domingo, 14 de junio de 2015

CÓMO LEÍA DESCARTES


En la Primera Parte del Discurso del método, René Descartes refiere que ideó un método con el cual podía aumentar gradualmente sus conocimientos y elevarse al más alto punto a que la medianía de su espíritu y la breve duración de su vida le permitían alcanzar (1980: 20).

Y se propone describir de qué manera ha dirigido su razón a través de ese método. Tal intención le da oportunidad al filósofo francés para que se explaye sobre su relación con los libros, la lectura y el estudio en tres etapas de su vida claramente diferenciadas.

La primera etapa está relacionada con «los libros» y es descrita en estos términos:

… estaba yo en una de las escuelas más célebres de Europa en la que se suponía que existían sabios, si es que los había en alguna parte de la tierra. Había aprendido todo cuanto los otros aprendían, y no contentándome con las ciencias que me enseñaban, había estudiado todos los libros que estuvieron a mi alcance concernientes a lo que es tenido por más curioso y más raro […]

No dejé, sin embargo, de estimar los ejercicios que se hacen en las escuelas. Sabía que las lenguas que allí se aprenden son necesarias para entender los libros antiguos; que la gallardía de las fábulas despiertan el espíritu; que las memorables acciones de la historia lo elevan, y, leídos con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de los buenos libros es como una conversación con los mejores autores del pasado, incluso una conversación estudiada en que sólo nos descubren sus mejores pensamientos […] (1980: 22).

La segunda etapa está relacionada con «el libro del mundo» y empieza de este modo:

Por eso, inmediatamente que la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores abandoné por completo el estudio de las letras, y decidido a no buscar otra ciencia sino la que pudiera hallar por mí mismo, y en el gran libro del mundo, emplee el resto de mi vida en viajar, en ver cortes y ejércitos, en tratar gentes de diversos caracteres y condiciones, en recoger variadas experiencias y en probarme yo mismo en los encuentros que la fortuna me deparaba, y en reflexionar siempre sobre todas las cosas, de tal modo que me fueran de algún provecho. Me parecía poder encontrar más verdad en los razonamientos que cada cual hace respecto a los asuntos que le importan, y cuyo éxito ha de castigarle pronto si él se equivoca, que en los formulados por un hombre de letras en su gabinete, concernientes a especulaciones que no producen ningún efecto ni acarrean otra consecuencia sino quizá envanecerle más cuanto más alejados estén del sentido común, en razón a que habrá necesitado emplear tanto más ingenio y artificio en tratar de hacerlas verosímiles, y yo tenía siempre un extremado deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y caminar seguramente en la vida (1974: 26).

Finalmente, la tercera etapa se relaciona con estudiar en sí mismo y es descrita como sigue:

Después de haber empleado varios años en estudiar así el libro del mundo y en tratar de adquirir alguna experiencia, tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo y emplear todas las fuerzas de mi espíritu en escoger los caminos que debía seguir, lo que me dio mejor resultado, a mi juicio, que si no me hubiera alejado nunca de mi país ni de mis libros (1974: 27).

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Nota: La caricatura de Descartes creada por Vladymyr Lukash, al inicio de esta entrada, ha sido tomada de la siguiente dirección electrónica: https://www.behance.net/gallery/Historical-personalities-01/4841775



Bibliografía

DESCARTES, René. Discurso del método. Seguido de El método, Los principios de la filosofía, La metafísica, La ciencia, La moral. Madrid: EDAF, Ediciones Distribuciones, 1974.


miércoles, 29 de abril de 2015

LECTURA Y EXPRESIÓN ORAL


Los especialistas en lectura, escritura y expresión oral concuerdan en que estas tres habilidades se desarrollan mutuamente (véase al respecto los libros de Cassany, Condemarín y Medina citados en la bibliografía).

Coinciden también en el hecho de que la escritura es la que ayuda a desarrollar con mayor profundidad los procesos cognitivos del hombre, y, finalmente, en que a la lectura le toca el papel, entre otros, de enriquecer y proveer de elementos de referencia tanto a la escritura como a la expresión oral, dotando a ambas habilidades, además, del poder de creación.

Como hay un acuerdo de los entendidos en esos asuntos, sería redundante añadirle argumentos. Por tal razón, me limito aquí a mostrar un ejemplo de cómo la lectura enriquece a la expresión oral vista en su grado más alto, esto es, en la oratoria.

Uno de los mejores discursos de todos los tiempos pertenece a Abraham Lincoln,  fue pronunciado el 19 de noviembre de 1863, en Gettisburg, cuando era presidente de los Estados Unidos; constaba de 266 palabras y siete oraciones (en su versión original en inglés), y fueron hilvanadas, en su forma oral, en  menos de dos minutos.

