martes, 30 de enero de 2018

NARRACIÓN ORAL Y NARRACIÓN ESCRITA I


Este es otro artículo que recupero para mi blog de mi paso por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (la primera fue «La noción de individuo en una novela de Milan Kundera» del 28/06/2009, ver: https://goo.gl/btkN4M).

El presente trabajo surge a raíz de un comentario de Umberto Eco acerca de la novela popular que aparece en el primer capítulo titulado «Las lágrimas del corsario negro» de su libro El superhombre de masas:
A partir de ahí la novela popular pondría en movimiento numerosos artificios que ya han dado lugar a un inventario y que podrían dar lugar a todo un sistema. Este tipo de novela constituye una combinatoria de lugares comunes articulados entre sí conforme a una tradición que tiene mucho de ancestral (recuérdense las enseñanzas de Propp) y de específico… (1995: 18).
 En tal fragmento se vincula uno de los artificios empleados por la novela popular escrita con la narrativa popular transmitida oralmente. Es decir, para Eco, los «lugares comunes» que halla en la novela popular responden a una tradición establecida precisamente por la narrativa popular oral.
Lo que intentaremos a continuación es demostrar que si bien ambos tipos de discurso pueden emplear con frecuencia los mismos artificios, estos cumplen una función distinta en sus respectivos ámbitos. Y esto se debería a una razón fundamental: mientras la novela popular de la que habla Eco pertenece a una tradición escrita; la narrativa popular estudiada por Vladimir Propp pertenece a una tradición oral.
Son estas distintas tradiciones las que estarían determinando, pues, los cambios de función de los «recursos», tanto en uno como en otro tipo de discurso.
Habría que decir entonces (y en este punto me apoyo en Walter Ong) que tanto la oralidad como la escritura establecen formas de pensamiento distinto: no piensa igual un hombre perteneciente a una cultura oral que otro perteneciente a la cultura escrita. Veamos una pequeña muestra de lo sostenido por Walter Ong para tener una mejor idea de lo referido:
En The Greek Concept of Justice: From Its Shadow in Homer to Its Substance in Plato (1978a), Havelock analiza el movimiento que la obra de Platón llevó a su culminación. Nada de la concentración analítica de Platón sobre un concepto abstracto de la justicia puede hallarse en ninguna de las culturas meramente orales en que se conocen… (1993: 106).
Y si las formas de pensamiento de ambas difieren, obviamente también diferirán sus expectativas respecto a los productos culturales que cada una de ellas elaboren. Para los fines de esta indagación, sería recomendable entonces empezar por conocer el fin que persigue (en términos generales) tanto la novela popular escrita como la narración popular oral.
Según Walter Ong, «las culturas orales… utilizan historias de acción humana para guardar, organizar y comunicar mucho de lo que saben». Este tipo de producción entonces… «es capaz de reunir una gran cantidad de conocimientos populares en manifestaciones relativamente sustanciales y extensas que resultan razonablemente perdurables» (1993: 138).
Queda claro entonces que la narrativa popular oral se emplea como almacén de saberes acumulados por una determinada cultura para asegurar su conservación, ese sería entonces su fin.
La novela popular escrita, en cambio, persigue un fin «único» y distinto, el cual consiste en «proporcionar al lector el placer regresivo de la vuelta a lo esperado». Es decir, se busca principalmente el «placer» del lector a través de la vuelta a «lo ya conocido» (Eco 1995: 18).
Se trata, como podemos comprobar, de dos fines distintos para cada uno de estos dos discursos provenientes de dos tradiciones diferenciadas. Estos fines, a su vez, están condicionados de alguna manera por la naturaleza misma de los modos de transmisión que cada uno de ellos emplean.
La narrativa popular oral se difunde por medio de la voz de un narrador. Este, al estar inserto en una tradición, no hace más que recordar lo que ya escuchó (salvo improvisaciones esporádicas para cubrir alguna laguna de la memoria), de allí que su historia esté sujeta a las posibles limitaciones del narrador oral en su capacidad para evocar el pasado. El recuerdo siempre se ubica en un tiempo pasado, de allí que todo producto oral, al ser difundido, se convierte en una rememoración, y la rememoración fomenta el recuerdo, la perduración.
La novela popular se difunde, en cambio, por medio de la imprenta, más precisamente por «la prensa popular fundada por Girardin».  Puesto que a lo que llama Eco «novela popular», «nace y se afirma en Francia cuando Émile de Girardin funda en 1833  Le musée des familles». Aunque también precisa lo siguiente al respecto:
Claro que podríamos hablar de novela popular a propósito de una rama narrativa anglosajona más antigua, aquella que desde la Clarisa de Richardson o las novelas de Fielding o Defoe, pasando por las obras maestras de la gothic novel llega hasta Dickens. Supone, en efecto, la aparición de una narrativa para la burguesía, influenciada entre otros motivos por el hecho de que las mujeres empiezan a convertirse en compradoras de la mercancía novelesca.
Pero lo que caracteriza a la novela popular francesa de la época a la que nos referimos son varios factores concomitantes: la prensa popular fundada por Girardin llega incluso a los estratos más humildes de la población y, como es bien sabido, durante el tiempo en que fueron apareciendo por entregas Los misterios de París hasta los analfabetos se daban cita en las porterías para que les leyeran los sucesivos episodios. Estamos ante el nacimiento de un nuevo público, al cual y sobre el cual habla la narrativa popular. La plebe, las clases subalternas, empiezan a convertirse en objeto del relato… (1995: 88).
Al ser la prensa una industria comercial, introduce a la novela popular dentro de su circuito, de allí que esta tenga necesidad de hablar «del pueblo para poder vender al pueblo» (Eco 1995: 88). 
Habiendo, pues, señalado algunos apuntes esenciales respecto a la diferencia que entraña el rumbo de cada uno de estos discursos, podemos recién pasar a revisar (en la siguiente entrada) algunos «recursos» que emplean cada uno de ellos, señalando la función distinta que cumplen dentro de cada tradición (la oral y la escrita).
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Nota: La foto de Umberto Eco, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/TrcNqM


