domingo, 13 de febrero de 2011

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS XVI


Luis Fernando Afanador posee el siguiente currículum: «Abogado con maestría en literatura. Fue catedrático en las universidades Javeriana y de los Andes. Codirigió el programa Librovía de la Alcaldía Mayor de Bogotá y fue editor de Semana Libros. Ha publicado Julio Ramón Ribeyro, un clásico marginal (ensayo, 1990); Extraño fue vivir (poesía, 2003); Tolouse-Lautrec, la obsesión por la belleza (biografía, 2004) y La tierra es nuestro reino (antología de su poesía, 2008). Poemas suyos han aparecido en diversas antologías y en 1996 fue finalista en el Premio Nacional de Poesía. Es colaborador habitual de varias revistas colombianas donde publica artículos de opinión, ensayos y crónicas. Actualmente es crítico de libros y blogger de la revista Semana» (véase: http://www.librerianorma.com/autor/autor.aspx?p=UoXD7QqTyEsNdPAPkvCpKqnEuMeuaF03).

En el blog Escrituras Univalle, que pertenece a los estudiantes de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle (Cali, Colombia), Fernando Afanador publicó el texto «Tribulaciones de un comentarista de libros» (http://escriturasunivalle.blogspot.com/2009/03/tribulaciones-de-un-comentarista-de.html), del que he extraído los fragmentos que considero más útiles.

«Se nos pide, en aras de la concreción, que nos limitemos a dos puntos: criterios de selección y formas de abordar la escritura de una reseña. Voy entonces al asunto sin dilaciones para que en este breve espacio, y así sea un poco de contrabando, tenga tiempo de referirme a algo que me parece capital: qué es un reseñador, cuál es su estatuto. Porque finalmente todo se relaciona.

»Bien, ¿cómo escoger un libro? En primer lugar, como lo haría cualquier lector, como alguna vez me dijo Alberto Manguel que operan los lectores: por azar. La clave para encontrar un gran libro desconocido es igual al encuentro con otros seres humanos: un perfume, una cara, un gesto. “El hecho de que nos pisen en el tranvía y de ahí resulte una relación. Todo comienzo es válido”.

»En términos prácticos eso quiere decir que debemos ir más allá de los libros que nos envían las editoriales que, por supuesto, manejan sus propios intereses. Hay que ir a las librerías y buscar en los anaqueles escondidos: la vitrina de las novedades se mueve a un ritmo demasiado rápido e injusto. (Aquí quiero hacer un paréntesis: cuando empezaba en este oficio era muy cuidadoso de sólo reseñar libros que tuvieran máximo un mes de haber salido al mercado pero luego comprobé que nadie es muy estricto al respecto y el criterio es bastante amplio: he llegado a leer reseñas de libros con más de un año de aparición, lo cual, por lo demás, me parece muy bien: los buenos libros no envejecen y nunca es tarde para dar noticia de ellos)».

(…)

«Voy a decirlo de una vez: pertenezco al bando de la crítica celebratoria. Sólo vale la pena hablar leer (sic) aquellos libros que nos han conmovido, que no han sido escritos para el olvido sino para perdurar. Los que, de alguna manera, son sobresalientes, los que nos hacen mejores, los que provocan el comentario: “Las grandes obras de arte nos atraviesan como grandes ráfagas que abren las puertas de la percepción y arremeten contra la arquitectura de nuestras creencias con sus poderes transformadores. Tratamos de registrar sus embates y de adaptar la casa sacudida al nuevo orden. Cierto primario instinto de comunión nos impele a transmitir a otros la calidad y la fuerza de nuestra experiencia y desearíamos convencerlos de que se abrieran a ella”. Por eso la crítica, según dice George Steiner a quien pertenece la cita anterior, debe surgir de una deuda de amor».

(…)

«Segundo punto. ¿Cómo escribir una reseña? Como si fuera el mejor ensayo breve, con la contundencia de los cuentos memorables, con claridad y lucidez. Claro, es casi imposible, pero debemos intentarlo.

