jueves, 28 de enero de 2016

EN BUSCA DE ALADINO


REYNOSO, Oswaldo
Lima: Editorial San Marcos, 2.da ed. 2000

La novela breve En busca de Aladino, de Oswaldo Reynoso, narra la historia de un hombre que aspira encontrar a Aladino o su personificación rediviva en China. ¿Por qué decide el narrador buscar a Aladino en aquella región oriental? Porque Aladino era el hijo de un sastre pobre que vivió allí. Así lo cuenta el narrador: «Sheherezada inicia el relato del cuento de Aladino y la lámpara maravillosa diciendo que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos, en una ciudad de China, de cuyo nombre no me acuerdo en este instante, había —pero Alá es más sabio— un hombre que era sastre de oficio y pobre de condición. Y aquel hombre tenía un hijo llamado Aladino, que era un niño mal educado que desde su infancia resultó un palomilla muy enfadoso…» (p. 9).

Las menciones al texto de Las mil y una noches son muy sugerentes y crean una atmósfera académica que se desbarata no solo por la advertencia del narrador («en esta búsqueda no hay ningún interés de investigación erudita sobre tal tópico literario» [p. 10]), sino porque este mismo aclara que la búsqueda de Aladino la realiza porque presiente que «es la apasionada exploración de una moral de la piel». Además de ello, esa búsqueda también es un reencuentro con su adolescencia: «Ojalá que pueda encontrar el ambiente real del cuento que me mostró lo que pudo ser la maravilla de mi adolescencia» (ibid.). Considero, sin embargo, que la historia se hubiese enriquecido si se hubiera hecho en ella una exploración «erudita» de ese «tópico literario».

El narrador, en un momento de la historia, siente una atracción por la belleza adolescente de un personaje que el considera como la reencarnación de Aladino: el mozo de 16 años de Turfán (pp. 21 y 22). Entre ambos se desarrolla una relación casi homosexual, cohibida seguramente de un mayor contacto por esa moral de la piel de la que habla el narrador. Pues justamente cuando «Aladino» masajea los pies del narrador y luego juguetea con ellos juntándolos con los suyos desaparece la visión del joven de Turfán. Es decir, cuando se inicia un contacto de piel con piel que puede ir acrecentándose es cuando se descubre que «Aladino» es una ensoñación. Una prolongación de los deseos del narrador que cobra visos de realidad, pero que se desvanece cuando este transgrede sus propios principios y hace (porque es su sueño) que el joven de Turfán masajee y juguetee con sus pies, lo que va en contra de su «moral de la piel».


Por ello, la historia termina cuando el narrador reconoce «la soledad y la derrota de nunca poder alcanzar el júbilo de una limpia moral de la piel» (p. 39). Y con ello se cierra también la posibilidad de recuperar la memoria de su adolescencia: «y sin saber qué viento del desierto había apagado para siempre lo que debió de ser la maravilla de mi adolescencia» (ibid.).

domingo, 20 de diciembre de 2015

CIENCIA, INNOVACIÓN Y EDUCACIÓN DE CALIDAD


En su libro ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro, Andrés Oppenheimer cuenta algunas anécdotas que muestran la importancia que se le da a la educación en los países que se ubican en los primeros lugares de los rankings internacionales en ese campo. La primera  (que también menciono en la nota 2 de mi entrada «La Capital Mundial de la Lectura», del 30.09.2012, véase: http://goo.gl/oM9cXu) es esta:

Cuando el taxi me dejó en la sede central de la Universidad de Helsinki, lo primero que me sorprendió fue su ubicación: está en la plaza central de la capital, el sitio más importante del país. En efecto, la universidad ocupa toda una cuadra frente a la Plaza del Senado, cuyos otros vértices están ocupados, respectivamente, por la Catedral, la sede del Consejo de Estado, donde despacha el primer ministro, y una serie de tiendas de lujo.

Helsinki no es la única ciudad del mundo que tiene su universidad en una ubicación privilegiada: la Universidad de Oxford, en Inglaterra, y la Universidad de Harvard, en Cambridge, Estados Unidos, también están en el corazón de sus respectivas ciudades. Sin embargo, nunca había visto otra capital de un país que tuviera a su universidad en la plaza central, frente a la sede del gobierno. Quienes habían diseñado la plaza central de Helsinki a principios del siglo XIX habían dejado en claro que la universidad era una de las columnas vertebrales del país.