Bibliografía

ECO, Umberto. El superhombre de masas. Barcelona, España: Editorial Lumen, 1995.
ONG, Walter. Oralidad y escritura. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica (Argentina), 1993.
PROPP, Vladimir. Morfología del cuento. Madrid, España: Editorial Fundamentos, 1971.  
ROMÁN ENCINAS, Marco Antonio. «La noción de individuo en una novela de Kundera». En blog El Arte de Leer, 28 de junio del 2009. Consultado el 29 de enero del 2018 en https://goo.gl/btkN4M


sábado, 30 de diciembre de 2017

DIEZ RECURSOS PARA ANOTAR UN LIBRO



El modo en que interactuamos con un impreso va a determinar el grado de retención que tengamos de su contenido. Un lector que respete demasiado un libro y no quiera subrayarlo o hacer anotaciones en él tendrá menos posibilidades de recordar su contenido que alguien que sí haga eso y más de manera sistemática y organizada.
Antoine Albalat, en El arte de escribir y la formación del estilo, va más lejos aún al hacer esta afirmación producto de su experiencia personal: «Leer sin tomar notas es como si no se hubiese leído» (1986: 25).
En un artículo de Letras Libres, Cristian Vásquez rememoraba una anécdota ilustrativa al respecto ocurrida con una profesora también argentina:
… Pero no puedo evitar volver una y otra vez al recuerdo de una profesora de la universidad que, cuando se enteró de que un alumno leía sin subrayar, le preguntó: «Y cuando pasa el tiempo, ¿cómo hacés para encontrar algo? ¿Lo volvés a leer entero?». Quizás a esas edades uno cree que lo [que] lee lo recordará por siempre. Esa frase, en todo caso, marcó un momento clave en la historia de mi aprendizaje del subrayado de libros (véase: https://goo.gl/v5hGUh).
Hay que tener en cuenta que al solo leer empleamos únicamente el sentido de la vista; pero al leer y hacer anotaciones empleamos dos sentidos: la vista y el tacto. Al respecto, las investigaciones señalan que mientras más sentidos estén involucrados en nuestro aprendizaje, más posibilidades tenemos de retener en nuestra memoria la información recogida.
Es por esa razón que en esta entrada les ofrezco los «diez recursos fructíferos para anotar un libro» propuestos por Silvia Adela Kohan en su libro Disfrutar de la lectura, y que son los siguientes:
  • Escribir en los márgenes las preguntas que le hacemos al texto
  • Subrayar con una línea continua las frases o las expresiones que consideramos interesantes.
  • Subrayar con una línea ondulada las frases o expresiones que consideramos poco interesantes.
  • Rodear con un círculo las palabras clave.
  • Trazar líneas verticales en el margen, para indicar ideas que nos resulten motivadoras o útiles, o cuando un párrafo es demasiado largo para ser subrayado.
  • Dibujar símbolos específicos —como un ojo— para destacar algo que representa una advertencia, una llamada de atención, un descubrimiento para nosotros mismos.  
  • Asteriscos al margen: para destacar los argumentos o párrafos más importantes del libro. También se puede doblar la punta de la página o colocar una tira de papel entre las páginas. En cualquiera de estos casos, se podrá sacar el libro de la estantería y, al abrirlo por la página señalada, refrescar la memoria.
  • Numerar (con números en el margen) las secuencias de ideas que establezcamos, estén o no presentadas en ese orden por el autor.
  • Numeración de otras páginas en el margen: para indicar donde señala los mismos puntos el autor, u otros puntos referidos a los ya señalados o contrarios a éstos, con el fin de unir las ideas del libro que, aunque estén separadas por muchas páginas, pertenecen al mismo grupo. Muchos lectores emplean las letras «cf», que significan «compárese» o «referido a», para indicar el número de las otras páginas.
  •  Escribir en el margen o los márgenes las respuestas no explicitadas que deducimos o las controversias que nos provocan ciertas frases o ideas del libro (1999: 94 y 95). 
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Nota: La foto, al inicio de esta entrada, fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.


Bibliografía

ADELA KOHAN, Silvia. Disfrutar de la lectura. Barcelona, España: Plaza y Janes, 1999.
ALBALAT, Antoine. El arte de escribir y la formación del estilo. Lima: Librería, Importadora, Editora y Distribuidora Lima, 1986.
GAMERO, Alejandro. «Por qué sí deberías escribir en los libros que lees». En La Piedra de Sísifo. Gabinete de curiosidades, 7 de julio del 2015. Consultado el 30 de diciembre del 2017 en https://goo.gl/v5hGUh
ORDÓÑEZ CHILLARÓN, Esteban. «Subrayar libros, un sacrilegio necesario». En Yorokobu, 7 de febrero del 2017. Consultado el 30 de diciembre del 2017 en
VÁSQUEZ, Cristian. «Del arte de subrayar libros». En Letras Libres, 14 de abril del 2015. Consultado el 30 de diciembre del 2017 en https://goo.gl/RfRNKP

