domingo, 17 de junio de 2018

UN LECTOR COMPULSIVO


En el libro Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio, Franco Ferrarotti cuenta una impresionante anécdota de su adolescencia relacionada con su pasión por los libros y la lectura, y que ocurrió a consecuencia de una débil salud que le impidió asistir a un curso escolar y le obligó a presentarse a un examen de suficiencia.
El autor cuenta su experiencia en las siguientes líneas:
… Otro regalo de mi salud delicada: nunca asistí regularmente a un curso escolar. Me presenté a la licenza ginnasiale (la reválida) y luego, al cabo de dos años —en esa época se podía reducir los tres años de instituto a dos—, me presenté al examen de maturità classica (la selectividad), también por libre, en el instituto de ciencias —por un procedimiento extraordinario, pues el de letras había sufrido bombardeos— Massimo d’Azeglio, en la capital de mi región de origen, Vercelli (2002: 38).
El inconveniente para el joven Ferrarrotti era la mala fama de la que gozaban en su país los que se presentaban a ese examen:
… Los que iban por libre tenían fama de jovenzuelos sin escrúpulos que probaban suerte. Se presentaban al examen como si jugaran a la ruleta. Todo o nada. Yo llegaba de la provincia, embutido contra el invierno y los estornudos del resfriado, con la extraña seguridad que suele acompañar a los caballeros solitarios, armado solo con los conocimientos universales y desordenados que caracterizan a los autodidactas (2002: 38 y 39).
El sociólogo italiano explica cómo debía uno prepararse para el examen de filosofía y los inconvenientes que tuvo en ello por su desmedida afición por los libros:
… Según el programa del ministerio, entraban tres textos que correspondían a los tres periodos canónicos del pensamiento filosófico: antigüedad greco-romana, medieval y moderno. Me preparé, por supuesto, con cuidado, pero mi amor por los libros me hizo la vida difícil. Me resultaba prácticamente imposible escoger solamente tres textos. ¿Cómo es posible, me decía, preferir Aristóteles, por ejemplo la Poética o la Ética a Nicómaco, a Platón, a los diálogos que desde pequeño me parecieron más bellos y aventureros que los libros de Julio Verne o Emilio Salgari?...
Por no hablar de los filósofos modernos y contemporáneos. En seguida se dice Kant, pero ¿dónde metemos a Hegel, Fichte, Schelling? Aparte de lo mucho que se hablaba en todas partes, ya entonces, en los últimos años de guerra, de los pensadores posidealistas, de Nietzsche a Kierkegaard, bajo los ruinosos y poco filosóficos bombardeos aliados…  (2002: 39).
Y esa fue la razón por la que «en lugar de tres autores», Ferrarotti presentara a sus evaluadores «una lista de sesenta y cinco obras, desde los “presocráticos”, al cuidado de Diehls, hasta Louis Lavelle, Le moi et son destin» (2002: 39). Pero la subestimación a su esfuerzo, por parte de aquellos, la notó el autor casi desde el inicio:
… desde las primeras preguntas del examen, sobre todo por parte del profesor Ermenegildo Bertola, convertido luego en senador por la Democracia Cristiana, me di cuenta de los motivos que había detrás de las miradas y la ironía matutinas de los pasillos: ponían en duda la preparación de un alumno libre tan anómalo. «Mire —empezó paternalmente el profesor Bertola—, la convocatoria del examen no pide sencillamente hacer una lista de las obras y los autores. Exige que estudie atentamente a tres de ellos y se prepare para poder exponer ante nosotros, que somos los examinadores, su pensamiento» (2002: 40).
Lo que sintió el autor al oír ello lo explica en las siguientes líneas:
Yo estaba perplejo, pero empezaba a entender y, como entendía, sentía que montaba en cólera, una cólera fría, propia de quien se da cuenta repentinamente de que no lo toman en serio. Me puse rígido y guardé silencio absoluto, quizá desdeñoso. Al cabo de algunos minutos murmuré: «Espero que me examinen». La réplica de Bertola, a quien se sumaron Marinoni, Scaffidi y otros profesores, no se hizo esperar y fue todavía jocosa, con el mismo tono que reservan los médicos jefes de los hospitales psiquiátricos a sus mentecatos: «Resulta difícil decidir: veamos… El Fedro» (2002: 40).
