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sábado, 29 de septiembre de 2018

DOS LECTURAS DE LA INFANCIA


Entre los cuentos que me despertaron el gusto por la lectura, las buenas historias y la literatura en general, y que estaban incluidos en la serie de textos escolares que debíamos estudiar en la primaria, hubo algunos que se me quedaron grabados para siempre en la memoria. Pero, a fin de no alargar mucho esta entrada, voy a mencionar solo dos.

El primero se relaciona con la invención del ajedrez, y cuenta la historia de Sheram, un rey de algún lugar de la India, quien perdió un hijo en una batalla, y de Sissa, quien creó un juego (sí, el ajedrez) para que se entretuviera y recuperara la alegría.

Debido a ello, el rey buscó compensarlo, y, ante la insistencia de este, Sissa pidió que le diera un grano de trigo por el primer escaque; dos, por el segundo; cuatro por el tercero; ocho, por el cuarto; dieciséis, por el quinto; treinta y dos por el sexto, etc., etc. 

Lo que me sorprendía de esa leyenda era que con una operación tan aparentemente sencilla e inofensiva, el rey había aceptado sin darse cuenta una deuda que no podría pagar. 

Encontré una versión de esa historia en internet, en donde se explica a cuánto ascendería esa deuda, y se precisa que para pagarla hoy se tendrían que reunir las cosechas mundiales de poco más de mil años para alcanzar la cantidad de trigo solicitada por Sissa (véase: https://goo.gl/3A8rLj).  

El segundo cuento se titula «El tesoro de los incas», y aunque es una historia que contiene un ligero tinte discriminador (de la que ahora soy consciente), en su momento (cuando era un niño) me causó una gran impresión y hasta me tomé en serio lo allí relatado y creí que un día aquello anunciado por el autor ocurriría.

Ya en la universidad me volví a topar con aquella leyenda en el libro Tempestad en los Andes, de Luis E. Valcárcel, a quien pertenece, y me siguió gustando, salvo el detalle discriminador. La reproduzco a continuación para quienes no la conozcan o no la recuerden:

Alejo Kusirimachi Akostupa Inka descendía en línea recta de Cristóbal Paullu Inka, el buen amigo de Diego de Almagro; era un noble señor muy querido y reverenciado de los suyos. Don Alejo conservaba el secreto de la raza: la ubicación del tesoro de sus antepasados.
 Cuando llegó a los cien años y ya sus fuerzas declinaban definitivamente, su hijo Melchor Kusirimachi fue por él guiado y conducido a las misteriosas galerías subterráneas donde la tierra guarda la estupenda riqueza metálica de los emperadores del Cuzco.
Fue en la noche del plenilunio que el secreto se transmitió, entre las sombras alucinantes que proyectaban, a la luz de la antorcha, las estatuas de oro de los poderosos monarcas del Imperio del Sol.
Resonando solemne la voz del patriarca indio en las pétreas bóvedas, el revelado escuchó esta sentencia: —Estas infinitas riquezas que escaparon del pillaje español las utilizará nuestra raza el día que haya salido de los Andes el último blanco.
Cuando los dos hombres llegaron a un amplísimo recinto en cuyo fondo se alzaba la imagen del Sol —un disco de oro que brillaba como una ascua, todo engastado en fina pedrería— el anciano recibió el secular juramento que se renovaba de generación en generación. El juramento del secreto irrevelable.
Juró con su sangre que, ni aun a riesgo de su vida, saldría de sus labios la palabra clave.
La tradición vive en los ayllus. Ellos, los hijos de Manko K’apak, desheredados hoy, son mil veces más ricos que todos los blancos juntos. Llegará el día en que el tesoro hundido en el arca de piedra de las entrañas del Cuzco surja a la superficie. Entonces, no habrá sobre la tierra pueblo más feliz (1972: 44).

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Nota: La foto de Luis E. Valcárcel, al inicio de esta entrada, se ha tomado de la siguiente dirección electrónica:  https://goo.gl/rUkezS


Bibliografía

ARTACHO, Amadeo. «La leyenda del tablero de ajedrez y los granos de trigo». En blog MatematicasCercanas. España, 10 de marzo del 2014. Consultado el 29 de septiembre del 2018 en https://goo.gl/3A8rLj
VALCÁRCEL, Luis E. Tempestad en los Andes. Lima: Editorial Universo, 1972. Consultado el 29 de septiembre del 2018 en https://goo.gl/UNxcRs



sábado, 16 de septiembre de 2017

COLABORACIÓN PARA LA REVISTA LEF


El 31 de julio del presente año se publicó en la revista Letras en la Frontera (LEF), de  San Antonio, Texas (Estados Unidos), uno de los mejores microrrelatos que he escrito y que lleva por título: «La sabiduría del rey Salomón».