«Los principales poderes del país están representados aquí —me dijo Kari Raivio, rector saliente de la Universidad de Helsinki, mientras mostraba la plaza por la ventana de la sala de conferencias de la rectoría—. El poder del gobierno está en el lado este de la plaza, el poder de la iglesia en el lado norte, y el poder de la mente, la universidad, en el oeste. Desde el principio, esta casa de estudios ha jugado un rol central en la historia del país» (2010: 74 y 75).

La segunda anécdota es esta otra:

A mi llegada a este país [Singapur], me llevó solamente cinco minutos —lo necesario para cambiar unos dólares en el aeropuerto— para darme cuenta que hay una obsesión nacional por la educación: está presente hasta en los billetes de la moneda nacional. No es broma: mirando los billetes que recibí en la casa de cambios del aeropuerto, me di cuenta de que el billete de dos dólares de Singapur —el que más circula, ya que no existe uno de menor denominación— muestra la imagen de un grupo de estudiantes, con libros sobre la mesa, escuchando atentamente las palabras de su profesor. En el trasfondo, se ve la imagen de una universidad, con sus típicas columnas griegas. Debajo de la imagen, en la parte de abajo del billete, se lee una sola palabra impresa: «Educación».
Qué ironía, pensé para mis adentros mientras tomaba un taxi para ir del aeropuerto al hotel: mientras los billetes en Latinoamérica, y en Estados Unidos, muestran imágenes de los héroes de la independencia, u otros próceres del pasado, los billetes en Singapur muestran un grupo de jóvenes estudiantes, resaltando la importancia de la educación para la construcción del futuro (2010: 91).

A propósito de ello, en el libro ¡Crear o morir! La esperanza de Latinoamérica y las cinco claves de la innovación, también del mismo autor, este hacía una reflexión interesante sobre la ciencia (que también depende de una educación de calidad) y el fútbol en América Latina:

Poco antes de terminar la Copa Mundial del 2014 […], escribí una columna en The Miami Herald titulada «Se busca un Messi de las ciencias» en la que preguntaba por qué los latinoamericanos no podemos producir un Messi, un Neymar o un James de la ciencia o la tecnología. La pregunta había sido planteada antes por el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Luis Alberto Moreno, durante una conferencia en Brasil. De la misma manera en que América Latina está produciendo los mejores jugadores de fútbol del mundo, la región también debería producir el próximo «Neymar del software», o el próximo «Messi de la robótica», había dicho Moreno (2014: 188).

Luego señalaba: «En mis viajes a China, India, Singapur y otros países asiáticos, siempre me impresionó de cómo los medios de prensa le dedican grandes titulares a los ganadores de las Olimpiadas de matemáticas o ciencias, como si fueran estrellas deportivas».

Para enseguida animarse a sugerir lo siguiente: «Hay que hacer lo mismo en nuestros países, para crear una cultura de admiración a los científicos, como la que tenemos con los futbolistas» (2014: 189).

Es necesario cultivar en el Perú, así como en el resto de América Latina, una cultura de respeto y admiración por la educación de calidad (el cual, a su vez, ayudará a contar también con buenos lectores), la ciencia y la innovación, que no se reduzca al mero eslogan, sino que se materialice en hechos concretos.

Oppenheimer, en su libro citado, y después de investigar el tema en el mayor centro de innovación del mundo, es decir, en Silicon Valley (Estados Unidos), se anima a proponer a los latinoamericanos los cinco secretos de la innovación:

  1. Crear una cultura de la innovación
  2. Fomentar la educación para la innovación
  3. Derogar las leyes que matan la innovación
  4. Estimular la inversión e innovación
  5. Globalizar la innovación
Para un mayor detalle de esos cinco secretos, se recomienda leer el capítulo 10 del libro. Y un punto central y previo que va a permitir todo ello, es decir, que presenciemos un auge de la innovación en nuestro país y en la región, es el disponer de una educación de calidad en todos los niveles educativos: inicial, primaria, secundaria y terciaria.