Lo que narra a continuación el autor muestra los rasgos de un cerebro privilegiado que recuerda al personaje Funes el memorioso, creado por Borges:
La cólera interior abría los libros delante de mí, como si los estuviera hojeando «¿Qué edición, profesor? ¿Quiere la edición escolar de Paravia o la edición crítica publicada en 1882 por Teubner en Leipzig?». La sonrisa de compasión se borró de los labios de los presentes. Yo hablaba, leyendo mentalmente e indicando con pedantería los párrafos del texto platónico, con las variantes de la edición crítica, mostrando que la amistad de la que se habla en el Fedro es en realidad la descripción del proceso dialéctico por el cual mi pupila se vuelve consciente de sí misma al verse reflejada en la pupila de su amigo y el diálogo se plantea como el instrumento fundamental para la adquisición gradual de la verdad como verdad participada, conquista intersubjetiva, muy común.
Los profesores escuchaban en silencio. Hablé durante cinco horas. Al final, con una generosidad de la que tal vez son incapaces los profesores de hoy, me dieron la mano, se informaron sobre mis intenciones futuras. No solo fui aprobado y declarado «maduro». Pasé de estudiante a estudioso. Me doy cuenta de que todo esto puede parecer un ejercicio de narcisismo. Pero mi victoria era únicamente la del alumno libre… (2002: 40 y 41).
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Nota: La foto de Franco Ferrarotti, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://www.francoferrarotti.com/archivio/biografia.htm


Bibliografía

FERRAROTTI, Franco. Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio. Barcelona, España: Ediciones Península, 2002.


sábado, 26 de mayo de 2018

EL CAMINO A RUSIA


La historia secreta de la hazaña y sus protagonistas
JARA, Umberto
Lima: Editorial Planeta Perú, 2018

Este es un libro de fácil lectura, que se devora con gusto y agrado, y que también nutre. Debería ser de obligatoria lectura para los periodistas deportivos peruanos por la seriedad con que está escrito y su compromiso desinteresado con el proceso emprendido por la selección peruana.
En sus nueve capítulos, el autor deja en claro que la hazaña de la selección peruana de clasificar al Mundial de Rusia 2018, luego de 36 años de ausencia, no fue un golpe de suerte ni una acción improvisada, sino todo lo contrario: hubo una planificación que se fue desarrollando gradualmente.
Esta planificación buscó cubrir todos los ámbitos relacionados con el fútbol: el administrativo, el físico, el sicológico, el nutricional, el del periodismo deportivo, etc., e incluyó la incorporación de la ciencia y la estadística en la toma de decisiones tácticas y estratégicas en cada partido jugado por la selección, lo cual ayudó a mejorar la efectividad de esas decisiones.
Un ejemplo de esa planificación meticulosa en el último campo mencionado es el siguiente:
… cuando el cuerpo técnico de la selección peruana designó a Miguel Araujo, un joven defensa de Alianza Lima, como encargado de marcar a Edinson Cavani, la estrella del PSG y de la selección uruguaya, no fue una decisión tomada al azar. Tenían decenas de videos estudiados con el sistema Video Tracking System, tablas estadísticas e información pormenorizada de las características de juego del delantero uruguayo y de las aptitudes de Araujo. Las mediciones de velocidad, salto y pique, entre otros puntos, le daban al defensa peruano las cualidades suficientes para competir con Cavani. Fue por ello que la noche del Perú 2 Uruguay 1, Araujo jugó con confianza en sus aptitudes y tuvo una excelente actuación (p. 14).
Y vale la pena el esfuerzo de hacer esta reseña que es deliberadamente descriptiva porque hay revelaciones importantes que sorprenderán a más de uno y que es importante compendiar, y porque creo necesario que todo el que quiera hablar de la selección peruana actual en un medio de comunicación debe leer este libro antes de hacerlo, y por eso busco fomentar su lectura.
En el primer capítulo, titulado «Así llegó Gareca», se menciona la reorganización de la Federación Peruana de Fútbol (FPF) emprendida por su actual  presidente, el provinciano Edwin Oviedo (elegido para ese cargo el 18/12/2014), «con los criterios, estructura y eficiencia de una empresa» (p. 22).
Para ello, constituyó un Comité Consultivo y convocó a «tres hombres con gran conocimiento de la organización empresarial» para integrarlo, y que ya antes «habían desempeñado tareas dirigenciales en el fútbol»: Felipe Cantuarias Salaverry, Gianfranco Castagnola Zúñiga y Alfonso Grados Carraro (pp. 22 y 23).  