Para contextualizar dicho discurso en el momento histórico en el que surgió y poder entenderlo más fácilmente, es necesario incluir algunos datos. La batalla de Gettisburg ocurrió del 1 al 3 de julio de 1863, en medio de una guerra civil entre las fuerzas del norte y las fuerzas del sur de esa gran nación. Y marcó el inicio de la retirada de los sureños, causando en esos tres días más de 50.000 muertos, heridos y desaparecidos.

El ejército de los confederados se replegó frente al ejército de la Unión. «Era el fin de la invasión de los estados del Norte por las tropas del Sur y la victoria de los que defendían la idea de Estados Unidos, encabezados por el presidente Lincoln» (véase: http://goo.gl/dFTY4X).  Con ello se allanó el camino para el fin de la Guerra Civil, lo que ocurriría dos años más tarde.

El discurso de Lincoln en Gettisburg, según lo indica Dale Carnegie en su libro Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios, «ha sido fundido en bronce […] y colocado en una biblioteca de Oxford, como muestra de lo que se puede hacer con el lenguaje». Por ser breve, cito el texto completo a continuación:

Ochenta y siete años ha nuestros padres dieron a luz en esta tierra una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados en igualdad. Hoy estamos comprometidos en una gran guerra civil, probando si nuestra nación, o si cualquier nación así concebida y a tal fin dedicada, puede subsistir por largo tiempo. Nos hemos reunido en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una porción de ese campo como postrer lugar de descanso para quienes dieron aquí sus vidas a fin de que la nación viviera. Es de todo punto adecuado y correcto que hiciéramos esto. Pero, en más amplio sentido, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar esta tierra. Los esforzados hombres que aquí bregaron la han consagrado ya muy por encima de nuestra pobre facultad de agregar o sustraer. Poco reparará el mundo, ni recordará por largo tiempo, cuanto decimos nosotros aquí. Es deber de nosotros, los vivos, dedicarnos al inconcluso trabajo  que aquellos que aquí lucharon tan hidalgamente así han adelantado. Es nuestro deber estarnos dedicando aquí a la enorme tarea que queda frente a nosotros, porque tomemos de estos muertos honrados creciente devoción a la causa por la que ellos hicieron el postrero y máximo esfuerzo de su devoción; porque resolvamos solemnemente que estos muertos no han dado su vida en vano; porque esta nación, protegida de Dios, tenga nuevo nacimiento de libertad; y porque el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no perezca en la tierra (1966: 371 y 372).

Dale Carnegie hace el siguiente comentario a propósito del discurso citado:

Se cree comúnmente que Lincoln inventó la frase inmortal con que concluyó su discurso. ¿La inventó, realmente? Su socio le había dado, algunos años antes, un ejemplar de la antología de discursos de Theodore Parker. Lincoln leyó y subrayó en este libro las siguientes palabras:«La democracia es el autogobierno directo, sobre todo el pueblo, por todo el pueblo  y para todo el pueblo». Theodore Parker quizá haya sacado este pensamiento de Webster, quien dijo cuatro años antes: «El gobierno del pueblo, constituido por el pueblo y responsable ante el pueblo». Y Webster quizá se inspiró en una frase de James Monroe, expresada treinta años antes. ¿Y de dónde la sacó Monroe? Quinientos años antes de nacido Monroe, Wyclif, en el prefacio de su traducción de las escrituras, escribió que «esta Biblia es para el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Y mucho antes de la época de Wyclif, más de cuatrocientos años antes de Jesucristo, Cleón, en un discurso pronunciado en Atenas, habló de un gobierno «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»… (1966: 372).  
   
Suscribo lo que Carnegie reflexiona luego:

¡Cuán pocas son las cosas realmente nuevas! ¡Cuánto deben los oradores, aun los más preclaros, a sus lecturas y a su frecuentación de los libros!

¡Libros! He ahí el secreto. Quien quiera enriquecer y acrecentar su vocabulario debe empapar y teñir constantemente su espíritu en las tintas de la literatura (1966: 372).

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Nota: La imagen, al inicio de esta entrada, es una copia escaneada de la que aparece en la biografía Abraham Lincoln (Buenos Aires: Hyspamerica Ediciones Argentina, 1984), de Isaac Montero, p. 5.



Bibliografía


CARNEGIE, Dale. Como hablar en público e influir en los hombres de negocios. Buenos Aires: Ediciones Cosmos, 1966.

CASSANY, Daniel. Construir la escritura. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1999.

CONDEMARÍN, Mabel; MEDINA, Alejandra. Taller de lenguaje II: Un programa integrado de desarrollo de las competencias lingüísticas y comunicativas de los alumnos de segundo ciclo básico. Chile: Dolmen Ediciones, 1999.


TERRA. «EE. UU. Conmemoró los 150 años del famoso discurso de Lincoln en Gettisburg». Noticias Terra, 19 de noviembre del 2013. Consultado el 30 de abril del 2015 en http://goo.gl/dFTY4X

domingo, 8 de marzo de 2015

SOBRE LA INTELIGIBILIDAD DE LOS CLÁSICOS II



No siempre la calidad de un poeta es debidamente valorada en su momento, a veces ocurre incluso que la labor del artista es ignorada, despreciada o soslayada deliberadamente de ser incluida en el círculo privilegiado de los escritores consagrados.

