocurre entre la escritora y periodista Ángela Ramos y el vate santiagochuquino, y que More la registra en los siguientes términos:

 

—Recuerdo que una vez, estando con él en [la librería] «La Aurora Literaria», y poco tiempo después de una crítica que apareció en uno de los diarios locales en que se emplazaba a Vallejo a explicar su propia poesía, principalmente aquella que comienza así:

 

Luna! Corona de una testa inmensa,

que te vas deshojando en sombras gualdas!

Roja corona de un Jesús que piensa

trágicamente dulce de esperanzas!

 

Y cuando yo me imaginaba encontrarlo amostazado, fastidiado o por lo menos triste, cuál no sería mi sorpresa de verlo reír con unas ganas… con tan gran despreocupación infantil… Y mayor fue mi sorpresa cuando Vallejo, al referirse al crítico, exclamó sin dejar de reír:

 

«¡Pero si es un perote!».

«¡U—n p—e—r—o—t—e!».

 

Y terminó diciendo: «El que pueda comprender que comprenda»… Y lo dijo sin malevolencia, sin ánimo de ofender a nadie, ni aún al mismo crítico que afirmaba no comprender nada de sus versos y emplazaba al autor mismo a que lo explicase. […].

—Recuerdo que otra vez, como yo le estuviera haciendo bromas para sacarlo de sus casillas, y me le quedé mirando fijamente, César me preguntó:

—¿Por qué me miras así?

—¡Estoy admirando —le repuse— tu genial fealdad!

Y él, con su risa triste, ancha, cordial y grande:

—«Hermana, qué feo no seré que tienes que inventar un adjetivo» (1988: 50 y 51).

Y ese humor de Vallejo (que llega incluso a ser irónico por momentos) del que habla Díaz Herrera se puede percibir también en su poesía, de la que cita varios versos, y de los que reproduciré solo tres:

 

«Y nos levantaremos cuando se nos dé

la gana, aunque mamá toda claror

nos despierte con cantora

y linda cólera materna.

Nosotros reiremos a hurtadillas de esto,

mordiendo el canto de las tibias colchas

de vicuña ¡y no me vayas a hacer cosas!».

(LII, de Trilce)

 

[…]

 

«la cantidad de dinero que cuesta el ser pobre».

(De «Por último, sin ese buen aroma sucesivo» - Poemas humanos).

 

[…]

 

«¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,

que hasta sus propios pies así lo pisan?»

(De «Poema para ser leído y cantado» - Poemas humanos) (1994: 98-101).

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Nota: La foto de Vallejo, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: https://tinyurl.com/9wueja4

 

 

Bibliografía

 

DÍAZ HERRERA, Jorge. «Y también el humor en la poesía de Vallejo». En:  Vallejo, su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Universidad de Lima, agosto 25-28 de 1992. Lima: Universidad de Lima, 1994.

MORE, Ernesto. Vallejo en la encrucijada del drama peruano. Lima: Librería y Distribuidora Bendezú, 1988.