viernes, 31 de agosto de 2018

LOS HÁBITOS DEL BUEN LECTOR


Estos diez hábitos del buen lector son fruto de mis cerca de siete lustros de experiencia personal como lector y de los diez años que llevo reflexionando sobre este tema y otros estrechamente relacionados en este blog que está a punto de cumplir diez años de ininterrumpida labor, pues fue abierto un 29 de noviembre del 2008. Espero que les sea de utilidad. 

1.      Los buenos lectores siempre llevan un lápiz o un plumón resaltador en el bolsillo de su camisa o en su mochila o maleta para subrayar los impresos que leen. En caso de olvidar portar el lápiz o el plumón resaltador, los buenos lectores preferirán leer un diario o revista, que no suelen subrayarse (aunque algunos sí lo hacen), antes que un libro o separata; y procurarán agenciarse de esas preciadas herramientas lo más pronto posible.

2.      Los buenos lectores prefieren comprar el libro que van a leer (salvo que un precio muy elevado les impida hacerlo) antes que pedirlo prestado a un amigo, esto con el fin de poder subrayarlo con comodidad y sin remordimientos.

3.      Los buenos lectores que no pueden adquirir un libro por ser muy costoso, recurren a las bibliotecas públicas para conseguirlo (el sistema de préstamo gratuito de libros del Bibliometro de Lima, Perú, por ejemplo, resulta para ello un aliado valioso) o a internet (no están en la red todos los libros que uno desearía, pero cada día se encuentran más). 

4.      Los buenos lectores no desprecian los libros, revistas y diarios digitales ni los formatos PDF y ePub porque son también material de lectura como los impresos, y se pueden subrayar empleando herramientas electrónicas, o imprimir el material para un mejor consumo, de ser necesario.

5.      En el caso de que un amigo les preste un libro de difícil acceso, los buenos lectores preferirán fotocopiar lo que les interese leer y devolverlo para poder subrayar la fotocopia con comodidad y sin remordimientos. 

6.      Los buenos lectores pueden leer volúmenes de 300 o más páginas, pero tienen también siempre al alcance un impreso de menos de 150 páginas para leer ambos de manera intercalada, porque la sensación de acabar un libro (aunque no sea muy voluminoso) es tan gratificante que ayuda a predisponerte para poder hacerlo con los libros más grandes.

7.      Los buenos lectores no se sienten en la obligación de terminar de leer un libro que no es de su agrado, y solo devoran de principio a fin aquellos que les son útiles, ayudan a su quehacer o tienen algo que enseñarles. 

8.      Los buenos lectores prefieren leer dos o tres libros al mismo tiempo, porque eso les ayuda a no perder el ritmo y la velocidad de lectura; y esto se hace sin el peligro de confundir los contenidos, aunque para ello se requiere de disponer también de una buena memoria.

9.      Los buenos lectores no descuidan su estómago, saben que una mala alimentación influye en su predisposición o no a la lectura, y por eso tratan de evitar la comida chatarra, las grasas y frituras que te engordan, ponen en riesgo tu salud y te inducen al sueño. Por ello, prefieren la comida saludable, aquello que les dé energía y los mantengan despiertos, atentos y concentrados. Los buenos lectores incluirán siempre en su dieta frutas y verduras; y comerán palta y frutos secos, por ejemplo, para la buena memoria, plátanos, porque tienen potasio y te dan energía, etc.

10.  Los buenos lectores están preparados para las situaciones límite. Por ejemplo, como no siempre es posible evitar el sueño cuando uno lee en un bus, los buenos lectores pueden agenciarse de caramelos Halls en barra negros, que son los más fuertes, y por su sabor amargo te mantienen despierto y te quitan el sueño. Yo calificaría su efectividad, recurriendo a mi experiencia personal, de un 85%. Una manzana también puede servir, aunque tiene el inconveniente de ocupar una de tus manos y quedarte solo la otra para sostener el libro y pasar las hojas.