Mucho de eso le ocurrió a un poeta peruano provinciano, con el agravante de que hubo un sector de la población en la tierra que lo vio nacer que lo hostilizó injustamente a él y a su grupo, y hasta lo difamaron con calumnias que lo llevaron a ser encerrado en la cárcel por varios meses. Su nombre era César Vallejo.

Antenor Orrego, en su libro Mi encuentro con Vallejo, explica al respecto que tal hostilidad hacia el poeta y sus amigos podría deberse a «su espíritu independiente», que «no se sometía a las insólitas y consuetudinarias rutinas del ambiente» (1989: 54), aunque también menciona otras explicaciones posibles que pueden encontrarlas en la fuente referida, y que me inhibo de señalarlas para no alargar mucho esta entrada.

El filósofo peruano cuenta luego lo siguiente:

Lo cierto es que se acrecentó, por entonces, el número de detractores contra Vallejo y sus amigos. Pronto, desde el anonimato, el denuesto saltó a las columnas de los periódicos y hasta a los volantes y pasquines callejeros. El foco de incitación residía en el estudio de un abogado que, a la vez, era catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad, y que en su juventud había tenido algunas frustradas aspiraciones literarias. En torno a él se agruparon otras gentes de la «vieja guardia». El mencionado estudio fue bautizado graciosamente por el travieso donaire de los estudiantes con el mote de «El Mentidero Público» (1989: 54).

Lo referido viene a propósito del motivo de esta entrada: la incomprensión de los clásicos. Y Vallejo es un clásico no solo de la literatura peruana, sino también de la universal. La inadecuada digestión de la obra poética de Vallejo llegó con Clemente Palma (el hijo del ilustre tradicionista peruano Ricardo Palma) a extremos que lindaban en su apreciación con el insulto y el ataque más despiadado y cruel.

La escena no pudo ser mejor descrita por Orrego, de allí que me limite a reproducirla en esta ocasión advirtiendo, eso sí, que la crítica de Clemente Palma a Vallejo es un buen ejemplo de cómo no se debe escribir la apreciación de una obra.

El uso de un lenguaje agresivo y violento es considerado hoy en día como innecesario, inapropiado, estéril e incluso nocivo, ya que no encaja con el ideal al que aspira toda crítica constructiva. Incluso refleja inmadurez intelectual de parte del emisor.

Hecha esta necesaria aclaración, pasemos ahora a ver la anécdota narrada por Orrego:

 Con el objeto de reforzar su campaña de dicterios contra la poesía de Vallejo, uno de los miembros conspicuos de «El Mentidero» tomó unos versos publicados en La Reforma y los envió a la revista Variedades de Lima firmados con las tres iniciales C.A.V., que correspondían a los dos nombres y apellidos del poeta. No se dejó esperar mucho la nota de Clemente Palma en la papelera de desechos que era la sección denominada «Correo Franco». Se produjo lo que buscaban sus detractores: una estólida chocarrería, habitual en el «gracejo» criollo y plebeyo de Palma. Vale la pena insertar íntegramente este peregrino documento como testimonio del nivel mental que campeaba entonces en cierto sector de la intelectualidad limeña. Huelga advertir que, por esa época, el director de Variedades fungía de Pontífice Infalible en los menesteres de la crítica literaria. Hacía y deshacía reputaciones, como se dice, de un plumazo.

El documento decía así:

Señor C.A.V. —Trujillo—. También es usted de los que vienen con la tonada de que aquí estimulamos a todos los que tocan de afición la gaita lírica, o sea a los jóvenes a quienes les da el naipe por escribir tonterías poéticas más o menos desafinadas o cursis. Y la tal tonada le da margen para no poner en duda que hemos de publicar su adefesio. Nos remite usted un soneto titulado El poeta a su amada, que en verdad lo acredita a usted para el acordeón o la ocarina más que para la poesía.

Amada: en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mis besos.
Amada: y tú me has dicho que Jesús ha llorado
y que hay un viernes santo más dulce que mis besos.

 ¿qué diablos llama usted los maderos curvados de sus besos? ¿Cómo hay que entender eso de la crucifixión? ¿Qué tiene que hacer Jesús con esas burradas más o menos infectas?

… Hasta el momento de largar al canasto su mamarracho, no tenemos de usted otra idea sino la de deshonra de la colectividad trujillana, y de que si se descubriera su nombre el vecindario le echaría lazo y lo amarraría en calidad de durmiente en la línea del ferrocarril de Malabrigo (1989: 56 y 57).