»Para matizar la anterior respuesta es necesario entrar en el tercer punto, qué es un reseñador.

»Creo que es un híbrido. Es una rara especie que es mitad crítico y mitad divulgador; es un lector bien informado: el espectro es amplio. Por eso pienso que cada reseñador finalmente, con su trabajo, define lo que quiere ser. Puede llegar a ser un crítico serio y riguroso pero también puede convertirse en un vulgar copiador de solapas: está en sus manos. No sobra decir que esto último es lo que algunas editoriales quieren que seamos: vulgares copistas de solapas que les exhibimos sus libros.

»Si el reseñador se define como crítico tendrá algunos problemas al escribir su reseña. Si sólo profundiza en el texto puede volverse demasiado abstracto: no puede olvidar que le está hablando a alguien que todavía no ha leído el libro y que muchas veces sólo quiere saber de qué se trata. Debe, entonces, dar esa información —sin exagerar, para no dañar la lectura— sin olvidar su juicio crítico. Y debe escribir con pasión porque la pasión contagia. Me refiero a esa pasión inteligente, ese tono personal que tienen los grandes ensayistas desde Montaigne hasta George Steiner. Hay que evitar a toda costa ese lenguaje neutral y eunuco, salpicado de neologismos, que se practica en las universidades con la falsa excusa de la objetividad.

»Alguna vez alguien me dijo que después de leer una reseña mía le dieron ganas de ir a comprar el libro, ahí mismo, aunque fuera domingo. Es lo mejor que me han dicho de mi trabajo, es lo máximo a que aspiro. Recomendar un buen libro, compartir esa alegría. Dar a conocer princesas encantadas y comerme en silencio unos cuantos sapos. Y sentir una culpa infinita por todos esos grandes libros, esos perfumes, esos bellos gestos, que pasaron por nuestro lado y no supimos ver».
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Nota: La foto que encabeza el texto es de la Biblioteca del Monasterio de Strahov, en Praga, capital de la República Checa y fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://bcehricardogaribay.wordpress.com/2008/12/15/las-bibliotecas-mas-bonitas-del-mundo/

Bibliografía

FERNANDO AFANADOR, Luis. «Tribulaciones de un comentarista de libros». En: Escrituras Univalle. Laboratorio de escrituras de los estudiantes de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Consulta: 26 de enero del 2011. <http://escriturasunivalle.blogspot.com/2009/03/tribulaciones-de-un-comentarista-de.html>

LIBRERÍA NORMA. «Autor(es) / Luis Fernando Afanador». Consulta: 26 de enero del 2011. <http://www.librerianorma.com/autor/autor.aspx?p=UoXD7QqTyEsNdPAPkvCpKqnEuMeuaF03>

viernes, 28 de enero de 2011

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS XV


Para cerrar este ciclo de textos dedicados a explicar el proceso de construcción de una recensión, voy a presentar los testimonios de dos reseñadores que pertenecen a dos épocas y ámbitos de trabajo relativamente distintos. El primero de ellos escribía para un periódico español. Su nombre es Nicolás González Ruiz, de quien hablaré en este envío. El segundo trabaja para la revista colombiana Semana. Su nombre es Luis Fernando Afanador, de quien hablaré en el siguiente envío.

[En adelante, mis envíos alternarán reflexiones sobre la lectura, estrategias que emplean los lectores competentes y reseñas, aunque no necesariamente en el orden en que se mencionan].

Nicolás González Ruiz (1897–1967) —según Wikipedia—: «fue un escritor, crítico literario, editorialista y periodista español, poseedor de una vasta cultura, un magistral dominio del castellano y un fino sentido del humor» (véase: http://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_Gonz%C3%A1lez_Ruiz).