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Nota: La imagen de Don Quijote leyendo libros, de Adolf Schroedter (1805-1875), se tomó de la siguiente dirección electrónica:  https://goo.gl/8NT5Li

Bibliografía

ACTIS, Beatriz. Cómo promover la lectura. Buenos Aires, Argentina: Longseller, 2007.
ADELA KOHAN, Silvia. Disfrutar de la lectura. Barcelona, España: Plaza & Janés Editores, 1999.






viernes, 6 de julio de 2018

MICRORRELATOS SELECTOS


Algunos lectores de mis redes sociales me pidieron facilitarles una entrada que compile algunos de los microrrelatos que he escrito, y decidí acceder a su pedido a fin de que se cumpla lo señalado en las escrituras por el profeta (broma, me gusta esa frase bíblica). 
Para poder leer los textos, basta con dar un clic en el título.

Microrrelato publicado en la página web de Microcuento.es (I Certamen de Microrrelatos Vivir con el Ahora 2018).

Microrrelato publicado en la página web de la Fundación Aquae, de España (IV Concurso de Microrrelatos 2017).

Microrrelato ganador del III Certamen Literario de Microrrelatos «Valores Humanos», convocado por Letras Como Espada (Toledo, España) en enero del 2017.

Microrrelato que obtuvo una mención especial en el II Concurso de Microrrelatos «Año Nuevo, Vida Nueva», convocado por El Muro del Escritor (España) en enero del 2017.

Microrrelato publicado en la revista electrónica Letras en la Frontera, de San Antonio, Texas, Estados Unidos, el 27 de septiembre del 2016.

Microrrelato finalista del I Concurso de Microrrelatos de «Amor no Correspondido», convocado por Letras Como Espada (Toledo, España) en febrero del 2015.

Microrrelato publicado en el blog El Arte de Leer, de Ate, Lima, Perú, como parte de una entrada del 9 de marzo del 2014 que buscaba promover la lectura y la creatividad a través de este tipo de textos (está al final de la entrada).

Microrrelato publicado en el libro Otoño e invierno, antología del I Concurso de Microrrelatos Otoño e Invierno 2014, organizado por Diversidad Literaria, de España.  

Cuento (que también cabe en la denominación de microrrelato) publicado en el blog Un Cuento Dominical, del diario El Comercio, de Lima, Perú, el 17 de mayo del 2013 (está al final de la entrada).

Microrrelatos publicados en la página web Lebu en Pocas Palabras, de Chile, el 12 y 13 de noviembre del 2013 (II Concurso de Cuentos «Lebú en Pocas Palabras»), respectivamente, con el seudónimo de Dionisio.

Microrrelato publicado en la página web Saber sin Fin, de México, que obtuvo el Premio Extraordinario de Cuento Hiperbreve en el Concurso Internacional de Microficción para Niños y Niñas «Garzón Céspedes» 2009, organizado por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE). Incluido también en el libro Quince cuentos brevísimos para niñas y niños (2012), de Comoartes Ediciones, Madrid, España, publicado con ocasión del Día Internacional del Libro de aquel año.

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Nota: La foto del autor de los microrrelatos fue tomada por Marco Antonio Román Encinas