Oviedo, igualmente, nombró como director deportivo de la FPF a Juan Carlos Oblitas (este firmó su contrato el 16/01/2015), y se le encomendó «la búsqueda de un director técnico para la selección de mayores» (p. 22).
El perfil propuesto para el entrenador era muy exigente: cinco de ellos de gran prestigio internacional rechazaron la oferta (Alejandro Sabella, Frank Rickjard, Daniel Passarella, Paulo Bento y Luis Felipe Scolari). Y no era para menos, el Perú tuvo una paupérrima participación en las eliminatorias para el Mundial de Brasil 2014, quedando penúltimo en la tabla (pp. 23 y 24).
Desde un inicio, Oblitas pensó en Ricardo Gareca para ese puesto (p. 25). La razón principal de su elección la expone en las siguientes líneas:
… me di cuenta de que Ricardo se había acostumbrado a trabajar en  Vélez Sarsfield de Argentina solucionando los cambios constantes que le hacían todos los años. Me di cuenta de que cada año le vendían a sus jugadores y él armaba otro equipo, y lo hacía con éxito. Entonces ese punto fue para mí muy importante para pensar en Ricardo: sabía gestionar la falta de recursos (p. 26).
Si bien el entrenador argentino no «estaba en el listado top del marketing», «era un técnico de enorme nivel, en constante crecimiento y con talento para tener logros importantes con pocos recursos». Además, Oblitas consideraba que la selección peruana «necesitaba un técnico con mucho camarín, […] capaz de enfrentar situaciones complicadas. Y también alguien a quien el jugador no lo pueda tontear…» (p. 27).
El 5/2/2015, Oblitas se reunió con Gareca en Argentina y le planteó dos tareas fundamentales: «recomponer la autoestima para combatir la mentalidad perdedora» y «generar un universo mayor de jugadores para el futuro…». El 2/3/2015 Gareca «arribó  a Lima», «firmó el contrato» y «fue presentado ante la prensa» (p. 34).
El segundo capítulo se titula «Un retrato de Gareca», y en él se señala que este hombre «como técnico conoció la gloria y el fracaso» (p. 39). Su logro más destacado como entrenador fue «su memorable ciclo en Vélez Sarsfield» en donde consiguió «cuatro títulos de campeón argentino (2009, 2011, 2012 y 2013)» (p. 40). En realidad los rasgos sobresalientes del perfil profesional de Gareca se pueden encontrar desperdigados a lo largo de todo el libro.
El tercer capítulo, se titula «La gran decisión», y en él se menciona el debut de Gareca con la selección peruana, que fue el 31/3/2015: «un partido amistoso jugado en Miami contra Venezuela» con un «resultado adverso (0-1)» que no interesó, porque la finalidad era que el técnico evalúe a los futbolistas disponibles» (p. 47).
El 3/6/2015, la selección se enfrentó a «México (1-1) en el Estadio Nacional de Lima» como ensayo previo para su participación en «la Copa América en Chile» (p. 47). En ese momento, estaba vigente «el acuerdo de no concentrar con anticipación, porque Gareca quería implantar la experiencia utilizada en su exitoso paso por el club Vélez Sarsfield: le entregaba al jugador la confianza y la seguridad de cuidarse y no concentraban» (p. 48).
Y como bien señala el autor: «… el jugador rioplatense tiene un sentido profesional forjado desde las divisiones inferiores. Pero el sistema no era aplicable en el Perú…» (p. 48). En la
… convocatoria, previa al viaje a la Copa América Chile 2015, los que llegaban del exterior tenían días libres y, en el fin de semana previo, ocurrió lo de siempre: varios de los seleccionados dieron lugar a noticias ajenas al fútbol (p 48).
Entre la noche del 29 y la madrugada del 30/05/2015, Pizarro, Zambrano, Yordy Reyna y Farfán salieron de madrugada. Zambrano incluso fue detenido por la policía. La prensa de espectáculos difundió imágenes de lo acontecido y se armó el escándalo (pp. 48 y 49).
El 2/6/15, la dirigencia de la FPF se reunió. Estaban dispuestos a tomar «decisiones drásticas, incluso prescindir de los referentes» si era necesario (p. 51).