jueves, 30 de noviembre de 2017

EL INVENTOR DEL ORDEN ALFABÉTICO


En el libro La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, de Santiago Posteguillo, se señala lo siguiente:
… A mediados del siglo III a. C. […], Tolomeo I [un general de Alejandro Magno] funda un nuevo edificio en Alejandría más allá de los intereses militares: una biblioteca. No tuvo tiempo de más […]. Su hijo Tolomeo II le sucede en el trono [… y] continúa con la consolidación de la biblioteca  (2012: 14). 
Tolomeo II también construye «en la isla de Faros una gran torre con fuego en lo alto que servirá de guía a los barcos» que llegan al puerto de la urbe con cargamentos de todo tipo de «mercancías venidas desde todas las esquinas del Mediterráneo».
Ello incluía, por supuesto, «los cestos enormes repletos de rollos de papiro con volúmenes de todo tipo: obras de teatro, poemas épicos, tratados de filosofía, medicina, matemáticas, retórica y cualquier rama del saber de la época».
Se buscaba con ello
… recopilar todo el conocimiento para constituir la mayor y mejor biblioteca del mundo, pero llegó un momento en que todos los funcionarios del nuevo edificio se vieron desbordados por la enorme cantidad de rollos que tenían y así se lo comunicaron a su rey. Fue entonces cuando Tolomeo II llamó a Zenodoto» (2012: 14). 
El gramático griego
… llevaba meses centrado en la recopilación de los viejos poemas de un tal Homero, un autor antiguo difícil de entender que empleaba palabras viejas olvidadas por todos, hasta el punto de que había ocupado las últimas semanas en escribir un detallado glosario que recopilara todos aquellos términos (2012: 15).
Cuando Zenodoto visitó la biblioteca, encontró lo siguiente:
… centenares de trabajadores llevaban miles de cestos repletos de rollos de papiro de un lugar a otro, distribuyéndolos según podían por las inmensas salas de aquella gigantesca obra. Había centenares de miles de rollos de papiro, quizás más de un millón. Incontables, inabarcables. Zenodoto comprendió al rey faraón. No había encontrado a nadie que ni tan siquiera pudiera haber intuido cómo ordenar todo aquello. Y ordenarlo era clave, pues una biblioteca no valía nada por el mero hecho de acumular centenares de miles de rollos si nadie era capaz de encontrar uno cuando alguien quisiera consultarlo… (2012: 15).
Entonces, Zenodoto recordó «su glosario de palabras antiguas de Homero: eran tantos los términos arcaicos que usaba aquel poeta que los había ordenado por grupos, los que empezaban por A todos juntos, luego los que empezaban por B y así sucesivamente» (2012: 16).
De este modo, según lo cuenta Posteguillo, un trabajo previo relacionado con la obra de Homero le sirvió de inspiración al estudioso griego para decidir clasificar también los rollos de papiro de la gran Biblioteca de Alejandría de acuerdo con un orden alfabético.
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Nota: El dibujo de la Biblioteca de Alejandría, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/NvCYaJ


Bibliografía

POSTEGUILLO, Santiago. La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros. Barcelona, España: Editorial Planeta, 2012.