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Nota: La caricatura de Messi y Neymar, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://goo.gl/HxhUpe  


Bibliografía

OPPENHEIMER, Andrés. ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro. Buenos Aires: Debate, 2010.
OPPENHEIMER, Andrés. ¡Crear o morir! La esperanza de Latinoamérica y las cinco claves de la innovación. México: Penguin Random House Grupo Editorial, 2014.




domingo, 30 de agosto de 2015

CÓMO LEÍA ARISTÓTELES


En la Historia de la filosofía (2007), de Julián Marías, se hace una descripción de Aristóteles tan elocuente de sus atributos que asombran y parecen referirse a un ser que pertenece al campo de la ficción, y más aún en estos tiempos en que cada vez es más difícil encontrar hombres que siquiera se le acerquen en saber y genio, pues vano es esperar que lo alcancen o superen.

Una biografía televisada de su vida daba a conocer que lo llamaban «el lector» porque leía todo texto escrito que se topara con sus manos. Lo que dice Marías sobre él da una idea precisa de su voracidad lectora: «ha poseído todo el saber de su tiempo, y donde ha puesto la mano ha dejado la huella única de su genialidad» (2007: 57).

Jacob Burckhart menciona, en la Historia de la Cultura Griega II, que era famosa la biblioteca de Aristóteles por reunir el «conocimiento de lo alcanzado por sus precursores en todos los terrenos, de los sofistas y filósofos como de los poetas», y, según Estrabón, estaría entre las primeras que se instaló (2005: 375 y 376).

Jostein Gaarder precisa una diferencia entre Platón y Aristóteles en El mundo de Sofía que puede ayudar a entender por qué en varios aspectos el discípulo logró superar al maestro (lo que no quiere decir que no cometiera equivocaciones en algunas de sus reflexiones): mientras Platón solo usaba su inteligencia, Aristóteles usaba además sus sentidos.

Otra diferencia entre ellos, también mencionada por Gaarder, se relacionaba con la forma en que escribían: los escritos de Platón son los de «un poeta, un creador de mitos; los […] de Aristóteles [en cambio] son áridos y minuciosos como una enciclopedia. No obstante, se nota en mucho de lo que escribe que él se basa en su estudio de la naturaleza» (1997: 128).

Lo último se debía a que Aristóteles era «hijo de un reconocido médico y, por consiguiente científico». A ello se debería también su preocupación por «la naturaleza viva» que lo llevó a ser no solo «el último gran filósofo griego; [sino] también […] el primer gran biólogo de Europa» (1997: 127).

Pero el valor del conocimiento cuasi omnisciente del sabio griego radica en que no era un mero recopilador de conocimientos, como lo sería un erudito, sino que era capaz de procesar, sopesar, valorar y cuestionar el bagaje acumulado empleando su inteligencia y sentidos, además de crear conocimiento nuevo a partir de ello de un rango y peso sin parangón.

Marías describe mejor la dimensión universal del pensamiento aristotélico  (capaz de hacer avanzar no una, sino varias ciencias al mismo tiempo) en las siguientes líneas:

Con Aristóteles, la filosofía griega llega a su plena y entera madurez; hasta tal punto, que desde entonces empezará su decadencia, y no volverá a alcanzar una altura semejante; ni siquiera es capaz Grecia de conservar la metafísica aristotélica, sino que le falta la comprensión para los problemas filosóficos en la dimensión profunda en que los había planteado Aristóteles, y el pensamiento helénico se trivializa en manos de las escuelas de moralistas que llenan las ciudades helénicas y luego las del imperio romano.

Aristóteles es —con Platón— la figura más grande de la filosofía griega, y aun tal vez de toda. Ha determinado en mayor medida que ningún otro pensador los caminos que después de él había de recorrer la filosofía. Ha sido el descubridor de un hondo estrato de las cuestiones metafísicas; el forjador de muchos de los más importantes conceptos que el intelecto humano maneja desde hace largos siglos para pensar el ser de las cosas; el creador de la lógica como disciplina que se mantiene casi en los límites que le dio Aristóteles, salvo dos o tres intentos geniales a lo largo de toda la historia de la filosofía… (2007: 57).

La manera cómo Aristóteles entiende la adquisición del conocimiento nos puede dar algunas pistas sobre cómo es que funciona esta mente brillante.  Para el estagirita, existen tres grados o modos del saber: por las sensaciones, por la experiencia y por el arte o la técnica.

1.      Por las sensaciones: «suponen un ínfimo saber» porque no son privativas del hombre, sino que «también los animales las tienen», corresponde a la capacidad de obtener información a través de nuestros sentidos (la vista, el olfato, etc.) (2007: 60).