El «buen desempeño del equipo en la Copa América [Perú quedó tercero] mostró las capacidades de Gareca y su comando técnico», aunque «aún estaba por resolverse el problema de la disciplina» (p. 52). Se buscaba un cambio de mentalidad:
… Los jugadores no están obligados al triunfo, pero sí a respetar los colores que lucen en el pecho, a la dignidad de actuar como profesionales, a entregar todo lo que estuviese a su alcance. Ser indisciplinado o no tener coraje supone una traición, primero a sí mismos, luego a sus padres, a sus familias y, después, a todos los peruanos. Aquel plantel inicial aún no había entendido la maravilla de dar alegría a un país entero. Tampoco eran conscientes de que los logros deportivos les darían una inmensa recompensa… (p. 52).
«Dos que jamás entendieron esos valores fueron Juan Manuel Vargas y Carlos Zambrano» (p. 53). La siguiente convocatoria fue «en marzo del 2016 para disputar la tercera fecha doble de las Eliminatorias Rusia 2018». El 24/03/2016, Perú se enfrenta a Venezuela en Lima (2-2) y el 29/03/2016 pierde ante Uruguay (0-1) en Montevideo: «De los seis puntos disputados, Perú obtuvo apenas uno» (p. 54).
El «balance peruano era apenas de un encuentro ganado, uno empatado, cuatro derrotas, seis goles a favor, doce en contra y el sótano de la tabla con cuatro puntos» (p. 54).
De los referentes, el autor ofrece la siguiente información:
Solo aceptaban concentrar antes de los partidos porque, para ellos, los días anteriores eran «sus días libres». Consideraban que los directores técnicos los necesitaban y, por tanto, podían imponer sus caprichos y sus conductas. Lamentablemente, los técnicos anteriores admitieron esa situación y los resultados fueron nefastos y muy dañinos para el fútbol y para la autoestima del país (p. 55).
En «la primera etapa del ciclo inaugurado con Ricardo Gareca», Vargas «llegó a dos entrenamientos con signos» de haberse trasnochado. Y Zambrano «arribo con tardanza a dos entrenamientos» (p. 55). Los resultados de ese comportamiento fueron los siguientes:
… En el partido que se empató en Lima con Venezuela, Vargas se vio sobrepasado por el venezolano Añor y terminó lesionado; Zambrano al primer minuto del segundo tiempo cometió una falta brusca sin sentido y se ganó la segunda amarilla quedando inhabilitado para jugar el siguiente encuentro, en Montevideo, ante Uruguay. En el entorno de la selección, más de uno percibió que Zambrano se hizo amonestar para no viajar a Uruguay… (p. 55 y 56).
Después de «la fecha doble, se decidió tomar medidas […], aunque antes fue necesario capear algunas tempestades. Así, entre abril y mayo del 2016,
… al interior de la FPF se libró una tenaz batalla […]. Agustín Lozano y Raúl Rojas, miembros del Directorio […] encabezaron a un sector que buscó la caída del presidente Edwin Oviedo para asumir el cargo vacante y, además, dejar sin efecto el contrato de Gareca. Se desataron acciones de intriga, operativos de prensa y hasta un montaje judicial a través de un fiscal. Sus cuestionamientos no apuntaban al desarrollo del fútbol peruano, buscaron dar un golpe interno para retornar al estilo infausto de la FPF de los últimos veinte años (p. 61).
El presidente Oviedo, no obstante, «reaccionó con serenidad» y «organizó acciones para contener el vendaval […] y dio batalla para lograr un objetivo invalorable: que la FPF se convierta en una institución sólida y seria» (pp. 61 y 62).
A Gareca y su equipo de profesionales
… les hicieron saber que tenían un respaldo absoluto […] y que la decisión, a diferencia de años anteriores, era mantener la vigencia del proceso a como diese lugar, porque la única manera de lograr resultados era desarrollar un plan que se iría consolidando con los meses y años siguientes (p. 62).
El respaldo recibido le permitió a Gareca «tomar decisiones drásticas»:
Cuando anunció la lista de los convocados para el torneo a jugarse en los Estados Unidos de Norteamérica [Copa América Centenario], en junio del 2016, no aparecieron Claudio Pizarro, Juan Manuel Vargas, Carlos Zambrano, Jefferson Farfán, Yordy Reyna y Luis Advíncula… (pp. 62 y 63).
En «dicho torneo, Perú superó la primera fase como líder de su grupo ganándole a Brasil por 1-0 […]. El nuevo equipo llegó a cuartos de final» y terminó invicto (p. 63).