martes, 31 de octubre de 2017

LA MEJOR BIBLIOTECA DE AMÉRICA


Aunque suene increíble, en el siglo XVIII, el Perú llegó a tener la mejor biblioteca de América, según lo cuenta Luis Martín en el artículo «La biblioteca del colegio de San Pablo (1568-1767), antecedente de la Biblioteca Nacional», que forma parte del libro La Biblioteca Nacional: aportes para su historia.
Los hechos ocurrieron así:
El origen de la Biblioteca de San Pablo se remonta a abril de 1568, cuando el P. Gerónimo de Portillo y los primeros jesuitas llegaron a Lima. Antes de salir de Sevilla, Portillo gastó más de doscientos ducados en libros para el futuro San Pablo, y casi podría decirse que la biblioteca existió antes del Colegio. Una vez adquirido el terreno para edificar el Colegio, en la cuadra ocupada hoy por la Biblioteca Nacional y la Iglesia de San Pedro, uno de los primeros cuidados de Portillo fue edificar una pequeña biblioteca… (s. a.: 26).  
El crecimiento de la Biblioteca de San Pablo se explica en las siguientes líneas:
Desde 1569 todos los jesuitas venidos de Europa, no solo españoles, sino también italianos y alemanes, llegaban a Lima con nuevas aportaciones de libros. El primer Visitador jesuita del Perú, el Doctor Juan de la Plaza, por ejemplo, zarpó de Sevilla rumbo a Lima en octubre de 1574 trayendo libros por valor de quinientos ducados. El interés de Plaza en la incipiente biblioteca de San Pablo se refleja no sólo en la importante contribución de libros hecha por él en 1574, sino en el estudio que hizo de los fondos existentes y de la administración de la biblioteca… (s. a.: 26).  
El devenir de la Biblioteca de San Pablo, por cierto, no estuvo exento de adversidades:
… El 12 de diciembre de 1576 Plaza escribía al General de los Jesuitas en Roma y, entre otras cosas, le daba un informe preciso sobre el estado de la biblioteca. Plaza se queja de que está colocada en un sitio muy húmedo y que la humedad ha comenzado a hacer estragos en algunos de los libros. Más triste aún, Plaza informa al General, el catálogo original ha desaparecido y aún no se ha hecho el nuevo […]. Lo más lamentable para el Visitador fue comprobar que muchos de los libros traídos de Europa habían desaparecido para finales de 1576, quizá sacados de la biblioteca, sin permiso, por lectores sin escrúpulos (s. a.: 26).  
Con el tiempo el material bibliográfico de la Biblioteca de San Pablo se incrementó con las compras que realizaban los religiosos jesuitas:
Desde el período de Plaza se comienza a enriquecer la biblioteca de una manera más sistemática. En 1575 el General de los Jesuitas nombra un Procurador en Sevilla para gestionar los asuntos de los colegios de ultramar. Entre las órdenes dadas al Procurador está la de comprar libros para las bibliotecas que los jesuitas estaban formando en América. El Procurador, según las normas del General, no debería esperar a que le pidan libros, sino que irá comprando todo lo que vaya saliendo, no sólo en España, sino también en otros centros publicitarios de Europa… (s. a.: 26).  
Y también con las donaciones de bibliotecas enteras:
… La riqueza de la biblioteca se vio aumentada notablemente en 1602, cuando Don Francisco Coello, ex-profesor [sic] de la Universidad de Salamanca y Alcalde de Corte en Lima desde 1592, entró en la Compañía de Jesús y donó su biblioteca particular al Colegio de San Pablo. La donada biblioteca contenía una abundante colección de libros de leyes y no pocos de matemáticas y geometría… (s. a.: 27).  
Muchas décadas después, ocurre lo inesperado:
…En la segunda mitad del siglo XVIII la Biblioteca de San Pablo contaba con casi 40.000 volúmenes*, mientras la renombrada Universidad de Harvard, en las colonias inglesas, tenía una biblioteca que no llegaba en aquellos años a los 4.000 volúmenes*… (s. a.: 25).  
El siguiente dato permite dar fe de que esta fue una labor de verdaderos humanistas, bibliófilos y amantes del saber:
…Los libros coleccionados en la gran biblioteca limeña estaban escritos en una verdadera Babel de lenguas antiguas y modernas, en hebreo, griego, latín, árabe, italiano, francés, alemán, catalán, español, y en las más importantes lenguas aborígenes del Nuevo Mundo. La inmensa mayoría de las obras guardadas en la biblioteca de Harvard estaban impresas en latín, y pocas se encontraban en lenguas modernas fuera del inglés (s. a.: 25 y 26).  
Lo señalado ayuda a tener una mejor idea del valor y la importancia de la Biblioteca de San Pablo. Solo un detalle más, según el historiador Juan Orrego, el verdadero nombre de la iglesia, cuando se construyó por los jesuitas, fue el de «Colegio Máximo de San Pablo».
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* Según la página web de la Misión Jesuita Peruana, el número de libros en realidad era de 43.000.    
Nota: La imagen de la iglesia de San Pedro en el siglo XIX, en donde se encontraba antiguamente el Colegio de San Pablo, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/VdBiYQ