2.      Por la experiencia (empeiría): es «un conocimiento de familiaridad con las cosas, con cada cosa, de un modo inmediato y concreto, que solo nos da lo individual. Por esto la empeiría no se puede enseñar; solo se puede poner a otro en condiciones de adquirir esa misma experiencia» (2007: 60).

3.      Por el arte o la técnica (thékne): «es un saber hacer. El theknítes, el perito o técnico, es el hombre que sabe hacer las cosas, sabe qué medios se han de emplear para alcanzar los fines deseados. Pero el arte no nos da lo individual, sino un cierto universal, una idea de las cosas; por esto se puede enseñar, porque de lo universal se puede hablar, mientras que lo individual solo puede verse o mostrarse. Es superior, pues, la tékhne a la empeiría…» (2007: 60).

«Esta tékhne nos da el qué de las cosas, y aun su porqué; pero solo conocemos algo plenamente cuando lo sabemos en sus causas y en sus principios primeros» (2007: 60 y 61).

Para Aristóteles, entonces, según Julián Marías, la técnica es superior a la experiencia, aun cuando la segunda también sea necesaria. Pero no solo eso, la verdadera sabiduría se manifiesta en aquel que es capaz de conocer algo en sus causas y principios primeros; esto es, lo que las cosas son y por qué son; y que, al mismo tiempo, posee la intuición y la episteme, entendida esta última como la ciencia, el saber demostrativo.

La manera de leer del filósofo griego, pues, es la del theknítes, de aquel que «sabe hacer las cosas» y «sabe qué medios se han de emplear para alcanzar los fines deseados» (2007: 60); es decir, la del que ha desarrollado en su más alto grado el arte de leer.

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Nota: El dibujo de Aristóteles, elaborado por Pablo Morales de los Ríos, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/dCqlQ3



Bibliografía

BURCKHARDT, Jacob. Historia de la cultura griega II. Barcelona: RBA Coleccionables, 2005.
GAARDER, Jostein. El mundo de Sofía. Novela sobre la historia de la filosofía. México: Editorial Patria, 1997.
MARÍAS, Julián. Historia de la filosofía. 29 ed. Madrid: Revista de Occidente, 2007.



domingo, 14 de junio de 2015

CÓMO LEÍA DESCARTES


En la Primera Parte del Discurso del método, René Descartes refiere que ideó un método con el cual podía aumentar gradualmente sus conocimientos y elevarse al más alto punto a que la medianía de su espíritu y la breve duración de su vida le permitían alcanzar (1980: 20).

Y se propone describir de qué manera ha dirigido su razón a través de ese método. Tal intención le da oportunidad al filósofo francés para que se explaye sobre su relación con los libros, la lectura y el estudio en tres etapas de su vida claramente diferenciadas.

La primera etapa está relacionada con «los libros» y es descrita en estos términos:

… estaba yo en una de las escuelas más célebres de Europa en la que se suponía que existían sabios, si es que los había en alguna parte de la tierra. Había aprendido todo cuanto los otros aprendían, y no contentándome con las ciencias que me enseñaban, había estudiado todos los libros que estuvieron a mi alcance concernientes a lo que es tenido por más curioso y más raro […]

No dejé, sin embargo, de estimar los ejercicios que se hacen en las escuelas. Sabía que las lenguas que allí se aprenden son necesarias para entender los libros antiguos; que la gallardía de las fábulas despiertan el espíritu; que las memorables acciones de la historia lo elevan, y, leídos con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de los buenos libros es como una conversación con los mejores autores del pasado, incluso una conversación estudiada en que sólo nos descubren sus mejores pensamientos […] (1980: 22).

La segunda etapa está relacionada con «el libro del mundo» y empieza de este modo:

Por eso, inmediatamente que la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores abandoné por completo el estudio de las letras, y decidido a no buscar otra ciencia sino la que pudiera hallar por mí mismo, y en el gran libro del mundo, emplee el resto de mi vida en viajar, en ver cortes y ejércitos, en tratar gentes de diversos caracteres y condiciones, en recoger variadas experiencias y en probarme yo mismo en los encuentros que la fortuna me deparaba, y en reflexionar siempre sobre todas las cosas, de tal modo que me fueran de algún provecho. Me parecía poder encontrar más verdad en los razonamientos que cada cual hace respecto a los asuntos que le importan, y cuyo éxito ha de castigarle pronto si él se equivoca, que en los formulados por un hombre de letras en su gabinete, concernientes a especulaciones que no producen ningún efecto ni acarrean otra consecuencia sino quizá envanecerle más cuanto más alejados estén del sentido común, en razón a que habrá necesitado emplear tanto más ingenio y artificio en tratar de hacerlas verosímiles, y yo tenía siempre un extremado deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y caminar seguramente en la vida (1974: 26).