El comentario de Orrego acerca de la apreciación negativa que hace Clemente Palma sobre la poesía de Vallejo es lapidario y me exime de cualquier añadido:

Las palabras de Palma se esgrimieron como bandera de victoria por los detractores del poeta. Se las comentó en todas las formas. Se las reprodujo en volantes… Los versos de Vallejo quedaban, según ellos, liquidados definitivamente como poesía. ¡Qué lejos estuvo Palma de pensar que las únicas palabras de «Correo Franco» que iban a pasar a la posteridad, venciendo su anónimo y natural destino, casi con el rango de inmortales, eran precisamente éstas, bajo la égida del poeta, con las que le había descalificado y ultrajado. ¡Ironías inesperadas y afiladas de sarcasmo que improvisa, a veces, el hado arbitrario y travieso de la vida!... (1989: 57).

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Nota: La caricatura de Carlín sobre Vallejo, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://goo.gl/xkqxfr



Bibliografía


ORREGO, Antenor. Mi encuentro con César Vallejo. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989

martes, 27 de enero de 2015

SOBRE LA INTELIGIBILIDAD DE LOS CLÁSICOS I


Los grandes clásicos de la literatura traen consigo, con frecuencia, los inconvenientes de su adecuada comprensión. El caso que pasaremos a contar resulta emblemático sobre lo antedicho.  

En La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary», Mario Vargas Llosa escribe sobre cómo Gustave Flaubert fue incomprendido y atacado por la crítica de su tiempo, corriente a la que muy pocos dejaron de plegarse. La siguiente generación lo reivindicó, pero «luego la literatura francesa menospreció a Flaubert», y esto duró «hasta la década del cincuenta» (1975: 48).

Pero hay más:

Los existencialistas —nos refiere Vargas Llosa—, convencidos de que la literatura es una forma de acción y de que el escritor debe participar con todas sus armas, empezando por la pluma, en el combate de su tiempo, difícilmente podían tolerar su fanatismo de la forma, su aislamiento desdeñoso, su artepurismo, su desprecio de la política. Olvidando que lo esencial de Flaubert es la obra y no sus humores y opiniones personales, extendieron hacia las novelas el desagrado que les producía ese ermitaño de Croisset que batallaba contra las palabras mientras se venía el mundo abajo. Esta actitud encuentra su expresión más airada en las frases contra Flaubert de Sartre, en [su ensayo] Situations, II… (ibid.).

Y a este último punto es al que quería llegar: «En la década del sesenta, la valoración de Flaubert en Francia cambió radicalmente; el menosprecio y olvido se convirtieron en rescate, elogio, moda» (ibid.). Sartre, detractor del novelista francés, cambiaría, a su vez,  su postura. Él comenzó a «hacer algo que puede considerarse una laboriosa y monumental autocrítica» (1975: 53).

En esto «había un considerable giro, un tránsito del desprecio hacia el respeto, una voluntad de comprensión muy distinta del úkase inicial. Ese proceso ha culminado en los tres volúmenes de L’Idiot de la famille [El idiota de la familia]» (1975: 54). Un estudio sobre Flaubert que «congeniando a Marx, Freud y el existencialismo atendiera totalizadoramente a los aspectos sociales e individuales de la creación» (1975: 53 y 54).

El proyecto del filósofo francés, sin embargo, quedará inconcluso, pues este

… de pronto descubre que el trabajo emprendido ha tomado tales proporciones que ya no tendrá tiempo —ni, sin duda, ganas— de llevar a término la empresa. El resultado es un bebé monstruo…, un producto frustrado y genial. Eso se llama, desde luego, caer con todos los honores, ser derrotado por exceso de audacia: sólo ruedan hondo los que han trepado alto (1975: 58).

Como explica Vargas Llosa, algo similar le pasó al mismo Flaubert con su novela Bouvard et Pécuchet, por eso infiere:

La idea de representar en una novela la totalidad de lo humano […] era una utopía semejante a la de atrapar en un ensayo la totalidad de una vida, explicar a un hombre reconstruyendo todas las fuentes […] de su historia, todos los afluentes de su personalidad visible y secreta. En los dos casos el autor intentaba desenredar una madeja que tiene principio, no fin (1975: 59).

El escritor peruano se muestra, no obstante, comprensivo y acertado cuando dice:

Pero es evidente que en ambos casos en el defecto está el mérito, que la derrota constituye una suerte de victoria, que en ambos casos la comprobación del fracaso sólo cabe a partir del reconocimiento de la grandeza que explica y que hizo inevitable ese fracaso (ibid.).

El cambio que experimentó la apreciación de Sartre sobre Flaubert se puede sintetizar en esta frase:

El más irreductible de sus críticos, el enemigo más resuelto de lo que representó Flaubert como actitud ante la historia y el arte, dedica veinte años de su vida y tres millares de páginas a estudiar su “caso” y reconoce que el hombre de Croisset fundó, junto con Baudelaire, la sensibilidad moderna (1975: 54).