domingo, 17 de junio de 2018

UN LECTOR COMPULSIVO


En el libro Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio, Franco Ferrarotti cuenta una impresionante anécdota de su adolescencia relacionada con su pasión por los libros y la lectura, y que ocurrió a consecuencia de una débil salud que le impidió asistir a un curso escolar y le obligó a presentarse a un examen de suficiencia.
El autor cuenta su experiencia en las siguientes líneas:
… Otro regalo de mi salud delicada: nunca asistí regularmente a un curso escolar. Me presenté a la licenza ginnasiale (la reválida) y luego, al cabo de dos años —en esa época se podía reducir los tres años de instituto a dos—, me presenté al examen de maturità classica (la selectividad), también por libre, en el instituto de ciencias —por un procedimiento extraordinario, pues el de letras había sufrido bombardeos— Massimo d’Azeglio, en la capital de mi región de origen, Vercelli (2002: 38).
El inconveniente para el joven Ferrarrotti era la mala fama de la que gozaban en su país los que se presentaban a ese examen:
… Los que iban por libre tenían fama de jovenzuelos sin escrúpulos que probaban suerte. Se presentaban al examen como si jugaran a la ruleta. Todo o nada. Yo llegaba de la provincia, embutido contra el invierno y los estornudos del resfriado, con la extraña seguridad que suele acompañar a los caballeros solitarios, armado solo con los conocimientos universales y desordenados que caracterizan a los autodidactas (2002: 38 y 39).
El sociólogo italiano explica cómo debía uno prepararse para el examen de filosofía y los inconvenientes que tuvo en ello por su desmedida afición por los libros:
… Según el programa del ministerio, entraban tres textos que correspondían a los tres periodos canónicos del pensamiento filosófico: antigüedad greco-romana, medieval y moderno. Me preparé, por supuesto, con cuidado, pero mi amor por los libros me hizo la vida difícil. Me resultaba prácticamente imposible escoger solamente tres textos. ¿Cómo es posible, me decía, preferir Aristóteles, por ejemplo la Poética o la Ética a Nicómaco, a Platón, a los diálogos que desde pequeño me parecieron más bellos y aventureros que los libros de Julio Verne o Emilio Salgari?...
Por no hablar de los filósofos modernos y contemporáneos. En seguida se dice Kant, pero ¿dónde metemos a Hegel, Fichte, Schelling? Aparte de lo mucho que se hablaba en todas partes, ya entonces, en los últimos años de guerra, de los pensadores posidealistas, de Nietzsche a Kierkegaard, bajo los ruinosos y poco filosóficos bombardeos aliados…  (2002: 39).
Y esa fue la razón por la que «en lugar de tres autores», Ferrarotti presentara a sus evaluadores «una lista de sesenta y cinco obras, desde los “presocráticos”, al cuidado de Diehls, hasta Louis Lavelle, Le moi et son destin» (2002: 39). Pero la subestimación a su esfuerzo, por parte de aquellos, la notó el autor casi desde el inicio:
… desde las primeras preguntas del examen, sobre todo por parte del profesor Ermenegildo Bertola, convertido luego en senador por la Democracia Cristiana, me di cuenta de los motivos que había detrás de las miradas y la ironía matutinas de los pasillos: ponían en duda la preparación de un alumno libre tan anómalo. «Mire —empezó paternalmente el profesor Bertola—, la convocatoria del examen no pide sencillamente hacer una lista de las obras y los autores. Exige que estudie atentamente a tres de ellos y se prepare para poder exponer ante nosotros, que somos los examinadores, su pensamiento» (2002: 40).
Lo que sintió el autor al oír ello lo explica en las siguientes líneas:
Yo estaba perplejo, pero empezaba a entender y, como entendía, sentía que montaba en cólera, una cólera fría, propia de quien se da cuenta repentinamente de que no lo toman en serio. Me puse rígido y guardé silencio absoluto, quizá desdeñoso. Al cabo de algunos minutos murmuré: «Espero que me examinen». La réplica de Bertola, a quien se sumaron Marinoni, Scaffidi y otros profesores, no se hizo esperar y fue todavía jocosa, con el mismo tono que reservan los médicos jefes de los hospitales psiquiátricos a sus mentecatos: «Resulta difícil decidir: veamos… El Fedro» (2002: 40).
Lo que narra a continuación el autor muestra los rasgos de un cerebro privilegiado que recuerda al personaje Funes el memorioso, creado por Borges:
La cólera interior abría los libros delante de mí, como si los estuviera hojeando «¿Qué edición, profesor? ¿Quiere la edición escolar de Paravia o la edición crítica publicada en 1882 por Teubner en Leipzig?». La sonrisa de compasión se borró de los labios de los presentes. Yo hablaba, leyendo mentalmente e indicando con pedantería los párrafos del texto platónico, con las variantes de la edición crítica, mostrando que la amistad de la que se habla en el Fedro es en realidad la descripción del proceso dialéctico por el cual mi pupila se vuelve consciente de sí misma al verse reflejada en la pupila de su amigo y el diálogo se plantea como el instrumento fundamental para la adquisición gradual de la verdad como verdad participada, conquista intersubjetiva, muy común.
Los profesores escuchaban en silencio. Hablé durante cinco horas. Al final, con una generosidad de la que tal vez son incapaces los profesores de hoy, me dieron la mano, se informaron sobre mis intenciones futuras. No solo fui aprobado y declarado «maduro». Pasé de estudiante a estudioso. Me doy cuenta de que todo esto puede parecer un ejercicio de narcisismo. Pero mi victoria era únicamente la del alumno libre… (2002: 40 y 41).
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Nota: La foto de Franco Ferrarotti, al inicio de esta entrada, se obtuvo de la siguiente dirección electrónica: http://www.francoferrarotti.com/archivio/biografia.htm


Bibliografía

FERRAROTTI, Franco. Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio. Barcelona, España: Ediciones Península, 2002.