A través de mi cuenta de Twitter (@El_arte_de_leer) recibí muy gentilmente la invitación  el 7 de julio para enviar una colaboración y así lo hice, un 29 de julio. Pasados dos días lo publicaron. Quien desee ver la entrada original, puede consultarla en la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/SFPYWg
Decidí publicarlo en este espacio virtual también porque sigo creyendo lo que sostuve en un artículo anterior  de este blog, del 9 de marzo del 2014: «Los microrrelatos ofrecen una oportunidad extraordinaria de despertar en los más reacios el deseo de leer» (ver:  https://goo.gl/MNCTmT).
Ha sido en su momento una buena noticia para mí el saber que el Consejo Editorial de la revista LEF aprobó y publicó el texto que les envié, el cual transcribo a continuación.

La sabiduría del rey Salomón

En aquel tiempo en que todavía no estaban definidos ni precisados los derechos de autor, vinieron al rey Salomón dos escritores y se presentaron ante él. Y dijo el primero:
—Yo y este hombre habitamos un mismo cuarto; y yo escribí una novela corta sobre el Paititi. Y aconteció que al tercer día de ocurrido ello, este también escribió una novela corta sobre el Paititi. Una noche el libro de este se quemó, y cambió mi novela que estaba en la gaveta de mi escritorio por las cenizas de la suya. Al levantarme, fui en busca de mi libro y solo encontré las cenizas, pero me percaté que no era mi libro, sino el de mi compañero de cuarto.
Entonces, el otro escritor dijo:
—No fue así como ocurrieron los hechos. Hace mucho tiempo que escribí mi novela sobre el Paititi, la tenía guardada en un cofre de madera y la corregía en las tardes; y es la que está intacta y —dirigiendo una mirada torva a su compañero de cuarto— la tuya es la que se ha quemado.
—No, tu novela es la que se ha quemado y la mía es la que está intacta.
Así discutían delante del rey, entonces este los interrumpió:
—Traedme una espada.
Y le trajeron una espada. Enseguida el rey dijo:
—Partid por la mitad la novela sobre el Paititi y dad una mitad al uno y la otra mitad al otro.
Y como ambos escritores habían leído la Biblia, dijeron al unísono:
—Ah, señor, dad a este la novela entera y no la partáis.
Esto desubicó al rey Salomón, lo hizo dudar por un instante y pensó: «Algo no anda bien en esta historia». Entonces, se le ocurrió pedir que le trajeran un vaso de agua porque, según explicó, sentía seca su garganta. Bebió el contenido con parsimonia, y, luego de ingerir el último sorbo que le tomó más tiempo que los anteriores, decidió:
—Bien, como ambos han mostrado un verdadero amor por la novela sobre el Paititi y no se puede saber a quién realmente pertenece, entonces yo me quedo con el libro.

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Nota: El dibujo Salomón escribe los Proverbios, de Gustave Doré, al inicio de esta entrada, fue tomado de la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/hyffb6


Bibliografía

ROMÁN ENCINAS, Marco Antonio. «La sabiduría del rey Salomón». En revista Letras en la Frontera, 31 de julio del 2017. Consultado el 16 de septiembre del 2017 en https://goo.gl/SFPYWg
__________________ «Los microrrelatos, la lectura y la creatividad». En blog El Arte de Leer, 09 de marzo del 2014. Consultado el 16 de septiembre del 2017 en https://goo.gl/MNCTmT  

miércoles, 24 de diciembre de 2014

CÓMO LEÍA MATILDA


Matilda, de Roald Dahl, es una novela infantil que tiene, por momentos, un lenguaje muy violento, salpicado de adjetivos altamente ofensivos en boca de los padres de Matilda, el señor y la señora Wormwood, de la directora de la escuela primaria Crunchen, Agatha Trunchbull, y, en menor grado, de Hortensia, la niña robusta de diez años con un grano en la nariz.

Solo ocasionalmente emplea Matilda ese tipo de adjetivos, y se entiende que es por la influencia negativa que ejercen sobre ella sus padres, y, afortunadamente para ella, es lo único en que se observa ese rastro familiar en su personalidad, pues sus progenitores no son precisamente un modelo a seguir, sino todo lo contrario.