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Nota: La imagen, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://goo.gl/6NS1iS



Bibliografía

VARGAS LLOSA, Mario. La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary». Barcelona, Editorial Seix Barral, 1975.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

CÓMO LEÍA MATILDA


Matilda, de Roald Dahl, es una novela infantil que tiene, por momentos, un lenguaje muy violento, salpicado de adjetivos altamente ofensivos en boca de los padres de Matilda, el señor y la señora Wormwood, de la directora de la escuela primaria Crunchen, Agatha Trunchbull, y, en menor grado, de Hortensia, la niña robusta de diez años con un grano en la nariz.

Solo ocasionalmente emplea Matilda ese tipo de adjetivos, y se entiende que es por la influencia negativa que ejercen sobre ella sus padres, y, afortunadamente para ella, es lo único en que se observa ese rastro familiar en su personalidad, pues sus progenitores no son precisamente un modelo a seguir, sino todo lo contrario.

Con esa nítida delimitación, queda claro que el autor no emplea ese lenguaje agresivo porque esté de acuerdo con él, sino porque desea plasmar con mayor verosimilitud ese mundo injusto y poco estimulante que le ha tocado vivir a la niña precoz, aunque los cuatro personajes mencionados en las primeras líneas de esta entrada se conviertan en ese esfuerzo, exagerado por momentos y por esa misma razón, en caricaturas.

Ello contrasta con el lenguaje de la señorita Honey, que vendría a ser la otra cara de la moneda, con un trato de palabra siempre cordial, amable, amigable y empático. De hecho, el único momento en que la profesora parece perder por un instante la paciencia es cuando, al ir a hablar con el padre de Matilda sobre el talento extraordinario y el futuro de su hija, este prefiere ver la televisión (2001: 85).

La digresión previa era una aclaración necesaria para calmar mis escrúpulos al respecto y sobre otro elemento negativo del personaje que es el ánimo de vindicta contra sus padres (algo que no se debe inculcar ni alentar en los menores y mucho menos en los adultos), y poder mostrar con tranquilidad a la Matilda lectora, y eso haré en las siguientes líneas. Un caso de precocidad lectora que, debo reconocer, no me convence del todo en sus detalles, pero que vale la pena reproducir:

Al cumplir los tres años,  Matilda ya había aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos y revistas que había en su casa. A los cuatro leía de corrido y empezó, de forma natural, a desear tener libros. El único libro que había en aquel ilustrado hogar era uno titulado Cocina fácil, que pertenecía a su madre. Una vez que lo hubo leído de cabo a rabo y se aprendió de memoria todas las recetas, decidió que quería algo más interesante (2001: 9).

Suena inverosímil eso de que una niña de cuatro años lea un libro de recetas de cocina de cabo a rabo, pero al menos el narrador justifica esa escena con la que le sigue: entonces, Matilda decidió pedirle a su padre que le compre un libro, algo más interesante para leer. Este no quiso hacerlo y le dijo que ya habían comprado un «precioso televisor de doce pulgadas» (2001: 9). [Advertencia: no se le ocurra a ningún padre cometer este error, pues no todos los niños son tan persistentes en sus deseos como Matilda].

Debido a ello, la niña decidió ir a la biblioteca pública del pueblo y se presentó con la señora Phelps, quien le mostró la sección infantil del recinto. Cuando hubo devorado todos los libros de esa sección, la bibliotecaria le ayudó a escoger, entre la variedad de libros que leen las personas mayores, Grandes esperanzas, de Charles Dickens.

Al cabo de una semana, Matilda terminó de leerlo. Luego continuó con otros libros de ese escritor y de Charlotte Brontë, Jane Austin, Thomas Hardy, Mary Webb, Rudyard Kipling, H. G. Wells, Hemingway, Faulkner, Priestley, Steinbeck, Graham Greene y George Orwell.

Una muestra de la asimilación de esas lecturas se puede observar en la siguiente conversación sostenida entre la niña y la bibliotecaria:

—El señor Hemingway dice algunas cosas que no comprendo. —dijo Matilda—. Especialmente sobre hombres y mujeres. Pero, a pesar de eso, me ha encantado. La forma como cuenta las cosas hace que me sienta como si estuviera observando todo lo que pasa.
—Un buen escritor siempre te hace sentir de esa forma —dijo la señora Phelps—. Y no te preocupes de las cosas que no entiendas. Deja que te envuelvan las palabras, como la música (2001: 15 y 16).