Y fue
Al retorno de ese torneo [que] se establecieron las nuevas reglas: concentración antes de cada partido […], comportamiento profesional dentro y fuera de la cancha. Se cerraron las puertas para el periodismo de espectáculos y la jefa de Prensa, Romina Antoniazzi, […] logró que la selección recupere su escenario natural con el periodismo deportivo. El mensaje a los jugadores fue muy claro: el seleccionado peruano de fútbol no debía volver a aparecer en noticias de la farándula (p. 64).
Por allí también «asomó la fundamental figura de Paolo Guerrero como un real líder en la cancha» (p. 65). De esa manera es como «se logró lo que parecía utópico: una selección profesional trabajando al igual que las selecciones importantes del continente…» (p. 66).
El cuarto capítulo se titula «El capitán real» y trata sobre Paolo Guerrero, aunque también se revelan datos pocos conocidos de algunos seleccionados.
En «la famosa fecha doble de marzo del 2016», durante el partido con Uruguay, y cuando el marcador iba 0-0, «apenas al minuto con treinta segundos de iniciado el segundo tiempo, Pizarro pidió su cambio […], ingresaba en su reemplazo Raúl Ruidíaz. Cuatro minutos después […], Cavani anotó el gol que le daría la victoria a Uruguay» (p. 69).
Guerrero, muy enfadado,  le reclamó al capitán por su comportamiento. Una revisión de los 92 segundos en que Pizarro se mantuvo en la cancha en el segundo tiempo no muestra «ninguna jugada de contacto con los rivales» como para generar una lesión. Y «si había terminado el primer tiempo adolorido, debió avisar en el vestuario para que el entrenador planifique otra estrategia…» (pp. 70 y 71).
Lo que Gareca declara cuando participa en la rueda de prensa, es muy elocuente al respecto: «… Perú recibe el gol “porque el mediocampo se desordenó en esos momentos y la lesión de Claudio provoca un cambio y nos quedamos sin alguna otra variante que podría haber sido interesante como para buscar el partido”…» (p. 71).
Ante los hechos, era evidente que Pizarro «no desempeñaba su rol de capitán». Sin embargo, a pesar de la derrota ante Uruguay del 29/3/2016, se «logró una victoria interna»: la designación de Paolo Guerrero como el «nuevo capitán» (p. 72). Y  este, «una vez que recibió el encargo, empezó a demostrar en la cancha que sabía darle contenido al cargo» (p. 74).
El quinto capítulo se titula «La tecnología y el fútbol» y aborda el tema del uso de la ciencia y la estadística en la toma de decisiones dentro del terreno de juego.
El autor señala que hubo un «vendaval de novedades tecnológicas» que «llegó al fútbol en el vertiginoso siglo XXI» (p. 77). Y también refiere algo importante de destacar:
En el Perú no se utilizaban estos recursos hasta que, una tarde a finales de marzo del 2015, el profesor Néstor Bonillo le pidió una reunión a Juan Carlos Oblitas para solicitarle la adquisición de varios instrumentos tecnológicos. El director deportivo no le dio vueltas al asunto y le pidió un listado… (p. 77).
En el libro se mencionan varias de esas novedades tecnológicas incorporadas al trabajo de la selección, pero, a fin de no prolongar mucho esta recensión, solo vamos a dar a conocer algunas de ellas:
… se adquirió un software que permite cortar cada partido de forma individual. Existe un sistema que permite separar en un video la actividad de cada futbolista en el partido. De ese modo, se puede analizar a cada jugador con sus variables técnicas y conocer su producción en pases, piques, saltos, recuperaciones, velocidad, etc., para ser analizados. Al hacer un seguimiento de muchos partidos, se logra determinar en qué rubros es más eficiente cada jugador… (p. 82).
Con otro software, refiere Bonillo, se pudo
… conocer al detalle las características y posibilidades de cada jugador, y pudimos categorizar lo que hacían como excelente, muy bueno, bueno, regular y malo, tanto en la parte física como en la parte técnica […], pudimos precisar, por ejemplo, quién es bueno recuperando, quién es bueno dando pases y su desenvolvimiento en cada posición… (p. 83).
Y ese «mismo programa informático se utilizó para analizar a las selecciones rivales» y saber «cuáles eran los puntos débiles y los puntos fuertes en cada equipo, y de manera individual de cada jugador rival». Bonillo precisa al respecto lo siguiente: «conociendo sus reales capacidades y la de los rivales, podíamos establecer criterios reales de exigencia» (p. 84).