Bibliografía

MARTÍN, Luis. «La biblioteca del colegio de San Pablo (1568-1767), antecedente de la Biblioteca Nacional». En La Biblioteca Nacional: aportes para su historia. Lima: Biblioteca Nacional del Perú, s. a. Consultado el 30 de octubre del 2017 en https://goo.gl/SdtHoM
MISIÓN JESUITA PERUANA. «Colegios jesuitas». En página web Misión Jesuita Peruana, s. a. Consultado el 30 de octubre del 2017 en https://goo.gl/SHNNWW
ORREGO PENAGOS, Juan Luis. «Los jesuitas en Lima (1)». En Blog de Juan Luis Orrego Penagos, 2 de noviembre del 2011. Consultado el 30 de octubre del 2017 en https://goo.gl/VdBiYQ

sábado, 16 de septiembre de 2017

COLABORACIÓN PARA LA REVISTA LEF


El 31 de julio del presente año se publicó en la revista Letras en la Frontera (LEF), de  San Antonio, Texas (Estados Unidos), uno de los mejores microrrelatos que he escrito y que lleva por título: «La sabiduría del rey Salomón».

A través de mi cuenta de Twitter (@El_arte_de_leer) recibí muy gentilmente la invitación  el 7 de julio para enviar una colaboración y así lo hice, un 29 de julio. Pasados dos días lo publicaron. Quien desee ver la entrada original, puede consultarla en la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/SFPYWg
Decidí publicarlo en este espacio virtual también porque sigo creyendo lo que sostuve en un artículo anterior  de este blog, del 9 de marzo del 2014: «Los microrrelatos ofrecen una oportunidad extraordinaria de despertar en los más reacios el deseo de leer» (ver:  https://goo.gl/MNCTmT).
Ha sido en su momento una buena noticia para mí el saber que el Consejo Editorial de la revista LEF aprobó y publicó el texto que les envié, el cual transcribo a continuación.

La sabiduría del rey Salomón

En aquel tiempo en que todavía no estaban definidos ni precisados los derechos de autor, vinieron al rey Salomón dos escritores y se presentaron ante él. Y dijo el primero:
—Yo y este hombre habitamos un mismo cuarto; y yo escribí una novela corta sobre el Paititi. Y aconteció que al tercer día de ocurrido ello, este también escribió una novela corta sobre el Paititi. Una noche el libro de este se quemó, y cambió mi novela que estaba en la gaveta de mi escritorio por las cenizas de la suya. Al levantarme, fui en busca de mi libro y solo encontré las cenizas, pero me percaté que no era mi libro, sino el de mi compañero de cuarto.
Entonces, el otro escritor dijo:
—No fue así como ocurrieron los hechos. Hace mucho tiempo que escribí mi novela sobre el Paititi, la tenía guardada en un cofre de madera y la corregía en las tardes; y es la que está intacta y —dirigiendo una mirada torva a su compañero de cuarto— la tuya es la que se ha quemado.
—No, tu novela es la que se ha quemado y la mía es la que está intacta.
Así discutían delante del rey, entonces este los interrumpió:
—Traedme una espada.
Y le trajeron una espada. Enseguida el rey dijo:
—Partid por la mitad la novela sobre el Paititi y dad una mitad al uno y la otra mitad al otro.
Y como ambos escritores habían leído la Biblia, dijeron al unísono:
—Ah, señor, dad a este la novela entera y no la partáis.
Esto desubicó al rey Salomón, lo hizo dudar por un instante y pensó: «Algo no anda bien en esta historia». Entonces, se le ocurrió pedir que le trajeran un vaso de agua porque, según explicó, sentía seca su garganta. Bebió el contenido con parsimonia, y, luego de ingerir el último sorbo que le tomó más tiempo que los anteriores, decidió:
—Bien, como ambos han mostrado un verdadero amor por la novela sobre el Paititi y no se puede saber a quién realmente pertenece, entonces yo me quedo con el libro.

