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jueves, 30 de abril de 2015

LECTURA Y EXPRESIÓN ORAL


Los especialistas en lectura, escritura y expresión oral concuerdan en que estas tres habilidades se desarrollan mutuamente (véase al respecto los libros de Cassany, Condemarín y Medina citados en la bibliografía).

Coinciden también en el hecho de que la escritura es la que ayuda a desarrollar con mayor profundidad los procesos cognitivos del hombre, y, finalmente, en que a la lectura le toca el papel, entre otros, de enriquecer y proveer de elementos de referencia tanto a la escritura como a la expresión oral, dotando a ambas habilidades, además, del poder de creación.

Como hay un acuerdo de los entendidos en esos asuntos, sería redundante añadirle argumentos. Por tal razón, me limito aquí a mostrar un ejemplo de cómo la lectura enriquece a la expresión oral vista en su grado más alto, esto es, en la oratoria.

Uno de los mejores discursos de todos los tiempos pertenece a Abraham Lincoln,  fue pronunciado el 19 de noviembre de 1863, en Gettisburg, cuando era presidente de los Estados Unidos; constaba de 266 palabras y siete oraciones (en su versión original en inglés), y fueron hilvanadas, en su forma oral, en  menos de dos minutos.

Para contextualizar dicho discurso en el momento histórico en el que surgió y poder entenderlo más fácilmente, es necesario incluir algunos datos. La batalla de Gettisburg ocurrió del 1 al 3 de julio de 1863, en medio de una guerra civil entre las fuerzas del norte y las fuerzas del sur de esa gran nación. Y marcó el inicio de la retirada de los sureños, causando en esos tres días más de 50.000 muertos, heridos y desaparecidos.

El ejército de los confederados se replegó frente al ejército de la Unión. «Era el fin de la invasión de los estados del Norte por las tropas del Sur y la victoria de los que defendían la idea de Estados Unidos, encabezados por el presidente Lincoln» (véase: http://goo.gl/dFTY4X).  Con ello se allanó el camino para el fin de la Guerra Civil, lo que ocurriría dos años más tarde.

El discurso de Lincoln en Gettisburg, según lo indica Dale Carnegie en su libro Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios, «ha sido fundido en bronce […] y colocado en una biblioteca de Oxford, como muestra de lo que se puede hacer con el lenguaje». Por ser breve, cito el texto completo a continuación:

Ochenta y siete años ha nuestros padres dieron a luz en esta tierra una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados en igualdad. Hoy estamos comprometidos en una gran guerra civil, probando si nuestra nación, o si cualquier nación así concebida y a tal fin dedicada, puede subsistir por largo tiempo. Nos hemos reunido en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una porción de ese campo como postrer lugar de descanso para quienes dieron aquí sus vidas a fin de que la nación viviera. Es de todo punto adecuado y correcto que hiciéramos esto. Pero, en más amplio sentido, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar esta tierra. Los esforzados hombres que aquí bregaron la han consagrado ya muy por encima de nuestra pobre facultad de agregar o sustraer. Poco reparará el mundo, ni recordará por largo tiempo, cuanto decimos nosotros aquí. Es deber de nosotros, los vivos, dedicarnos al inconcluso trabajo  que aquellos que aquí lucharon tan hidalgamente así han adelantado. Es nuestro deber estarnos dedicando aquí a la enorme tarea que queda frente a nosotros, porque tomemos de estos muertos honrados creciente devoción a la causa por la que ellos hicieron el postrero y máximo esfuerzo de su devoción; porque resolvamos solemnemente que estos muertos no han dado su vida en vano; porque esta nación, protegida de Dios, tenga nuevo nacimiento de libertad; y porque el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no perezca en la tierra (1966: 371 y 372).

Dale Carnegie hace el siguiente comentario a propósito del discurso citado:

Se cree comúnmente que Lincoln inventó la frase inmortal con que concluyó su discurso. ¿La inventó, realmente? Su socio le había dado, algunos años antes, un ejemplar de la antología de discursos de Theodore Parker. Lincoln leyó y subrayó en este libro las siguientes palabras:«La democracia es el autogobierno directo, sobre todo el pueblo, por todo el pueblo  y para todo el pueblo». Theodore Parker quizá haya sacado este pensamiento de Webster, quien dijo cuatro años antes: «El gobierno del pueblo, constituido por el pueblo y responsable ante el pueblo». Y Webster quizá se inspiró en una frase de James Monroe, expresada treinta años antes. ¿Y de dónde la sacó Monroe? Quinientos años antes de nacido Monroe, Wyclif, en el prefacio de su traducción de las escrituras, escribió que «esta Biblia es para el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Y mucho antes de la época de Wyclif, más de cuatrocientos años antes de Jesucristo, Cleón, en un discurso pronunciado en Atenas, habló de un gobierno «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»… (1966: 372).  
   
Suscribo lo que Carnegie reflexiona luego:

¡Cuán pocas son las cosas realmente nuevas! ¡Cuánto deben los oradores, aun los más preclaros, a sus lecturas y a su frecuentación de los libros!

¡Libros! He ahí el secreto. Quien quiera enriquecer y acrecentar su vocabulario debe empapar y teñir constantemente su espíritu en las tintas de la literatura (1966: 372).

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Nota: La imagen, al inicio de esta entrada, es una copia escaneada de la que aparece en la biografía Abraham Lincoln (Buenos Aires: Hyspamerica Ediciones Argentina, 1984), de Isaac Montero, p. 5.