Al término de un partido, también se empleaba la tecnología: «los jugadores peruanos que habían dejado el campo para ingresar al camarín estaban, de inmediato, empezando a trabajar para el partido siguiente con un método exigente» (p. 88).
Los pasos a seguir eran los siguientes: descansan un momento, luego hay un trabajo de recuperación pospartido en que los jugadores entran en un recipiente de agua helada que los cubre hasta las caderas por unos diez minutos. A continuación, «viene la alimentación. Hay estudios que han determinado que, tras el esfuerzo desarrollado en un partido, existe una ventana de dos horas en que la alimentación es más beneficiosa porque el organismo absorbe mejor los nutrientes». Para ello, interviene una nutricionista (pp. 88 y 89).
Después «se les colocan las botas Normatec», «hasta las caderas que se usan después de los partidos, de los entrenamientos y los viajes largos» y «ayudan a la recuperación con un masaje linfático, aprietan las piernas para liberarlas de sustancias nocivas». Seguidamente, «se les ponen las medias de compresión», que «cubren desde los pies hasta el final de las piernas, y que comprimen, aprietan y ayudan a quitar el dolor, la hinchazón y la sensación de pesadez en las piernas» (pp. 89 y 90).
Finalmente, se emplean «los electroestimuladores Compex», que
… sirven para la recuperación postesfuerzo, alivio de dolores cervicales, lumbares, toráxicos o lumbago, [es también] descontracturante, [sirve en la]  rehabilitación para reanudar la actividad deportiva tras un traumatismo óseo o articular, alivio de piernas pesadas, estímulo del drenaje linfático y prevención de calambres (p. 90).
Al siguiente día:
 … Gimnasio, movimientos de baja intensidad. Se trabaja buscando flexibilidad muscular, movilidad articular y después lo mismo: hielo, botas Normatec, masajes y calzas de compresión neumáticas. Almuerzo, descanso y cena y al otro día ya los tenemos en mejores condiciones. Con tres días estás con lo justo para tener un buen rendimiento; lo ideal son cinco días  (p. 91).
Sobre este uso que se dio a la tecnología en la selección peruana, Oblitas señala:
… Nada de esto existía. Nada. Y nada fue inmediato. No es que llegó Gareca con su equipo y en una semana ya estaba listo todo este sistema. Llevó un tiempo y una parte se logró implementar mientras se jugaban las eliminatorias, y mientras algunos pedían que se vaya Gareca, porque en los primeros partidos no hubo buenos resultados. […] este comando técnico ha puesto la tecnología al servicio del equipo  (pp. 91 y 92).
Por último, Oblitas hace un anuncio de gran trascendencia: «… Cuando nos vayamos, esto tiene que quedar para los que vengan. Queremos armar un Departamento Tecnológico para que la FPF tenga siempre estos sistemas» (pp. 92 y 93).
El sexto capítulo se titula «Una nueva mentalidad», y en el se explica cómo se operó ese cambio.
La «última gran campaña de una selección peruana para clasificar a un mundial ocurrió entre 1996-1997, durante las eliminatorias de Francia 98» (p. 95). Perú se perdió el mundial en aquella oportunidad solo por diferencia de goles con Chile. El director técnico de aquella selección fue Oblitas precisamente, y destacaron los nombres de Solano, Palacios y Maestri. Jara describe lo que ocurrió en la prensa deportiva de aquel entonces con lucidez:
A pesar de esa brillante actuación tras atroces años anteriores, un buen sector de la prensa desplegó una brutal campaña contra Oblitas y los jugadores porque los resultados iniciales no fueron óptimos y, al final, calificaron como fiasco una notable actuación que el Perú no había tenido desde 1986. La influencia negativa de una prensa irracional, encabezada por el diario El Bocón, consideró el cuarto lugar como «un fracaso» y no se dio continuidad al ciclo ni se reformó la estructura del fútbol peruano. Perú volvió a caer en un hondo bache que daría lugar a un largo y oscuro periodo que abarcó las eliminatorias de Japón-Corea 2002: antepenúltimo con 16 puntos […]; Alemania 2006: penúltimo con 18 puntos […]; Sudáfrica 2010: últimos con 13 puntos […]; y Brasil 2014: antepenúltimos con 15 puntos […] (p. 96).
El análisis de Jara es severo, pero realista: «La mayor parte de la prensa nacional exigía resultados, como si el Perú fuese una potencia mundial», su «irracional comportamiento era el equivalente al de una barra brava empuñando un micrófono o tecleando ante una computadora» (p. 97).