Finalmente, la tercera etapa se relaciona con estudiar en sí mismo y es descrita como sigue:

Después de haber empleado varios años en estudiar así el libro del mundo y en tratar de adquirir alguna experiencia, tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo y emplear todas las fuerzas de mi espíritu en escoger los caminos que debía seguir, lo que me dio mejor resultado, a mi juicio, que si no me hubiera alejado nunca de mi país ni de mis libros (1974: 27).

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Nota: La caricatura de Descartes creada por Vladymyr Lukash, al inicio de esta entrada, ha sido tomada de la siguiente dirección electrónica: https://www.behance.net/gallery/Historical-personalities-01/4841775



Bibliografía

DESCARTES, René. Discurso del método. Seguido de El método, Los principios de la filosofía, La metafísica, La ciencia, La moral. Madrid: EDAF, Ediciones Distribuciones, 1974.


miércoles, 29 de abril de 2015

LECTURA Y EXPRESIÓN ORAL


Los especialistas en lectura, escritura y expresión oral concuerdan en que estas tres habilidades se desarrollan mutuamente (véase al respecto los libros de Cassany, Condemarín y Medina citados en la bibliografía).

Coinciden también en el hecho de que la escritura es la que ayuda a desarrollar con mayor profundidad los procesos cognitivos del hombre, y, finalmente, en que a la lectura le toca el papel, entre otros, de enriquecer y proveer de elementos de referencia tanto a la escritura como a la expresión oral, dotando a ambas habilidades, además, del poder de creación.

Como hay un acuerdo de los entendidos en esos asuntos, sería redundante añadirle argumentos. Por tal razón, me limito aquí a mostrar un ejemplo de cómo la lectura enriquece a la expresión oral vista en su grado más alto, esto es, en la oratoria.

Uno de los mejores discursos de todos los tiempos pertenece a Abraham Lincoln,  fue pronunciado el 19 de noviembre de 1863, en Gettisburg, cuando era presidente de los Estados Unidos; constaba de 266 palabras y siete oraciones (en su versión original en inglés), y fueron hilvanadas, en su forma oral, en  menos de dos minutos.

Para contextualizar dicho discurso en el momento histórico en el que surgió y poder entenderlo más fácilmente, es necesario incluir algunos datos. La batalla de Gettisburg ocurrió del 1 al 3 de julio de 1863, en medio de una guerra civil entre las fuerzas del norte y las fuerzas del sur de esa gran nación. Y marcó el inicio de la retirada de los sureños, causando en esos tres días más de 50.000 muertos, heridos y desaparecidos.

El ejército de los confederados se replegó frente al ejército de la Unión. «Era el fin de la invasión de los estados del Norte por las tropas del Sur y la victoria de los que defendían la idea de Estados Unidos, encabezados por el presidente Lincoln» (véase: http://goo.gl/dFTY4X).  Con ello se allanó el camino para el fin de la Guerra Civil, lo que ocurriría dos años más tarde.

El discurso de Lincoln en Gettisburg, según lo indica Dale Carnegie en su libro Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios, «ha sido fundido en bronce […] y colocado en una biblioteca de Oxford, como muestra de lo que se puede hacer con el lenguaje». Por ser breve, cito el texto completo a continuación:

Ochenta y siete años ha nuestros padres dieron a luz en esta tierra una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados en igualdad. Hoy estamos comprometidos en una gran guerra civil, probando si nuestra nación, o si cualquier nación así concebida y a tal fin dedicada, puede subsistir por largo tiempo. Nos hemos reunido en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una porción de ese campo como postrer lugar de descanso para quienes dieron aquí sus vidas a fin de que la nación viviera. Es de todo punto adecuado y correcto que hiciéramos esto. Pero, en más amplio sentido, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar esta tierra. Los esforzados hombres que aquí bregaron la han consagrado ya muy por encima de nuestra pobre facultad de agregar o sustraer. Poco reparará el mundo, ni recordará por largo tiempo, cuanto decimos nosotros aquí. Es deber de nosotros, los vivos, dedicarnos al inconcluso trabajo  que aquellos que aquí lucharon tan hidalgamente así han adelantado. Es nuestro deber estarnos dedicando aquí a la enorme tarea que queda frente a nosotros, porque tomemos de estos muertos honrados creciente devoción a la causa por la que ellos hicieron el postrero y máximo esfuerzo de su devoción; porque resolvamos solemnemente que estos muertos no han dado su vida en vano; porque esta nación, protegida de Dios, tenga nuevo nacimiento de libertad; y porque el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no perezca en la tierra (1966: 371 y 372).