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Nota: El dibujo Salomón escribe los Proverbios, de Gustave Doré, al inicio de esta entrada, fue tomado de la siguiente dirección electrónica: https://goo.gl/hyffb6


Bibliografía

ROMÁN ENCINAS, Marco Antonio. «La sabiduría del rey Salomón». En revista Letras en la Frontera, 31 de julio del 2017. Consultado el 16 de septiembre del 2017 en https://goo.gl/SFPYWg
__________________ «Los microrrelatos, la lectura y la creatividad». En blog El Arte de Leer, 09 de marzo del 2014. Consultado el 16 de septiembre del 2017 en https://goo.gl/MNCTmT  

sábado, 26 de agosto de 2017

CUATRO CHISTES DE QUEVEDO



Esta entrada se alinea con los investigadores que recomiendan emplear el humor e incluso los chistes como estrategia didáctica (Ricard Morant, 2006) y recurso didáctico (Carmen García, 2005), o proponen una pedagogía del humor (Jesús Fernández, 2003) en una clase de educación básica o superior.
De hecho, durante mi experiencia docente en una escuela pública de Lima, Perú, también tuve la oportunidad de poner en práctica el uso de este recurso (véase: http://bit.ly/2wwAXgs).  
Lo señalado viene a propósito del hallazgo en la web del artículo de María del Mar Jiménez Montalvo titulado «Una pequeña colección de chistes de Quevedo», «recogidos de la tradición oral del pueblo de Terrinches (Ciudad Real)», España (2011: 129), que hasta el año 2011 permanecieron inéditos.
Parafraseando al profesor José Manuel Pedrosa, la autora señala lo siguiente respecto a lo ocurrido con la figura de Quevedo en el imaginario popular de aquel pueblo español:
… la metamorfosis de un escritor célebre y de gran prestigio en personaje y protagonista de chistes y de anécdotas disparatadas, muy populares y resistentes al paso de los siglos, es un fenómeno documentado no solo en la nuestra, sino en diversas tradiciones culturales (véase Pedrosa, 2003: 179-191). Pero, seguramente, el literato al que más chistes y anécdotas se han atribuido sea el genial Francisco de Quevedo (Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, 1645). Y es que este gran autor del Siglo de Oro, considerado el maestro de la agudeza verbal en español, demostró su fuerte personalidad e ingenio tanto en su vida cotidiana como en su obra; de hecho, incluso, escribió un libro de chistes […]. Un siglo después de su muerte, a mediados del siglo XVIII, su figura de personaje folclórico y héroe burlador se había convertido ya en protagonista de numerosas anécdotas chistosas de carácter popular que circulaban por toda nuestra geografía, las cuales constituyen casi un subgénero de la cuentística española (2011: 130). 
En su estudio, María Jiménez documenta siete chistes quevedianos  (a los que la investigadora les ha colocado un título) recogidos en Terrinches, de los que voy a reproducir cuatro, los más graciosos. Y para quien quiera consultar los otros tres, les dejo aquí la dirección electrónica (véase: http://bit.ly/2w6i7Ma) y también en la bibliografía.
De algunos de los chistes se ofrece más de una versión. Cuando así ocurra, citaré la que considere la más lograda, desde un punto de vista humorístico, claro está.