Así fue como «para los futbolistas, ser convocados a la selección dejó de ser una aspiración para convertirse en una tortura. Ellos y sus familias pasaban a soportar toda clase de vejámenes». Pero había más:
Otro tanto ocurría en las tribunas que concedían un aliento que, en el mejor de los casos, duraba apenas los primeros quince minutos de un partido para dar paso a los murmullos, a los gritos, a las rechiflas y a los insultos (p. 97).
Otra observación atinada del autor es la siguiente:
El Perú es un país en donde el trato cordial entre las personas no es, lamentablemente, una norma esencial de educación y se refleja en la agresividad en las relaciones cotidianas. Entonces es probable que a más de uno le parezca un disparate hablar de la necesidad de autoestima en la personalidad de los futbolistas. Sin embargo, existe innumerable material que demuestra que los jugadores de alta competencia requieren estar dotados de una necesaria fortaleza mental (pp. 97 y 98).
Y es cierto, «a nuestros equipos los derrotaba la falta de personalidad», por tal razón: «La reconstrucción de la autoestima del jugador peruano […] es otro de los grandes méritos del ciclo de Ricardo Gareca y allí existe el valioso aporte del sicólogo deportivo que convocó. Se llama Marcelo Márquez…» (pp. 98 y 99).
Márquez posee «el grado de magíster en Sicología Aplicada al Deporte» y es «un experto en sicodeportología, una rama de la sicología» útil para entrenar en el jugador «el aspecto sicológico para afrontar una competencia con fortaleza mental» (p. 99).
En las siguientes líneas, Marcelo Márquez explica su trabajo:
Para revertir los malos resultados deportivos, el seleccionado peruano necesitaba, con urgencia, cambiar de mentalidad, saberse capaz, no sentirse disminuido ante las figuras o asumir que no podía ganar al jugar de visita. También necesitaba pensar en sí mismo y no en las exigencias externas. Al fin y al cabo, quienes salen a la cancha son los jugadores y no el hincha o el periodista que les trasladan exigencias ajenas a la realidad… (pp. 100 y 101).
El aporte del mismo Gareca en ese asunto también fue fundamental, Oblitas lo explica así:
… Es un talento de Ricardo. Cuando él entrenaba a la “U”, vimos cómo transformó a Donny Neyra, un jugador que no destacaba, y le dio un gran realce, lo convirtió en el conductor de esa “U” que campeonó en el 2008. Esta vez ha pasado lo mismo con varios chicos: Trauco, Corzo, Cueva, Aquino, Yotún, Tapia; antes de Ricardo no eran lo que ahora son. Un hombre que sabe conducir logra que los jugadores crezcan… (p. 103).
Y
Esta mentalidad distinta se reflejó en que se obtuvieron, en el 2017, 16 puntos en partidos por eliminatorias, 10 de ellos como locales y 6 como visitantes que, sumados a los 11 logrados en el 2016, dieron los 26 puntos clasificatorios. En el mismo período 2017, Argentina logró apenas 9 puntos (5 de local y 4 de visita) y Chile 6 puntos (6 de local, 0 de visita) (p. 105).
Bonillo explica que «Ricardo, con el apoyo de Marcelo, implantó que el grupo está por encima de todo, nada es individual, todo corresponde al grupo. Y se han logrado cosas muy buenas» (p. 106).
El séptimo capítulo se titula «El talento se conquista» y en el se ofrece la historia de cuatro jugadores (Christian Cueva, Miguel Araujo, Miguel Trauco y Pedro Gallese), «ninguno [de los cuales] era una gran figura [cuando fueron convocados] y todos juntos demostraron que es posible conquistar un objetivo cuando se confía en lo que se tiene» (p. 110).
El autor remarca más adelante lo siguiente: «En realidad, todos los integrantes de la selección peruana tienen una historia particular bajo un mismo signo: origen humilde, vocación de trabajo, ansias de triunfo y confianza absoluta en su técnico Ricardo Gareca…» (p. 119).