En la cuarta edición de la Enciclopedia del periodismo, que dirigió González Ruiz, hay un texto suyo que lleva por título: «La crítica». En él, el autor menciona que la crítica de libros, en aquel tiempo, era uno de los sectores más descuidados en los diarios españoles. Ello se debió a que no era retribuible dedicar «esfuerzo económico» a su mejora, pues ello no tenía efecto ni «en el aumento de lectores ni en la publicidad que pudieran dar las casas editoriales» (1966: 428).

Para mejorar ese sector, el escritor español propuso contar no con un crítico, sino con un «cuerpo de redacción destinado a la crítica bibliográfica (…)». En los periódicos de aquel entonces, siempre había «un titular de la sección y un suplente o ayudante. Pero este montaje no basta para los libros.

»Leer un libro… exige tiempo. Leer todos los libros de una categoría que nos ofrezcan la literatura, el arte, la historia, el ensayo, la biografía (…) exige un grupo de personas dedicados a eso» (1966: 429).

También propone no limitar «la crítica a lo que envíen las editoriales o autores… La crítica de libros hay que hacerla de los libros interesantes que se publiquen, sean recibidos o no, que si la sección se lleva bien y gana confianza y prestigio, serán pocos los que no lleguen» (ibíd.).

Luego refiere algo que es importante resaltar porque da a conocer, al mismo tiempo, cuál es el ritmo de lectura de un reseñador: «El crítico de libros lee poco y de prisa. Si alguno hay entre nosotros que quiera defender su prestigio y su firma, se ocupa a lo sumo de cuatro o cinco libros cada mes, porque no puede hacer razonablemente más.

»Lo que no lleva firma solvente apenas si se ha leído y se halla más cerca del suelto publicitario y amistoso que de la crítica verdadera. No vale la pena tener informado al lector del movimiento editorial, orientándole según sus gustos y aficiones» (ibíd.).

Y lo que viene a continuación, y como punto final, también resulta digno de darse a conocer. El autor cuenta que conoció a alguien que poseía de sobra las cualidades del buen reseñador: «En la historia periodística de España no recuerdo más que un caso en el que esta misión se haya cumplido al máximo posible. Fue en la “Página bibliográfica” del suplemento dominical de El Debate… [Allí trabajaba:] Un hombre de vastísima cultura y enorme capacidad de trabajo, don Hilario Yaben, se pasaba el día entero, más por vocación que por retribución, aunque ésta fuese lo más adecuada posible, leyendo libros y tomando notas. Era pavoroso verle hasta diez y doce horas diarias sumergido en su labor. Fruto de ella eran una serie de recensiones breves, concienzudas y metódicas, que ocupaban semanalmente una página entera del periódico. Pero aquello se pudo dar una vez y es posible que no se vuelva a dar. Don Hilario Yaben ni siquiera firmaba (…). Su esfuerzo enorme no era suficiente; pero no se ha logrado después nada parecido, y lo digo yo, que he ejercido la crítica de libros durante más de treinta años» (1966: 430).

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Nota: La foto de la Biblioteca de la Universidad Joanina, Coimbra, Portugal, que encabeza el texto, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://bcehricardogaribay.wordpress.com/2008/12/15/las-bibliotecas-mas-bonitas-del-mundo/



Bibliografía


GONZÁLEZ RUIZ, Nicolás. «La crítica». En: Enciclopedia del periodismo. 4ta ed. Barcelona-Madrid: Editorial Noguer, 1966.

WIKIPEDIA. «Nicolás González Ruiz». Consulta: 26 de enero del 2011. <http://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_Gonz%C3%A1lez_Ruiz>

viernes, 31 de diciembre de 2010

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS XIV


Otro ejemplo de cómo escribir reseñas es el que presento a continuación. Es sobre un libro poco difundido y que se publicó hace más de veinte años, y que ahora cobra notoriedad por implicar a dos de los más grandes escritores latinoamericanos distinguidos con el máximo galardón en el campo de las letras: el Premio Nobel de Literatura.


Diálogo sobre la novela latinoamericana. Lima: Editorial Perú Andino, 1988.