Bibliografía


CARNEGIE, Dale. Como hablar en público e influir en los hombres de negocios. Buenos Aires: Ediciones Cosmos, 1966.

CASSANY, Daniel. Construir la escritura. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1999.

CONDEMARÍN, Mabel; MEDINA, Alejandra. Taller de lenguaje II: Un programa integrado de desarrollo de las competencias lingüísticas y comunicativas de los alumnos de segundo ciclo básico. Chile: Dolmen Ediciones, 1999.


TERRA. «EE. UU. Conmemoró los 150 años del famoso discurso de Lincoln en Gettisburg». Noticias Terra, 19 de noviembre del 2013. Consultado el 30 de abril del 2015 en http://goo.gl/dFTY4X

sábado, 14 de abril de 2012

LA LECTURA SEGÚN BERTRAND RUSSELL

Sorprende encontrar en la versión en español del Diccionario del hombre contemporáneo, de Bertrand Russell, una entrada tan poco apropiada del término «lectura». Veamos lo que refiere: «El hábito mental de la competencia invade fácilmente regiones que no le corresponden. Tomemos por ejemplo la cuestión de la lectura. Hay dos motivos para leer un libro: uno el disfrutar con él; el otro el jactarse de ello. En Norteamérica se ha puesto de moda que las mujeres lean (o hacen que leen) ciertos libros todos los meses; algunas los leen, otras leen el primer capítulo, algunas las críticas, pero todas tienen los libros sobre la mesa. Sin embargo, ninguna de ellas lee las antiguas obras de arte. Los clubes del libro no han elegido nunca “Hamlet” ni el “Rey Lear” como libro del mes; nunca ha habido un mes en que haya sido necesario conocer a Dante» (1988: 157 y 158).

Pero estoy seguro que si Bertrand Russell continuara vivo hubiese cambiado su forma de pensar a la luz de los nuevos descubrimientos e investigaciones que se han hecho en ese terreno (el impreso en mención fue publicado por primera vez en 1952 y llevaba por título Dictionary of Mind, Matter and Moral).

Y es él mismo el que nos lleva a pensar ello cuando afirma en el prefacio de su libro lo siguiente: «Me han acusado de cambiar mis opiniones filosóficas, y los lectores de este diccionario podrán ver hasta qué punto es esto cierto. Yo no estoy avergonzado de haber cambiado de opinión. ¿Qué físico, que estuviese ya activo en 1900, se jactaría de que sus opiniones no hubieran cambiado durante los últimos cincuenta años? En la ciencia, los hombres cambian de opinión cuando adquieren nuevos conocimientos…» (1988: 7).

También parece anticiparse a nuestra sorpresa cuando refiere: «espero que cualquiera que emplee este diccionario, no crea que las citas que figuran en él tratan de ser declaraciones papales, sino todo cuanto yo pude hacer entonces con el fin de fomentar el pensamiento claro y preciso» (Ibíd.).

Quería hacer dos observaciones a lo señalado por Bertrand Russell acerca de la lectura. La primera tiene que ver con los motivos para leer. Sobre el punto, la Guía para el desarrollo de capacidades comunicativas, del Ministerio de Educación del Perú, menciona no dos, sino cuatro tipos de situación o motivación lectora: «Otro dato que puede ayudar también a construir y comprender el significado de los textos es la situación en que se produce la lectura, que está en relación con los tipos de texto. Tal como lo señala el informe de la aplicación de la prueba PISA pueden distinguirse 4 (sic) tipos de situación lectora o de contexto [que se relacionan con los motivos para leer]:

»Lectura para uso privado (personal): se lleva a cabo para satisfacer los intereses de los individuos tanto intelectuales como de tipo práctico. Sus contenidos incluyen las cartas personales y los textos de ficción, biográficos e informativos que se leen por curiosidad o como recreación. [Aquí se puede considerar el leer un libro “para disfrutar con él”, mencionado por Bertrand Russell].
»Lectura para uso público: se lleva a cabo para participar en las actividades de la sociedad en general. Sus contenidos incluyen el uso de documentos oficiales y de información acerca de acontecimientos públicos. [Aquí se puede considerar el leer un libro “para jactarse de ello”, también mencionado por el filósofo británico].
»Lectura para el trabajo (ocupacional): la lectura en esta situación está relacionada con el desarrollo de la tarea inmediata.
»Lectura para la educación (o para el aprendizaje): su contenido generalmente tiene un propósito instructivo. La lectura en esta situación está relacionada con la adquisición de información como parte de una tarea de aprendizaje más amplia» (2006: 28).

La segunda observación tiene que ver con la apelación a la lectura de las obras antiguas de arte, de parte del matemático galés. Es cierto que es riesgoso no leer a los clásicos (como Shakespeare y Dante) y perderse la oportunidad de dialogar con las mentes más lúcidas que ha producido la humanidad, pero antes que leer a gente que por lo menos tiene talento y habilidad (como los autores de los clubes de lectura), resulta más riesgoso no leer.

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Nota: La imagen de Bertrand Russell al inicio de esta entrada fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://www.davidlopez.info/?p=3210



Bibliografía

RUSSELL, Bertrand. Diccionario del hombre contemporáneo. Montevideo (Uruguay):
Imprenta Rosgal, 1988.

MINISTERIO DE EDUCACIÓN. Guía para el desarrollo de capacidades comunicativas. Lima:
Ministerio de Educación, 2006.