El octavo capítulo se titula «El fútbol enseña» y en el se habla sobre la necesidad de mantener un proceso en el tiempo frente al peligro que se repita lo que ocurrió en las eliminatorias de Francia 98. El autor cita a la revista Once para dar cuenta de lo ocurrido aquella vez:
… «A inicios de la década del noventa, el fútbol peruano estaba postrado. Sin figuras, sin espectadores, sin recursos. Se empezó a trabajar partiendo de nada. Un puñado de esforzados dirigentes (encabezados por Francisco Lombardi y Nicolás Delfino) fueron satanizados; un técnico que siempre puso el pecho (Juan Carlos Oblitas) fue agraviado hasta el cansancio; y jóvenes jugadores que recién emergían fueron víctimas de toda clase de patrañas e insultos». Hace veinte años, después de haber ocupado un magnífico cuarto lugar en las eliminatorias mundialistas, hubo un gran sector de la prensa que hizo cuestión de Estado por un «fracaso». Truncaron la posibilidad de un proceso y vinieron dos décadas de penurias (p. 122).
El mensaje es claro, contundente y rescatable:
… hace veinte años, Perú desarrolló una magnífica campaña; veinte años después, se ha logrado una clasificación mundialista. Pero ¿qué ocurrió en esas dos décadas? Se atacó y se destruyó un concepto vital: la necesidad de sostener un proceso a futuro. ¿Qué se hará esta vez? Existe una sola alternativa […]: continuar el camino iniciado. Si los resultados que se obtengan en el Mundial Rusia 2018 son negativos, no interesa. Lo imprescindible es mantener el camino que se ha trazado. No hacerlo sería volver a la oscuridad. Esta vez no deben volver a ganar los que hacen de la derrota un negocio. Ya es suficiente el daño que han hecho (p. 125).
El autor menciona dos razones de importancia para sostener este proceso, la primera es que Gareca y Oblitas «han logrado establecer un sistema de trabajo muy lejos de las taras que rodeaban a la selección: desterraron la informalidad, las alianzas internas y los negocios turbios» (p. 125).
 Y la segunda es que
 A partir del año 2015, el empresario Edwin Oviedo, al asumir la presidencia, tomó una decisión complicada y valiente: reformar la FPF para convertirla en una institución eficiente, con reglas y principios nítidos. Oviedo también fijó como requisito de su gestión el retorno de la honestidad y estableció auditorías para que el manejo económico sea sustentado y fiscalizado… (p. 126).
La labor de Oviedo se resume bien en el siguiente párrafo:
En el breve periodo 2015-2017, la dirigencia logró el resurgimiento económico de la FPF, incluso antes de que ocurra la clasificación a Rusia 2018, pues con el manejo empresarial implementado se logró convocar sponsors, cuando el Perú aún no avizoraba clasificar al mundial. Asimismo, puso en ejecución el Plan Centenario para promover el fútbol de menores, base fundamental para tener un fútbol competitivo con recambios generacionales. Y se adquirió un predio en Chaclacayo en el que se construirá un complejo similar al famoso predio de Ezeiza que posee la selección argentina para el entrenamiento de todas las categorías, desde la sub-15 a la sub-23   (pp. 126 y 127).
Y para quien dude del trabajo serio de la FPF van las siguientes líneas:
… la FIFA considera que el trabajo de reforma y de institucionalización realizado por la FPF es un modelo a seguir y, por esa razón, han visitado Perú, para reuniones de trabajo, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y funcionarios de alto nivel. El prestigio ganado también ha dado lugar a que, por vez primera en su historia, el Perú sea designado como país sede de la Cumbre Ejecutiva de la FIFA. Asimismo, por vez primera, el Perú tiene presencia dirigencial en la FIFA: Edwin Oviedo integra el Comité de Stakeholders, Felipe Cantuarias es miembro del Comité de Revisión y Gobernanza y Teófilo Cubillas integra el Comité de Desarrollo; además, un miembro de la FPF, Sergio Palacios, ha sido contratado por la FIFA para integrarse al área de Desarrollo (p. 127).
Todo peruano de buena voluntad debe apoyar el mensaje de que «nada es inmediato, todo toma su tiempo. Lo imprescindible es empezar, mantener el proceso de crecimiento, no ceder ante los destructores y apoyar el trabajo serio» (p. 128).
El noveno capítulo se titula «En el nombre del fútbol » y es una reflexión sobre el deporte rey, los miles de millones de seguidores que tiene, de las alegrías que depara cuando se actúa con profesionalismo y de cómo hasta puede ayudar a mejorar los índices de la economía de un país (pp. 132 y 133).
En conclusión, un libro que tiene el sano propósito de apoyar el trabajo profesional de la selección peruana y del equipo que lo sostiene dentro y fuera de la cancha, mostrando su labor y sus frutos.

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Nota: La foto, al inicio de esta entrada, fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.