La Editorial Perú Andino transcribió la versión magnetofónica del «diálogo» sostenido en septiembre de 1967 entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en las instalaciones de la Universidad Nacional de Ingeniería.

El texto va precedido del discurso pronunciado el 8 de diciembre de 1982 por el novelista colombiano ante la Academia Sueca con motivo de recibir el Premio Nobel de Literatura.

Deslumbra el arsenal de cifras que emplea el narrador en su intento por racionalizar los problemas del continente. Ese recuento estadístico, sin embargo, solo sirve para evidenciar la exuberante realidad de América Latina.

La primera idea de esta disertación es la que sigue: «Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no solo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros» (p. 15).

La segunda idea de su reflexión es que los latinoamericanos que vivimos en esa «realidad desaforada» hemos «tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida» (p. 15). Pero algo similar sucede con los «talentos racionales» de Europa, que se han «quedado sin un método válido para interpretarnos» (p. 16).

La tercera idea surge como consecuencia de la segunda: la insuficiencia de recursos de los latinoamericanos para hacer verosímil nuestra historia y la falta de un método válido de los europeos para interpretarnos son «el nudo de nuestra soledad» (p. 15) y «contribuye a hacernos… cada vez más solitarios» (p. 16).

Una cuarta idea es que la originalidad que se le reconoce a América Latina en su literatura se le niega en sus tentativas de «cambio social» (p. 16). El dolor y la violencia que vive nuestro continente no es el resultado de una confabulación, pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído así. Esa incomprensión muestra, otra vez, «el tamaño de nuestra soledad» (p. 17).

En resumidas cuentas, el discurso del literato colombiano no es muy ordenado en la exposición de las cuatro ideas, pero sí se deja entender, aunque obliga a recurrir obligatoriamente a una segunda lectura, debido a la abundancia de cifras que distraen y pueden incluso desorientar al lector, si no está lo suficientemente concentrado.

Hemos puesto la palabra «diálogo» entre comillas porque no se trata propiamente de una ‘plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos’ (como define el término el Diccionario de la lengua española) a lo largo del texto, pues este tiene más el formato de una entrevista que le hace nuestro compatriota al autor de La hojarasca sobre diversos tópicos relacionados con la literatura, a un año de haberse publicado la edición original de Cien años de soledad, que es de 1966.

La confusión en el empleo de ese término en el título del libro puede deberse a que las preguntas que le hace Vargas Llosa al creador de Macondo no son las de un periodista principiante, sino las de un lector culto, bien informado y perspicaz, que necesita, muchas veces, explayarse para dar sustento y consistencia a su alocución que remata, generalmente, en una pregunta.

La transcripción está dividida en dos partes. En la primera, se discurre sobre los siguientes temas: cuál es la función del escritor en la sociedad, qué elementos determinan la calidad literaria, la soledad como tema literario, experiencias personales (el abuelo de García Márquez, la tía Petra) y su relación con la literatura, experiencias culturales (el Amadís de Gaula) y su relación con la literatura, el realismo en la literatura, la realidad de tipo histórico y social, el problema del lenguaje y la técnica en la novela, actividad periodística y actividad literaria y los novelistas latinoamericanos contemporáneos.

En la segunda, se tocan otros temas, aunque de manera más sucinta y algo menos concertada aún: lo que precipitó el boom de la literatura en América Latina (A.L.), sobre la validez del testimonio literario de los exiliados voluntarios de A.L., si García Márquez se considera un escritor latinoamericano, la diferenciación de la obra de Borges del resto de la literatura de A.L., los escritores como buitres que se alimentan de una sociedad en descomposición (idea aportada por Vargas Llosa), las diferencias entre los escritores de A.L. que terminan siendo sus afinidades (aquí se desliza el concepto de la «novela total latinoamericana» por parte de Gabo) y la relación entre la actividad literaria y la actividad política.