El primero emplea un recurso léxico-semántico basado en la polisemia (‘pluralidad de significados de una expresión lingüística’, según el Diccionario de la lengua española [DLE, 2014], de la Real Academia Española [RAE] y la Asociación de Academias de la Lengua Española [Asale]) y lleva por título «Quevedo desterrado…»; pero como la versión recogida por José Manuel Pedrosa, citado por María Jiménez, me gustó más que la del informante de Terrinches, es la que reproduzco:
El rey le expulsó de España a Quevedo, y le prohibió volver a pisar tierra española, y se fue a Portugal. Y cargó un carro de tierra y se sentó encima de la tierra. Y al pasar por el palacio, se puso de pie en el carro. Y entonces el rey dice que cómo tenía valor de volver a España habiéndole prohibido que pisara tierra española. Dice:
—Perdone Su Majestad, pero yo vengo pisando tierra portuguesa (Pedrosa, 2003; 179-191) (2011: 131).
El segundo chiste muestra cómo se puede salir bien librado de un aprieto con ingenio y agudeza, y se titula «Quevedo y el caballo del rey…»:
El rey tenía su caballo preferido enfermo, y mandó a Quevedo que fuera a ver al prado si estaba vivo o muerto, y le dijo:
—Si está muerto, no me lo digas que te castigo.
Y volvió Quevedo diciendo:
—El caballo de mi Bamba
ni come, ni bebe, ni anda.
Está tumbado en el prado,
le entran moscas por la boca,
y le salen por el rabo.
Dice [el rey]:
—Entonces, ¿qué quieres decir? ¿qué está muerto?
Y [Quevedo] dice:
—Usted lo ha dicho, que yo no he sido (2011: 133).
El tercer chiste lo intitularon «Quevedo y la reina coja…», y se ha convertido en uno de los más conocidos y empleados incluso en las escuelas de secundaria como ejemplo de uso de la figura literaria llamada calambur (que consiste en la ‘agrupación de varias sílabas de modo que alteren el significado de las palabras a que pertenecen, como en este es conde y disimula’, según el DLE [2014], de la RAE y la Asale), y es este:
Resulta que la reina se encojó, y no quería nadie decirle que estaba coja. Entonces, Quevedo dice:
—¿Que no se le puede decir? ¡Verás cómo yo le voy a decir que está coja!
—Muchacho, ¿cómo le vas a decir…? Si le dices que está coja, te matan.
Dice [él]:
—Pos verás cómo no me van a matar, y se lo voy a decir yo en su cara.
Entonces cogió un clavel y una rosa, y se los llevó [a la reina]:
—Entre el clavel y la rosa,
Su Majestad es-coja (2011: 136).
Del cuarto, titulado «Quevedo y los gañanes» (y que se puede emplear en una clase sobre la rima), en vista de que es algo extenso, voy a reproducir el fragmento que me ha deleitado más, el cual es el siguiente:
… Y luego más pa alante, había otro gañán y estaba en el camino también… Y por la cuenca del ojo de una calavera, había una flor muy bonita, y le dijo el gañán:
—¿Qué te parece? ¡Qué flor más bonita!
[Quevedo] se quedó parao, y dice:
—Flor que ende que nacistes
vas con la mala suerte,
al primer paso que distes,
tropezastes con la muerte.
Si te cojo, te marchitas.
Si te dejo, es cosa a suerte.
El dejarte con la vida
es dejarte con la muerte (2011: 138 y 139).
Quienes quieran promover la lectura o hacer un uso pedagógico de los chistes quevedescos, pueden consultar los textos mencionados en la bibliografía.
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Nota: La imagen de Quevedo, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://bit.ly/2iy5PaE


