sábado, 25 de octubre de 2014

CÓMO LEÍA BORGES


No he encontrado todavía una descripción más vívida de la afición a leer de una persona que la que cuenta Alberto Manguel en su Historia de la lectura, acerca de cómo se manifestaba esta en Jorge Luis Borges.

Cito al autor, a quien le ocurrió la siguiente anécdota  a los dieciséis años, cuando trabajaba en Pygmalion, una de las tres librerías angloalemanas de la Buenos Aires de 1964:

Cierta tarde entró en la librería Jorge Luis Borges, acompañado por su madre, de ochenta y ocho años. Borges ya era famoso, pero yo sólo había leído algunos, pocos, de sus poemas y relatos, y no sentía una admiración incondicional por su obra. Borges estaba ya casi completamente ciego, pero se negaba a usar bastón, y pasaba la mano por los estantes como si pudiera ver los títulos con los dedos. Buscaba libros que le ayudaran a estudiar anglosajón, su pasión del momento, y habíamos encargado para él el diccionario de Skeat y una edición anotada de La batalla de Maldon. La madre de Borges se impacientó: «¡Ah, Georgie!», dijo. «¡No sé por qué perdés el tiempo con el anglosajón en lugar de estudiar algo útil como el latín o el griego!». Finalmente Borges se volvió y me pidió varios libros. Encontré algunos y tomé nota de los demás; y cuando ya se disponía a marcharse, me preguntó si estaba ocupado por las noches, ya que necesitaba (lo explicó excusándose mucho) alguien que le leyera, puesto que su madre se cansaba enseguida. Le dije que estaba libre.

Durante los dos años siguientes leí para Borges, como lo hicieron otros muchos conocidos casuales y afortunados, por las noches o, si mis clases lo permitían, por las mañanas… (1999: 33).

Las líneas transcritas muestran casi una desesperación en Borges por encontrar alguien que le lea. Y no es que no tuviera a nadie quien le hiciera ese favor, sino que simplemente una sola persona no podía darse abasto para satisfacer su enorme voracidad lectora.

Las líneas que siguen muestran cómo degustaba el oído de Borges las lecturas que le hacían y cómo estas se convertían en una experiencia enriquecedora para él y para su lector de turno:

En aquella salita, […] le leí a Kipling, a Stevenson, a Henry James, diferentes artículos de la enciclopedia alemana Brockhaus, versos de Marino, de Enrique Banchs, de Heine (aunque estos últimos se los sabía de memoria, de manera que, cuando no había hecho más que iniciar mi lectura, su voz vacilante me sustituía y seguía recitando; la vacilación afectaba sólo a la cadencia, pero no a las palabras mismas, que recordaba a la perfección). Muchos de aquellos autores yo no los había leído antes, de manera que el ritual era bastante curioso. Yo descubría un texto leyéndolo en voz alta, mientras Borges, por su parte, utilizaba los oídos como otros lectores utilizan los ojos para recorrer la página en busca de una palabra, de una frase, de un párrafo que confirme lo que recuerdan.  Mientras leía, él me interrumpía a veces para hacer un comentario sobre el texto, con el fin (creo yo) de tomar nota mentalmente.

[…]

En otra ocasión (no consigo recordar qué fue lo que me había pedido que leyera), Borges empezó a hacer una antología improvisada con malos versos de autores famosos, entre los que figuraban «El búho, pese a sus muchas plumas, tenía frío», de Keats; «¡Ah, mi alma profética! ¡Mi tío!», de Shakespeare (A Borges la palabra «tío» le parecía muy poco poética, una palabra impropia de Hamlet; él habría preferido «¡el hermano de mi padre!» o «¡el familiar de mi madre!»); «No somos más que las pelotas de tenis de las estrellas», de Webster en La duquesa de Malfi, y los dos últimos versos de Milton en El paraíso reconquistado: «Sin ser visto, regresó privadamente al hogar, la casa de su madre», lo que (a juicio de Borges) convertía a Jesucristo en un caballero inglés con sombrero hongo que vuelve a casa de mamá para tomar el té.

A veces hacía uso de nuestras lecturas para su propia escritura. Su descubrimiento de un tigre fantasmal en «Los rifles del regimiento», que leímos poco antes de la Navidad, le llevó a componer uno de sus últimos relatos, «Tigres azules»; «Dos imágenes en un estanque», de Giovanni Papini, inspiró su «24 de agosto de 1984», una fecha que por entonces aún pertenecía al futuro; lo mucho que le irritaba Lovecraft (cuyos cuentos me hizo comenzar y abandonar media docena de veces) le hizo crear una versión «corregida» de un cuento de Lovecraft y publicarlo en El informe de Brodie. A menudo me pedía que escribiera algo en las guardas del libro que estábamos leyendo: la referencia de un capítulo o una idea. Ignoro qué uso hacía de esas anotaciones, pero el hábito e hablar de un  libro a sus espaldas también llegó a ser mío.

[…] Más que los textos que Borges me hacía descubrir (muchos de los cuales se convirtieron a la larga en mis preferidos), me subyugaban sus comentarios, que eran enormemente eruditos, pero discretos, muy divertidos, a veces crueles y casi siempre indispensables. Yo tenía la sensación de ser el singular propietario de una edición cuidadosamente anotada, y preparada exclusivamente para mi uso. Eso, por supuesto, no era cierto; yo era sencillamente (al igual que otros muchos) el cuaderno de notas de Borges, un aidemémoire que el hombre ciego necesitaba para recopilar sus ideas. Y yo estaba totalmente dispuesto a ser utilizado (1999: 34-36).

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Nota: El dibujo de Borges, de Enmanuel Figueroa, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://oyeborges.blogspot.com/p/artistas-amigos.html   



Bibliografía

MANGUEL, Alberto. Historia de la lectura. Bogotá, Colombia: Editorial Norma, 1999.


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