Solo en tres momentos, en esta segunda parte de la transcripción, y en dos de ellos acuciado por el autor de La mala hora, el intelectual arequipeño emite su opinión y recién entonces el texto se convierte en un diálogo. El primer momento es este: «GARCÍA MÁRQUEZ: (…) Pero esto me hace recordar algo que conversamos. Recuerdo que tú llegabas a la conclusión de que los novelistas somos los buitres que estamos alimentándonos de la carroña de una sociedad en descomposición, y me parece que sería interesante que recordaras esto que me decías…

»VARGAS LLOSA: Bueno, pero como el interrogado eres tú…» (p. 41).

En este primer momento, Vargas Llosa pone en evidencia incluso su rol de entrevistador (del que no se quiere despegar, y busca defender no solo con lo ya citado, sino también con otra frase, aunque al final termina cediendo: «VARGAS LLOSA: Es un golpe bajo, pero… sí, yo pienso que…» [p. 42]) y el de García Márquez como el «interrogado» o entrevistado.

El segundo momento es este: «GARCÍA MÁRQUEZ: (…) Yo quedé tan preocupado que aquí vuelvo a darte un golpe bajo: ¿Tú crees que sea reaccionaria “Cien años de soledad”?

»VARGAS LLOSA: No.

»GARCÍA MÁRQUEZ: Ahora, ¿por qué no lo es? A mí me creó ya ese problema…

»VARGAS LLOSA: Yo creo que en “Cien años de soledad”…» (p. 44).

Como podemos observar, el prosista del país cafetalero también conoce su rol, pero él no busca defenderlo, sino, por el contrario, busca salirse de las convenciones propias de la entrevista para instaurar un diálogo y obligar así a su colega peruano a asumir un rol activo y de verdadero intercambio de ideas.

El tercer momento es este: «GARCÍA MÁRQUEZ: ¿Entonces tú crees que en este libro y todos los que estamos escribiendo en este momento, ayudan al lector a comprender la realidad política y social de América Latina?

»VARGAS LLOSA: Yo lo que creo es que toda buena literatura es irremediablemente progresista…» (45).

En este último momento se invierten los roles: ya no es Vargas Llosa, sino García Márquez quien hace la pregunta, lo que termina por instaurar recién la mecánica del diálogo con todos sus elementos.



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Nota: La foto digital que aparece en este envío fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS XIII



Chimoc, el perro calato, de Andrea y Claudia Paz. 2da ed. Lima: Grupo Editorial Norma, 2010.


Clavito y sus amigos (el Cuy, el Conejo, la Gallina, el Pollito y la Cabra) fueron un día a la playa a divertirse, pero olvidaron llevar su sombrilla.

En la orilla vieron a Chimoc con un traje de superperro. Le pidieron permiso para sentarse debajo de su quitasol, este aceptó y así se hicieron amigos.

Ese fue el inicio de una serie de experiencias juntos en el que todos se divierten menos Chimoc porque en todos los casos su traje de superperro, de una u otra manera, se lo impide.

Un día, un insecto se mete dentro de su traje y como no puede librarse de él, opta por quitárselo. Al verlo desnudo, los demás animales estallan en carcajadas, lo que hace huir a Chimoc que se siente avergonzado.

Cuando sus amigos fueron a buscarlo, no lo encontraron. Chimoc se había refugiado en el malecón de la playa y se había acomodado a los pies de una tamalera. La señora lo dejó descansar allí porque sentía que le aliviaba sus dolores. Desde ese momento lo adoptó como mascota.

Al día siguiente, Chimoc buscó a sus amigos para contarles lo sucedido y despedirse, pues acompañaría a su ama a recorrer otras playas.

Como podemos ver, la historia gira en torno al traje de Chimoc, que no le da fuerza como él dice y cree que ocurre, sino que, por el contrario, le estorba y le impide llevar una vida normal.

Cuidar el traje lleva a Chimoc a forzar su naturaleza: no puede divertirse ni comer libremente como los demás animales. Solo después de dormir sobre los pies de la tamalera descubrirá que su piel sí es verdaderamente poderosa y que, por ejemplo, puede aliviar los dolores de su ama.