Pero la escena más interesante sobre esta niña superdotada ocurre en su primer día de clases, cuando su profesora, la señorita Honey, descubre sus talentos en matemáticas y letras. Sobre la segunda materia, la maestra preguntó quién sabía deletrear la palabra gato. Tres alumnos de la clase levantaron la mano: Lavender, Nigel y Matilda. Pero cuando la profesora escribió en la pizarra Yo ya he aprendido a leer frases largas, solo Matilda pudo leer la frase completa, ello motivó que le preguntara: «¿Cuánto puedes leer… ?». A ello, la niña contestó:

—Creo que puedo leer la mayoría de las cosas, señorita Honey —respondió Matilda—, aunque no siempre entiendo el significado.
La señorita Honey se puso en pie y salió rápidamente del aula, regresando al cabo de treinta segundos con un grueso libro. Lo abrió al azar y lo dejó sobre el pupitre de Matilda.
—Este es un libro de poesía humorística —dijo—. Veamos si eres capaz de leer en voz alta.
Tranquilamente, sin una pausa y a buena velocidad, Matilda comenzó a leer.
«Un sibarita, cenando en Siso
encontró un ratón de buen tamaño en su guiso.
No grite —el camarero le dijo—
ni se lo diga a nadie, pues de fijo
los demás querrán también otro en su plato».
Algunos niños captaron el lado humorístico de la rima y se rieron. La señorita Honey preguntó:
—¿Sabes lo que es un sibarita, Matilda?
—Alguien que es muy exquisito con la comida —respondió Matilda.
—Es correcto —dijo la señorita Honey—. ¿Y sabes, por casualidad, cómo se llama ese tipo de poesía?
—Se llama quintilla —dijo Matilda—. Esta es preciosa. Tiene mucha gracia.
—Es muy conocida —dijo la señorita Honey, recogiendo el libro y regresando a su mesa frente a la clase—. Una quintilla ingeniosa es muy difícil de escribir —añadió—. Parecen fáciles, pero, desde luego, no lo son.
—Lo sé —dijo Matilda—. Yo he escrito algunas, pero las mías no son nada buenas.
—Has escrito algunas, ¿eh? —dijo la señorita Honey más asombrada que nunca—. Bien, Matilda, me encantaría mucho escuchar una de esas quintillas que dices que has escrito. ¿Te acuerdas de alguna?
—Bien —dijo Matilda, dudando—. Ahora mismo, mientras estábamos sentados he ido intentando hacer una sobre usted, señorita Honey.
—¿Sobre mí? —exclamó la señorita Honey—. Bueno, oigámosla, ¿no?
—No me atrevo a recitarla, señorita Honey.
—Recítala, por favor —dijo la señorita Honey—. Te prometo que no me va a molestar.
—Creo que sí, señorita Honey, porque he incluido su nombre de pila y por eso no quiero recitarla.
—¿Cómo sabes mi nombre de pila? —preguntó la señorita Honey.
—Antes de entrar oí a otra profesora llamándola —respondió Matilda—. La llamó Jenny.
—Insisto en escuchar esa quintilla —dijo la señorita Honey, desplegando una de sus raras sonrisas—. Levántate y recítala.
Matilda se puso en pie de mala gana y muy despacio, y muy nerviosa, recitó su quintilla:
«Lo que de Jenny todos tenemos en mente
es si probablemente
hay en esta escuela bendita
chicas de cara tan bonita.
La respuesta a eso es: ¡Ninguna!».
El rostro pálido y agradable de la señorita Honey enrojeció. Luego, volvió a sonreír una vez más. Esta vez fue una sonrisa más abierta, una sonrisa de puro placer (2001: 69 y 70).

La curiosidad de la señorita Honey por los talentos de Matilda hizo que se olvide del resto de la clase y se dirigiese exclusivamente a la niña:

—¿Quién te ha enseñado a leer, Matilda? —preguntó.
—He aprendido sola, señorita Honey.
—¿Y has leído libros tú sola? Me refiero a libros para niños.
—He leído todos los de la biblioteca pública de la calle Mayor, señorita Honey.
[…]
—Dime uno que te haya gustado.
—Me gustó El león, la bruja y el armario —dijo Matilda—. Creo que C. S. Lewis es un escritor muy bueno, pero tiene un defecto. En sus libros no hay pasajes cómicos.
—En eso tienes razón —dijo la señorita Honey.
—Tampoco hay pasajes cómicos en los de Tolkien.
—¿Crees que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos? —preguntó la señorita Honey.
—Sí —dijo Matilda—. Los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse (2001: 71-73).

No obstante, el capítulo donde se vislumbra al genio del narrador y del personaje Matilda se titula «El tercer milagro». En aquel episodio, la niña emplea sus poderes telequinésicos contra la directora  (2001: 198-207), pero como no está relacionado con la lectura sino tangencialmente, invitamos al lector a que lo lea directamente del libro, aunque para una mejor degustación de lo allí relatado hace falta leer previamente los dos capítulos anteriores al mencionado: «Los nombres» y «La práctica».