Dale Carnegie hace el siguiente comentario a propósito del discurso citado:

Se cree comúnmente que Lincoln inventó la frase inmortal con que concluyó su discurso. ¿La inventó, realmente? Su socio le había dado, algunos años antes, un ejemplar de la antología de discursos de Theodore Parker. Lincoln leyó y subrayó en este libro las siguientes palabras:«La democracia es el autogobierno directo, sobre todo el pueblo, por todo el pueblo  y para todo el pueblo». Theodore Parker quizá haya sacado este pensamiento de Webster, quien dijo cuatro años antes: «El gobierno del pueblo, constituido por el pueblo y responsable ante el pueblo». Y Webster quizá se inspiró en una frase de James Monroe, expresada treinta años antes. ¿Y de dónde la sacó Monroe? Quinientos años antes de nacido Monroe, Wyclif, en el prefacio de su traducción de las escrituras, escribió que «esta Biblia es para el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Y mucho antes de la época de Wyclif, más de cuatrocientos años antes de Jesucristo, Cleón, en un discurso pronunciado en Atenas, habló de un gobierno «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»… (1966: 372).  
   
Suscribo lo que Carnegie reflexiona luego:

¡Cuán pocas son las cosas realmente nuevas! ¡Cuánto deben los oradores, aun los más preclaros, a sus lecturas y a su frecuentación de los libros!

¡Libros! He ahí el secreto. Quien quiera enriquecer y acrecentar su vocabulario debe empapar y teñir constantemente su espíritu en las tintas de la literatura (1966: 372).

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Nota: La imagen, al inicio de esta entrada, es una copia escaneada de la que aparece en la biografía Abraham Lincoln (Buenos Aires: Hyspamerica Ediciones Argentina, 1984), de Isaac Montero, p. 5.



Bibliografía


CARNEGIE, Dale. Como hablar en público e influir en los hombres de negocios. Buenos Aires: Ediciones Cosmos, 1966.

CASSANY, Daniel. Construir la escritura. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1999.

CONDEMARÍN, Mabel; MEDINA, Alejandra. Taller de lenguaje II: Un programa integrado de desarrollo de las competencias lingüísticas y comunicativas de los alumnos de segundo ciclo básico. Chile: Dolmen Ediciones, 1999.


TERRA. «EE. UU. Conmemoró los 150 años del famoso discurso de Lincoln en Gettisburg». Noticias Terra, 19 de noviembre del 2013. Consultado el 30 de abril del 2015 en http://goo.gl/dFTY4X

domingo, 8 de marzo de 2015

SOBRE LA INTELIGIBILIDAD DE LOS CLÁSICOS II



No siempre la calidad de un poeta es debidamente valorada en su momento, a veces ocurre incluso que la labor del artista es ignorada, despreciada o soslayada deliberadamente de ser incluida en el círculo privilegiado de los escritores consagrados.

Mucho de eso le ocurrió a un poeta peruano provinciano, con el agravante de que hubo un sector de la población en la tierra que lo vio nacer que lo hostilizó injustamente a él y a su grupo, y hasta lo difamaron con calumnias que lo llevaron a ser encerrado en la cárcel por varios meses. Su nombre era César Vallejo.

Antenor Orrego, en su libro Mi encuentro con Vallejo, explica al respecto que tal hostilidad hacia el poeta y sus amigos podría deberse a «su espíritu independiente», que «no se sometía a las insólitas y consuetudinarias rutinas del ambiente» (1989: 54), aunque también menciona otras explicaciones posibles que pueden encontrarlas en la fuente referida, y que me inhibo de señalarlas para no alargar mucho esta entrada.