El mensaje que encierra esta historia reside en que en ocasiones damos más valor a las cosas superfluas (como un supertraje) que solo sirven (o creemos que sirven) para vernos bien o darnos más poder, y no valoramos lo que llevamos dentro, porque no le prestamos la debida atención o porque no dedicamos un minuto de nuestro tiempo a examinar nuestras fortalezas.

Que Chimoc aprendió la lección, se puede observar en la siguiente escena: «Clavito le quiso devolver su traje de superperro, pero Chimoc ya no lo necesitaba, había descubierto que su piel era más poderosa que el traje. Su ama con solo tocarla se había aliviado» (p.30).

Por esa razón: «Todos festejaron al nuevo Chimoc, que desde ese día sería conocido como… el perro calato» (p. 31).

Lo que quiero resaltar de esta historia, lo que más me ha gustado, es que ha nacido en el Perú y está ambientada en el Perú con naturalidad. No se siente forzado que se hable de Chimoc, que es el perro peruano sin pelos que todos conocemos y hemos visto por nuestras calles alguna vez. Tampoco se siente forzada la aparición del Cuy como otro de los personajes de la historia.

La mención del «cebiche» como el plato elegido por la Cabra para almorzar y de la «tamalera», que descansaba en un banco cerca del malecón luego de una larga jornada, también nos ayudan a ubicarnos espacialmente.

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Nota: La foto digital que encabeza el texto fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.

sábado, 7 de agosto de 2010

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS XII


Si vamos a escribir una reseña por primera vez, lo más recomendable es seguir el camino pedagógico que va de lo simple a lo complejo.

No pretendamos de buenas a primeras redactar una recensión sobre Buscando un inca, de Alberto Flores Galindo, o La voz y su huella, de Martín Lienhard. Y si vamos a inclinarnos por una obra literaria, tampoco elijamos La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, o Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Escojamos los libros más breves, y, de entre estos, los más sencillos. Precisamente, la literatura cuenta con obras que reúnen estas características y pueden ayudar a dar los primeros «pasitos de bebé» (esta frase la tomé prestada del curso Inglés sin barreras).

Me estoy refiriendo a la literatura infantil, que es, en ocasiones, más sencilla que la ‘literatura’ que pertenece a la tradición oral.

No tengamos la expectativa vana, insisto en esto otra vez, de querer publicar lo primero que escribamos. Es necesario tener paciencia y trabajar con ahínco hasta desarrollar nuestras habilidades y destrezas en esta área.

Tampoco limitemos nuestra selección de libros, en esta etapa inicial, a los recientemente publicados (pero si mañana más tarde llegaran a trabajar en un diario o revista como reseñadores, la situación cambiaría, porque entonces sí tendrían que ser necesariamente de reciente edición los libros elegidos).

La literatura infantil emplea un vocabulario deliberadamente reducido, limita el despliegue del espacio, el tiempo y los personajes a uno solo o unos pocos, y prefiere el desarrollo cronológico de la historia antes que los saltos temporales, flashbacks, etc.

Olga Drennen, por ejemplo, en su libro Cómo escribir para chicos, recomienda «el uso de palabras, frases y párrafos cortos» para las obras que se circunscriben a este campo. Incluso ofrece este otro consejo a los escritores que se dirigen a los niños: «Evitar largas descripciones y exceso de diálogos indirectos» (2008: 49).

Por todas estas razones, hemos elegido una obra literaria infantil peruana como ejemplo de cómo elaborar una reseña de un libro. En el siguiente envío se lo ofreceremos.



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Nota: La foto digital que encabeza el texto fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.


Bibliografía

DRENNEN, Olga. Cómo escribir para chicos. Buenos Aires: Longseller, 2008.

miércoles, 30 de junio de 2010

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS XI


5. «Redactar el cierre»

«Ofrecer un balance, una sugerencia o una invitación a la lectura del libro reseñado son algunas de las maneras habituales de terminar el texto» (2007: 116), refiere Álvaro Ezcurra.