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Nota: La imagen de la película Matilda, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://www.bebesymas.com/ser-padres/matilda-una-nina-extraordinaria-a-pesar-de-sus-padres



Bibliografía

DAHL, Roald. Matilda. Madrid: Editorial Santillana, 2001.

sábado, 29 de noviembre de 2014

CÓMO LEÍA MARIO VARGAS LLOSA


En su libro de memorias El pez en el agua, Mario Vargas Llosa cuenta algunos pormenores de su experiencia lectora mientras estudiaba en el Colegio Militar Leoncio Prado en los siguientes términos:
Aunque, ninguno de los apodos que yo tuve fue el de «loco». Me decían Bugs Bunny, El Conejo de la Suerte, o Flaco, pues lo era, y a veces poeta, porque escribía y, sobre todo, porque me pasaba el día, y a veces la noche, leyendo. Creo que nunca leí tanto y con tanta pasión como en esos años leonciopradinos. Leía en los recreos y a las horas de estudio, durante las clases disimulando el libro bajo los cuadernos y me escapaba del aula para ir a leer en la glorieta junto a la piscina, y leía en las noches, en mis turnos de imaginaria, sentado en el suelo de blancas losetas desportilladas, a la rala luz del baño de la cuadra. Y leía todos los sábados y domingos que me quedaba consignado, que fueron bastantes (1993: 75).
Un hecho resaltable de esa experiencia escolar narrada por el escritor peruano es el que a continuación relata:
El loco Cox, compañero de año, haciéndose el gracioso, me arrebató un día uno de los tomos de El vizconde de Bragelonne, que yo leía en el descampado frente a las cuadras. Echó a correr y empezó a pasar el libro a otros como una pelota de básquet. Esa fue una de las pocas veces que me trompeé en el colegio, lanzándome sobre él furibundo, como si en ello me fuera la vida. A Dumas, a los libros suyos que leí, debo muchas cosas que hice y fui después, que hago y que soy todavía… (1993: 75 y 76).
Llama la atención el hecho de que alguien se pelee por  recuperar un libro para poder seguir leyéndolo (aunque, eso sí, dejamos constancia de que este espacio virtual no está de acuerdo con ninguna forma de violencia) en un país como el nuestro que registra uno de los índices de lectura más bajos de América Latina (véase: http://goo.gl/CcdA9W).
Sin embargo, el autor de Los jefes no se limitaba a tan solo pasar los ojos sobre un escrito, también usaba el lápiz y tomaba apuntes cuando leía a un escritor que admiraba:
[Hablando de William Faulkner:] Fue el primer escritor que estudié con papel y lápiz a la mano, tomando notas para no extraviarme en sus laberintos genealógicos y mudas de tiempo y de puntos de vista, y, también, tratando de desentrañar los secretos de la barroca construcción que era cada una de sus historias, el serpentino lenguaje, la dislocación de la cronología, el misterio y la profundidad y las inquietantes ambigüedades y sutilezas psicológicas que esa forma daba a las historias. Aunque en esos años leí mucho a los novelistas norteamericanos —Erskine Caldwell, Steinbeck, Dos Passos, Hemingway, Waldo Frank—, fue leyendo Santuario, Mientras agonizo, ¡Absalón, Absalón!, Intruso en el polvo, Estos 13, Gambito de caballo, etcétera, que descubrí lo dúctil de la forma narrativa y las maravillas que podía conseguir en una ficción cuando se la usaba con la destreza del novelista norteamericano. Junto con Sartre, Faulkner fue el autor que más admiré en mis años sanmarquinos; él me hizo sentir la urgencia de aprender inglés para poder leer sus libros en su lengua original (1993: 173).    
Es esa pasión por la lectura que le hizo a Vargas Llosa iniciar su discurso en Estocolmo, al recibir el Premio Nobel de Literatura, con las siguientes palabras:
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramis contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras (véase: http://goo.gl/SZRljD). 
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Nota: La caricatura de Mario Vargas Llosa, de Mechaín Doroteo, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://goo.gl/zqs0Dd


Bibliografía

VARGAS LLOSA, Mario. El pez en el agua. Lima: Editorial Seix Barral, 1993.
_____________________. «Elogio de la lectura y la ficción». Discurso pronunciado el 7 de diciembre de 2010, durante la entrega del Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia. Nobelprize.org. Consultado el 15 de noviembre de 2014 en http://goo.gl/glVj3o

sábado, 25 de octubre de 2014

CÓMO LEÍA BORGES


No he encontrado todavía una descripción más vívida de la afición a leer de una persona que la que cuenta Alberto Manguel en su Historia de la lectura, acerca de cómo se manifestaba esta en Jorge Luis Borges.

Cito al autor, a quien le ocurrió la siguiente anécdota  a los dieciséis años, cuando trabajaba en Pygmalion, una de las tres librerías angloalemanas de la Buenos Aires de 1964:

Cierta tarde entró en la librería Jorge Luis Borges, acompañado por su madre, de ochenta y ocho años. Borges ya era famoso, pero yo sólo había leído algunos, pocos, de sus poemas y relatos, y no sentía una admiración incondicional por su obra. Borges estaba ya casi completamente ciego, pero se negaba a usar bastón, y pasaba la mano por los estantes como si pudiera ver los títulos con los dedos. Buscaba libros que le ayudaran a estudiar anglosajón, su pasión del momento, y habíamos encargado para él el diccionario de Skeat y una edición anotada de La batalla de Maldon. La madre de Borges se impacientó: «¡Ah, Georgie!», dijo. «¡No sé por qué perdés el tiempo con el anglosajón en lugar de estudiar algo útil como el latín o el griego!». Finalmente Borges se volvió y me pidió varios libros. Encontré algunos y tomé nota de los demás; y cuando ya se disponía a marcharse, me preguntó si estaba ocupado por las noches, ya que necesitaba (lo explicó excusándose mucho) alguien que le leyera, puesto que su madre se cansaba enseguida. Le dije que estaba libre.