El filósofo peruano cuenta luego lo siguiente:

Lo cierto es que se acrecentó, por entonces, el número de detractores contra Vallejo y sus amigos. Pronto, desde el anonimato, el denuesto saltó a las columnas de los periódicos y hasta a los volantes y pasquines callejeros. El foco de incitación residía en el estudio de un abogado que, a la vez, era catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad, y que en su juventud había tenido algunas frustradas aspiraciones literarias. En torno a él se agruparon otras gentes de la «vieja guardia». El mencionado estudio fue bautizado graciosamente por el travieso donaire de los estudiantes con el mote de «El Mentidero Público» (1989: 54).

Lo referido viene a propósito del motivo de esta entrada: la incomprensión de los clásicos. Y Vallejo es un clásico no solo de la literatura peruana, sino también de la universal. La inadecuada digestión de la obra poética de Vallejo llegó con Clemente Palma (el hijo del ilustre tradicionista peruano Ricardo Palma) a extremos que lindaban en su apreciación con el insulto y el ataque más despiadado y cruel.

La escena no pudo ser mejor descrita por Orrego, de allí que me limite a reproducirla en esta ocasión advirtiendo, eso sí, que la crítica de Clemente Palma a Vallejo es un buen ejemplo de cómo no se debe escribir la apreciación de una obra.

El uso de un lenguaje agresivo y violento es considerado hoy en día como innecesario, inapropiado, estéril e incluso nocivo, ya que no encaja con el ideal al que aspira toda crítica constructiva. Incluso refleja inmadurez intelectual de parte del emisor.

Hecha esta necesaria aclaración, pasemos ahora a ver la anécdota narrada por Orrego:

 Con el objeto de reforzar su campaña de dicterios contra la poesía de Vallejo, uno de los miembros conspicuos de «El Mentidero» tomó unos versos publicados en La Reforma y los envió a la revista Variedades de Lima firmados con las tres iniciales C.A.V., que correspondían a los dos nombres y apellidos del poeta. No se dejó esperar mucho la nota de Clemente Palma en la papelera de desechos que era la sección denominada «Correo Franco». Se produjo lo que buscaban sus detractores: una estólida chocarrería, habitual en el «gracejo» criollo y plebeyo de Palma. Vale la pena insertar íntegramente este peregrino documento como testimonio del nivel mental que campeaba entonces en cierto sector de la intelectualidad limeña. Huelga advertir que, por esa época, el director de Variedades fungía de Pontífice Infalible en los menesteres de la crítica literaria. Hacía y deshacía reputaciones, como se dice, de un plumazo.

El documento decía así:

Señor C.A.V. —Trujillo—. También es usted de los que vienen con la tonada de que aquí estimulamos a todos los que tocan de afición la gaita lírica, o sea a los jóvenes a quienes les da el naipe por escribir tonterías poéticas más o menos desafinadas o cursis. Y la tal tonada le da margen para no poner en duda que hemos de publicar su adefesio. Nos remite usted un soneto titulado El poeta a su amada, que en verdad lo acredita a usted para el acordeón o la ocarina más que para la poesía.

Amada: en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mis besos.
Amada: y tú me has dicho que Jesús ha llorado
y que hay un viernes santo más dulce que mis besos.

 ¿qué diablos llama usted los maderos curvados de sus besos? ¿Cómo hay que entender eso de la crucifixión? ¿Qué tiene que hacer Jesús con esas burradas más o menos infectas?

… Hasta el momento de largar al canasto su mamarracho, no tenemos de usted otra idea sino la de deshonra de la colectividad trujillana, y de que si se descubriera su nombre el vecindario le echaría lazo y lo amarraría en calidad de durmiente en la línea del ferrocarril de Malabrigo (1989: 56 y 57).

El comentario de Orrego acerca de la apreciación negativa que hace Clemente Palma sobre la poesía de Vallejo es lapidario y me exime de cualquier añadido:

Las palabras de Palma se esgrimieron como bandera de victoria por los detractores del poeta. Se las comentó en todas las formas. Se las reprodujo en volantes… Los versos de Vallejo quedaban, según ellos, liquidados definitivamente como poesía. ¡Qué lejos estuvo Palma de pensar que las únicas palabras de «Correo Franco» que iban a pasar a la posteridad, venciendo su anónimo y natural destino, casi con el rango de inmortales, eran precisamente éstas, bajo la égida del poeta, con las que le había descalificado y ultrajado. ¡Ironías inesperadas y afiladas de sarcasmo que improvisa, a veces, el hado arbitrario y travieso de la vida!... (1989: 57).