Más adelante, el autor adapta de Phylis y Lea una enumeración de lo que suele aparecer en el cierre de una reseña (2007: 136):

1. «Un resumen de las ideas trabajadas (y anunciadas previamente en la introducción)».
2. «Una especificación que aclare qué se logró responder y qué no».
3. «La aclaración de que se logró demostrar lo propuesto en la introducción».
4. «La exposición del punto de vista propio a la luz de las explicaciones y pruebas ya dadas».

Veamos un ejemplo del cuarto punto. En los números 84-85 de la revista Letras del segundo semestre de 1976, Óscar Marañón Ventura escribe una recensión de La educación del hombre nuevo, de Augusto Salazar Bondy, en la que sintetiza su apreciación del texto en el siguiente párrafo: «Sin ánimo de excederme, puedo sostener que el planteamiento de la Reforma Educativa, expuesto en la obra de Salazar Bondy, es un trabajo realizado casi exclusivamente en el interior del sistema, tarea inevitable, pero carece de la exposición del marco general donde también hay factores determinantes que afectan y agudizan los problemas de la educación» (1976: 230).

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Nota: La foto digital que encabeza el texto fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.



Bibliografía


EZCURRA, Álvaro (coord.). Iniciarse en la redacción universitaria. Exámenes, trabajos y reseñas. Lima: Estudios Generales Letras - Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007.

MARAÑÓN VENTURA, Óscar. «Augusto Salazar Bondy: La educación del hombre nuevo. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1975. 189 p.». En: Letras, N° 84-85, Lima, segundo semestre de 1976, p. 230.

miércoles, 2 de junio de 2010

CÓMO ESCRIBIR RESEÑAS X


4. «Redactar el inicio»


La introducción de una reseña —de acuerdo con lo señalado por Álvaro Ezcurra— «es lo último que se escribe», aun cuando, por «lo general,… esta no sea una regla absoluta» (2007: 113).

Vamos a transcribir el inicio de una recensión para explicar su funcionamiento. En el primer número de la revista Lexis, aparece una reseña de Marcela Castro sobre el libro de V. Cabrera, titulado Tres poetas a la luz de la metáfora: Salinas, Aleixandre y Guillén, que empieza de este modo: «La metáfora puede ser definida como recurso formal de (sic) lenguaje poético (traslación de nombre y sentido entre dos términos) que pone de manifiesto una voluntad de expresarse creativamente. Su esencia no radica simplemente en el deseo de describir un objeto o una situación de manera distinta a la usual; con la metáfora se ofrece una visión inédita del mundo y de las cosas.

»V. Cabrera parte de estos postulados para presentar a través del estudio acucioso de la técnica metafórica empleada por tres poetas consagrados: Salinas, Aleixandre y Guillén, la “visión del mundo” peculiar que presta coherencia a sus obras. Este acercamiento indirecto a sus poéticas es complementado con una exposición de las opiniones e ideas que sobre la función y alcance de su poesía han vertido los propios autores» (1977: 116).

Marcela Castro explica en el primer párrafo la definición de metáfora que va a emplear Cabrera para emprender el estudio de la «visión del mundo» de tres poetas españoles en sus obras que se refleja en el uso de este recurso retórico. Es decir, «la descripción formal y la presentación de las ideas centrales» del libro «introducen, de manera directa, el libro por comentar. Así, el lector se podrá apoyar en lo primeramente dicho para comprender las posteriores afirmaciones que se hagan en la reseña» (2007: 14).

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Nota: La foto digital que encabeza el texto fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.



Bibliografía



CASTRO, Marcela. «V. Cabrera. Tres poetas a la luz de la metáfora: Salinas, Aleixandre y Guillén». En: Lexis, Vol. I, N° 1, Lima, julio de 1977, pp. 116-117.

EZCURRA, Álvaro (coord.). Iniciarse en la redacción universitaria. Exámenes, trabajos y reseñas. Lima: Estudios Generales Letras - Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007.