Durante los dos años siguientes leí para Borges, como lo hicieron otros muchos conocidos casuales y afortunados, por las noches o, si mis clases lo permitían, por las mañanas… (1999: 33).

Las líneas transcritas muestran casi una desesperación en Borges por encontrar alguien que le lea. Y no es que no tuviera a nadie quien le hiciera ese favor, sino que simplemente una sola persona no podía darse abasto para satisfacer su enorme voracidad lectora.

Las líneas que siguen muestran cómo degustaba el oído de Borges las lecturas que le hacían y cómo estas se convertían en una experiencia enriquecedora para él y para su lector de turno:

En aquella salita, […] le leí a Kipling, a Stevenson, a Henry James, diferentes artículos de la enciclopedia alemana Brockhaus, versos de Marino, de Enrique Banchs, de Heine (aunque estos últimos se los sabía de memoria, de manera que, cuando no había hecho más que iniciar mi lectura, su voz vacilante me sustituía y seguía recitando; la vacilación afectaba sólo a la cadencia, pero no a las palabras mismas, que recordaba a la perfección). Muchos de aquellos autores yo no los había leído antes, de manera que el ritual era bastante curioso. Yo descubría un texto leyéndolo en voz alta, mientras Borges, por su parte, utilizaba los oídos como otros lectores utilizan los ojos para recorrer la página en busca de una palabra, de una frase, de un párrafo que confirme lo que recuerdan.  Mientras leía, él me interrumpía a veces para hacer un comentario sobre el texto, con el fin (creo yo) de tomar nota mentalmente.

[…]

En otra ocasión (no consigo recordar qué fue lo que me había pedido que leyera), Borges empezó a hacer una antología improvisada con malos versos de autores famosos, entre los que figuraban «El búho, pese a sus muchas plumas, tenía frío», de Keats; «¡Ah, mi alma profética! ¡Mi tío!», de Shakespeare (A Borges la palabra «tío» le parecía muy poco poética, una palabra impropia de Hamlet; él habría preferido «¡el hermano de mi padre!» o «¡el familiar de mi madre!»); «No somos más que las pelotas de tenis de las estrellas», de Webster en La duquesa de Malfi, y los dos últimos versos de Milton en El paraíso reconquistado: «Sin ser visto, regresó privadamente al hogar, la casa de su madre», lo que (a juicio de Borges) convertía a Jesucristo en un caballero inglés con sombrero hongo que vuelve a casa de mamá para tomar el té.

A veces hacía uso de nuestras lecturas para su propia escritura. Su descubrimiento de un tigre fantasmal en «Los rifles del regimiento», que leímos poco antes de la Navidad, le llevó a componer uno de sus últimos relatos, «Tigres azules»; «Dos imágenes en un estanque», de Giovanni Papini, inspiró su «24 de agosto de 1984», una fecha que por entonces aún pertenecía al futuro; lo mucho que le irritaba Lovecraft (cuyos cuentos me hizo comenzar y abandonar media docena de veces) le hizo crear una versión «corregida» de un cuento de Lovecraft y publicarlo en El informe de Brodie. A menudo me pedía que escribiera algo en las guardas del libro que estábamos leyendo: la referencia de un capítulo o una idea. Ignoro qué uso hacía de esas anotaciones, pero el hábito e hablar de un  libro a sus espaldas también llegó a ser mío.

[…] Más que los textos que Borges me hacía descubrir (muchos de los cuales se convirtieron a la larga en mis preferidos), me subyugaban sus comentarios, que eran enormemente eruditos, pero discretos, muy divertidos, a veces crueles y casi siempre indispensables. Yo tenía la sensación de ser el singular propietario de una edición cuidadosamente anotada, y preparada exclusivamente para mi uso. Eso, por supuesto, no era cierto; yo era sencillamente (al igual que otros muchos) el cuaderno de notas de Borges, un aidemémoire que el hombre ciego necesitaba para recopilar sus ideas. Y yo estaba totalmente dispuesto a ser utilizado (1999: 34-36).

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Nota: El dibujo de Borges, de Enmanuel Figueroa, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://oyeborges.blogspot.com/p/artistas-amigos.html   



Bibliografía

MANGUEL, Alberto. Historia de la lectura. Bogotá, Colombia: Editorial Norma, 1999.