Bibliografía

FERNÁNDEZ SOLÍS, Jesús Damián. «El sentido del humor como recurso pedagógico: hacia una didáctica de las didácticas». En Pulso 26, 2003, 144-157. Consultado el 26 de agosto del 2017 en http://bit.ly/2wQARQz
GARCÍA PÉREZ, José Blas. «Humor y educación: unidos por la risa». En blog INED 21, 14 de octubre del 2015. Consultado el 22 de agosto del 2017 en http://bit.ly/2wQARQz
GARCÍA SURRALLÉS, Carmen. «El chiste como recurso en la didáctica de la primera lengua». El Guiniguada. Actas del II Congreso Internacional de la Sociedad de Didáctica de la Lengua y la Literatura, I (3), 1992, 57-63. Consultado el 22 de agosto del 2017 en http://bit.ly/2w6ajKj   
JIMÉNEZ MONTALVO, María del Mar. «Una pequeña colección de chistes de Quevedo». Revista de Estudios del Campo de Montiel (RECM), 2 (2), 2011, 129-141. Consultado el 18 de agosto del 2017 en http://bit.ly/2w6i7Ma
MORANT, Ricard. «¿Con humor se explica y se aprende una lengua mejor?». Pragmalingüística, 14, 2006, 87-99. Consultado el 22 de agosto del 2017 en http://bit.ly/2vfkbT9
ROMÁN ENCINAS, Marco Antonio. «Textos lúdicos». En blog Leer Es Divertido, 26 de noviembre del 2012. Consultado el 22 de agosto del 2017 en http://bit.ly/2wwAXgs