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Nota: La caricatura de Carlín sobre Vallejo, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://goo.gl/xkqxfr



Bibliografía


ORREGO, Antenor. Mi encuentro con César Vallejo. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989

martes, 27 de enero de 2015

SOBRE LA INTELIGIBILIDAD DE LOS CLÁSICOS I


Los grandes clásicos de la literatura traen consigo, con frecuencia, los inconvenientes de su adecuada comprensión. El caso que pasaremos a contar resulta emblemático sobre lo antedicho.  

En La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary», Mario Vargas Llosa escribe sobre cómo Gustave Flaubert fue incomprendido y atacado por la crítica de su tiempo, corriente a la que muy pocos dejaron de plegarse. La siguiente generación lo reivindicó, pero «luego la literatura francesa menospreció a Flaubert», y esto duró «hasta la década del cincuenta» (1975: 48).

Pero hay más:

Los existencialistas —nos refiere Vargas Llosa—, convencidos de que la literatura es una forma de acción y de que el escritor debe participar con todas sus armas, empezando por la pluma, en el combate de su tiempo, difícilmente podían tolerar su fanatismo de la forma, su aislamiento desdeñoso, su artepurismo, su desprecio de la política. Olvidando que lo esencial de Flaubert es la obra y no sus humores y opiniones personales, extendieron hacia las novelas el desagrado que les producía ese ermitaño de Croisset que batallaba contra las palabras mientras se venía el mundo abajo. Esta actitud encuentra su expresión más airada en las frases contra Flaubert de Sartre, en [su ensayo] Situations, II… (ibid.).

Y a este último punto es al que quería llegar: «En la década del sesenta, la valoración de Flaubert en Francia cambió radicalmente; el menosprecio y olvido se convirtieron en rescate, elogio, moda» (ibid.). Sartre, detractor del novelista francés, cambiaría, a su vez,  su postura. Él comenzó a «hacer algo que puede considerarse una laboriosa y monumental autocrítica» (1975: 53).

En esto «había un considerable giro, un tránsito del desprecio hacia el respeto, una voluntad de comprensión muy distinta del úkase inicial. Ese proceso ha culminado en los tres volúmenes de L’Idiot de la famille [El idiota de la familia]» (1975: 54). Un estudio sobre Flaubert que «congeniando a Marx, Freud y el existencialismo atendiera totalizadoramente a los aspectos sociales e individuales de la creación» (1975: 53 y 54).

El proyecto del filósofo francés, sin embargo, quedará inconcluso, pues este

… de pronto descubre que el trabajo emprendido ha tomado tales proporciones que ya no tendrá tiempo —ni, sin duda, ganas— de llevar a término la empresa. El resultado es un bebé monstruo…, un producto frustrado y genial. Eso se llama, desde luego, caer con todos los honores, ser derrotado por exceso de audacia: sólo ruedan hondo los que han trepado alto (1975: 58).

Como explica Vargas Llosa, algo similar le pasó al mismo Flaubert con su novela Bouvard et Pécuchet, por eso infiere:

La idea de representar en una novela la totalidad de lo humano […] era una utopía semejante a la de atrapar en un ensayo la totalidad de una vida, explicar a un hombre reconstruyendo todas las fuentes […] de su historia, todos los afluentes de su personalidad visible y secreta. En los dos casos el autor intentaba desenredar una madeja que tiene principio, no fin (1975: 59).

El escritor peruano se muestra, no obstante, comprensivo y acertado cuando dice:

Pero es evidente que en ambos casos en el defecto está el mérito, que la derrota constituye una suerte de victoria, que en ambos casos la comprobación del fracaso sólo cabe a partir del reconocimiento de la grandeza que explica y que hizo inevitable ese fracaso (ibid.).

El cambio que experimentó la apreciación de Sartre sobre Flaubert se puede sintetizar en esta frase:

El más irreductible de sus críticos, el enemigo más resuelto de lo que representó Flaubert como actitud ante la historia y el arte, dedica veinte años de su vida y tres millares de páginas a estudiar su “caso” y reconoce que el hombre de Croisset fundó, junto con Baudelaire, la sensibilidad moderna (1975: 54).

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Nota: La imagen, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://goo.gl/6NS1iS



Bibliografía

VARGAS LLOSA, Mario. La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary». Barcelona, Editorial Seix Barral, 1975.