Con esa nítida delimitación, queda claro que el autor no emplea ese lenguaje agresivo porque esté de acuerdo con él, sino porque desea plasmar con mayor verosimilitud ese mundo injusto y poco estimulante que le ha tocado vivir a la niña precoz, aunque los cuatro personajes mencionados en las primeras líneas de esta entrada se conviertan en ese esfuerzo, exagerado por momentos y por esa misma razón, en caricaturas.

Ello contrasta con el lenguaje de la señorita Honey, que vendría a ser la otra cara de la moneda, con un trato de palabra siempre cordial, amable, amigable y empático. De hecho, el único momento en que la profesora parece perder por un instante la paciencia es cuando, al ir a hablar con el padre de Matilda sobre el talento extraordinario y el futuro de su hija, este prefiere ver la televisión (2001: 85).

La digresión previa era una aclaración necesaria para calmar mis escrúpulos al respecto y sobre otro elemento negativo del personaje que es el ánimo de vindicta contra sus padres (algo que no se debe inculcar ni alentar en los menores y mucho menos en los adultos), y poder mostrar con tranquilidad a la Matilda lectora, y eso haré en las siguientes líneas. Un caso de precocidad lectora que, debo reconocer, no me convence del todo en sus detalles, pero que vale la pena reproducir:

Al cumplir los tres años,  Matilda ya había aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos y revistas que había en su casa. A los cuatro leía de corrido y empezó, de forma natural, a desear tener libros. El único libro que había en aquel ilustrado hogar era uno titulado Cocina fácil, que pertenecía a su madre. Una vez que lo hubo leído de cabo a rabo y se aprendió de memoria todas las recetas, decidió que quería algo más interesante (2001: 9).

Suena inverosímil eso de que una niña de cuatro años lea un libro de recetas de cocina de cabo a rabo, pero al menos el narrador justifica esa escena con la que le sigue: entonces, Matilda decidió pedirle a su padre que le compre un libro, algo más interesante para leer. Este no quiso hacerlo y le dijo que ya habían comprado un «precioso televisor de doce pulgadas» (2001: 9). [Advertencia: no se le ocurra a ningún padre cometer este error, pues no todos los niños son tan persistentes en sus deseos como Matilda].

Debido a ello, la niña decidió ir a la biblioteca pública del pueblo y se presentó con la señora Phelps, quien le mostró la sección infantil del recinto. Cuando hubo devorado todos los libros de esa sección, la bibliotecaria le ayudó a escoger, entre la variedad de libros que leen las personas mayores, Grandes esperanzas, de Charles Dickens.

Al cabo de una semana, Matilda terminó de leerlo. Luego continuó con otros libros de ese escritor y de Charlotte Brontë, Jane Austin, Thomas Hardy, Mary Webb, Rudyard Kipling, H. G. Wells, Hemingway, Faulkner, Priestley, Steinbeck, Graham Greene y George Orwell.

Una muestra de la asimilación de esas lecturas se puede observar en la siguiente conversación sostenida entre la niña y la bibliotecaria:

—El señor Hemingway dice algunas cosas que no comprendo. —dijo Matilda—. Especialmente sobre hombres y mujeres. Pero, a pesar de eso, me ha encantado. La forma como cuenta las cosas hace que me sienta como si estuviera observando todo lo que pasa.
—Un buen escritor siempre te hace sentir de esa forma —dijo la señora Phelps—. Y no te preocupes de las cosas que no entiendas. Deja que te envuelvan las palabras, como la música (2001: 15 y 16).

Pero la escena más interesante sobre esta niña superdotada ocurre en su primer día de clases, cuando su profesora, la señorita Honey, descubre sus talentos en matemáticas y letras. Sobre la segunda materia, la maestra preguntó quién sabía deletrear la palabra gato. Tres alumnos de la clase levantaron la mano: Lavender, Nigel y Matilda. Pero cuando la profesora escribió en la pizarra Yo ya he aprendido a leer frases largas, solo Matilda pudo leer la frase completa, ello motivó que le preguntara: «¿Cuánto puedes leer… ?». A ello, la niña contestó:

—Creo que puedo leer la mayoría de las cosas, señorita Honey —respondió Matilda—, aunque no siempre entiendo el significado.
La señorita Honey se puso en pie y salió rápidamente del aula, regresando al cabo de treinta segundos con un grueso libro. Lo abrió al azar y lo dejó sobre el pupitre de Matilda.
—Este es un libro de poesía humorística —dijo—. Veamos si eres capaz de leer en voz alta.
Tranquilamente, sin una pausa y a buena velocidad, Matilda comenzó a leer.
«Un sibarita, cenando en Siso
encontró un ratón de buen tamaño en su guiso.
No grite —el camarero le dijo—
ni se lo diga a nadie, pues de fijo
los demás querrán también otro en su plato».
Algunos niños captaron el lado humorístico de la rima y se rieron. La señorita Honey preguntó:
—¿Sabes lo que es un sibarita, Matilda?
—Alguien que es muy exquisito con la comida —respondió Matilda.
—Es correcto —dijo la señorita Honey—. ¿Y sabes, por casualidad, cómo se llama ese tipo de poesía?
—Se llama quintilla —dijo Matilda—. Esta es preciosa. Tiene mucha gracia.
—Es muy conocida —dijo la señorita Honey, recogiendo el libro y regresando a su mesa frente a la clase—. Una quintilla ingeniosa es muy difícil de escribir —añadió—. Parecen fáciles, pero, desde luego, no lo son.
—Lo sé —dijo Matilda—. Yo he escrito algunas, pero las mías no son nada buenas.
—Has escrito algunas, ¿eh? —dijo la señorita Honey más asombrada que nunca—. Bien, Matilda, me encantaría mucho escuchar una de esas quintillas que dices que has escrito. ¿Te acuerdas de alguna?
—Bien —dijo Matilda, dudando—. Ahora mismo, mientras estábamos sentados he ido intentando hacer una sobre usted, señorita Honey.
—¿Sobre mí? —exclamó la señorita Honey—. Bueno, oigámosla, ¿no?
—No me atrevo a recitarla, señorita Honey.
—Recítala, por favor —dijo la señorita Honey—. Te prometo que no me va a molestar.
—Creo que sí, señorita Honey, porque he incluido su nombre de pila y por eso no quiero recitarla.
—¿Cómo sabes mi nombre de pila? —preguntó la señorita Honey.
—Antes de entrar oí a otra profesora llamándola —respondió Matilda—. La llamó Jenny.
—Insisto en escuchar esa quintilla —dijo la señorita Honey, desplegando una de sus raras sonrisas—. Levántate y recítala.
Matilda se puso en pie de mala gana y muy despacio, y muy nerviosa, recitó su quintilla:
«Lo que de Jenny todos tenemos en mente
es si probablemente
hay en esta escuela bendita
chicas de cara tan bonita.
La respuesta a eso es: ¡Ninguna!».
El rostro pálido y agradable de la señorita Honey enrojeció. Luego, volvió a sonreír una vez más. Esta vez fue una sonrisa más abierta, una sonrisa de puro placer (2001: 69 y 70).

La curiosidad de la señorita Honey por los talentos de Matilda hizo que se olvide del resto de la clase y se dirigiese exclusivamente a la niña:

—¿Quién te ha enseñado a leer, Matilda? —preguntó.
—He aprendido sola, señorita Honey.
—¿Y has leído libros tú sola? Me refiero a libros para niños.
—He leído todos los de la biblioteca pública de la calle Mayor, señorita Honey.
[…]
—Dime uno que te haya gustado.
—Me gustó El león, la bruja y el armario —dijo Matilda—. Creo que C. S. Lewis es un escritor muy bueno, pero tiene un defecto. En sus libros no hay pasajes cómicos.
—En eso tienes razón —dijo la señorita Honey.
—Tampoco hay pasajes cómicos en los de Tolkien.
—¿Crees que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos? —preguntó la señorita Honey.
—Sí —dijo Matilda—. Los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse (2001: 71-73).

No obstante, el capítulo donde se vislumbra al genio del narrador y del personaje Matilda se titula «El tercer milagro». En aquel episodio, la niña emplea sus poderes telequinésicos contra la directora  (2001: 198-207), pero como no está relacionado con la lectura sino tangencialmente, invitamos al lector a que lo lea directamente del libro, aunque para una mejor degustación de lo allí relatado hace falta leer previamente los dos capítulos anteriores al mencionado: «Los nombres» y «La práctica».

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Nota: La imagen de la película Matilda, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://www.bebesymas.com/ser-padres/matilda-una-nina-extraordinaria-a-pesar-de-sus-padres



Bibliografía

DAHL, Roald. Matilda. Madrid: Editorial Santillana, 2001.