Sobre el uso de la «palabra» en
la poesía infantil, en sus Lecciones de poesía para niños inquietos, Luis García Montero dirá:
Los diccionarios son una verdadera caja de
sorpresas, los abres y encuentras palabras como apiolar, campés,
cuérrago, entormecimiento y garrofal. Claro que también hay
palabras como agua, pan, calle, mar, cielo y
tierra. Los poetas aprenden a utilizar las palabras raras, pero sobre todo
aprenden a dar vida nueva a las palabras sencillas: amor, tristeza,
canción, miedo o alegría (2015: 81).
Y añadirá más adelante:
Con las palabras se hace
mucho daño. El honor de los demás depende de nosotros y nuestro honor depende
de los demás. Los poetas han escrito que las palabras son a veces como un
puñal, como una navaja, como una piedra, hacen daño y pueden herir. Imagínate
que un amigo te traiciona y cuenta un secreto, una verdad o una mentira que te
deja en ridículo. Sus palabras sonarán en tus oídos como una ametralladora.
Otras veces las palabras
significan felicidad. Te pueden decir con ellas cosas agradables, declaraciones
de amor o de amistad, explicaciones sobre los asuntos más extraños, sobre los
misterios del mundo. ¿Buscamos metáforas sobre las palabras que dan felicidad? Por
ejemplo: la llave que abre todas las puertas, los labios del día y de la noche,
los tesoros del mar, las caracolas de la amistad. Durante el día o la noche, cuando
pegamos el oído a una caracola escuchamos el mar, y cuando pegamos el oído al
teléfono de nuestra vida escuchamos palabras, palabras que son la llave de
todos los secretos (2015: 83).
Cuando estas palabras se relacionan entre sí brota la «conversación».
García Montero la explicará de este modo:
Las palabras son la piel de
nuestro yo, conocen todos nuestros secretos, se acuestan en nuestra cama, se
sientan en nuestra silla, gritan en nuestros sueños, comen en nuestro plato.
Pero es curioso que estas palabras, tan cercanas, tan amigas, tan íntimas, no
sean sólo nuestras, ni hayan crecido en nosotros, como nuestro cuerpo, nuestro
pelo o nuestras uñas. Las palabras pertenecen a toda una sociedad, están en el
diccionario, han pasado por la boca de los bisabuelos, los abuelos, los padres,
y seguirán después en los labios de los hijos, los nietos y los bisnietos. ¿Te
das cuenta? Lo más nuestro, lo más secreto, mantiene una relación íntima con
los otros, con el pasado, con la ciudad en la que vivimos. Y es que somos una
conversación. Nuestra vida se hace poco a poco, se forma gracias a todo lo que
intercambiamos con los otros.
Las palabras escritas, la
poesía, la novela, los cuentos, son también un intercambio entre un autor y un
lector (2015: 87).
También reflexionará el autor sobre las «palabras
compartidas», de las que escribirá:
… El hueco por el que pasan los ríos bajo los
puentes antiguos se llama ojo. Parece como si los puentes nos mirasen con sus
ojos abiertos. Y las piedras que cubren los ojos del puente nos recuerdan a las
cejas de una cara. Por eso hablamos de los ojos de un puente.
Cuando un niño está muy
sano y es muy grande, decimos que está más fuerte que un roble. Para hablar de
una persona utilizamos la cualidad de un árbol. O al contrario, podemos
utilizar una característica humana para hablar del mundo, y cuando amanece un
día muy nublado, después de mirar por la ventana, comentamos que hace un día
muy triste.
Estos juegos poéticos del
lenguaje sirven para expresar con fuerza lo que queremos decir. No es lo mismo
comentar que una persona está muy nerviosa, que decir: «Pedro tiene hoy siete
gatos en la barriga». Y cuando queremos dar nuestra palabra de honor, no es lo
mismo decir que vamos a contar la verdad, que afirmar poéticamente: «estoy
hablando con el corazón en la mano». El corazón es una metáfora de los
sentimientos profundos, del amor, de la ternura, de la sinceridad, y por eso
nos lo sacamos imaginariamente del pecho, a través de las palabras, para hablar
con él en la mano.
El uso de todos estos
recursos pasa con frecuencia desapercibido por la rutina del idioma. Pero son
recursos poéticos que cumplen una función, y el poeta aprende de ellos, los
renueva, inventa cosas parecidas, comparte con los demás su imaginación, para
aprender a mirar mejor, a explicar mejor las cosas, a entender los sentimientos
y la realidad (2015: 93 y 94).
Y sobre la «imaginación», García Montero se expresará
en estos términos:
… Imaginar significa hacernos
responsables de la realidad, corregirla, entretenernos con ella, sacarle partido
a los ojos del pensamiento. El pensamiento también tiene ojos, y cuando
aprendemos a mirar con ellos empezamos a ver las cosas que sólo viven en las
ciudades de la imaginación.
Las palabras son como una
diana y un dardo, como una caja de cartón y una pelota, objetos que nos ayudan
a jugar y que nos permiten vivir en las ciudades de la imaginación, asustándole
[sic; es ajustándole] las cuentas a la realidad. Pero, cuidado, piensa
que si quieres ser poeta deberás hacerte responsable de tus imaginaciones. A
veces resulta difícil vivir en el lugar adonde nos lleva la imaginación. Y es
que aprender a imaginar no significa solamente inventarse fantasmas, brujas y
marcianos.
¿Qué le has regalado a tu
madre por su cumpleaños? ¡Un frasco de colonia! Pero, ¿cuántos frascos de
colonia tiene tu madre? Por lo menos cuatro o cinco, porque casi todo el mundo
le regala colonia a las madres en su cumpleaños. Vamos a jugar con la
imaginación para ver si se nos ocurre otra cosa.
— ¿Qué le regalarías a la
luna por su cumpleaños?
— Una buena noche, sin
nubes en el cielo, para que pudiera brillar casi tanto como el sol (o por lo
menos como una bombilla).
— ¿Y qué le regalarías a
una señal de tráfico?
— Un abrigo, porque en las
esquinas de las calles hace mucho frío y es una lástima que las señales de
tráfico se pasen las noches tan desnudas y tan quietas (2015: 110 y 111).
El autor, a su vez, trata de sopesar el valor de la
«rima» en su exacta dimensión para la poesía infantil y ofrecerá al respecto su
punto de vista en la siguiente cita:
… La rima es igual que la luz que
entra por debajo de las puertas, la luz de la mañana que se filtra por las
cortinas. La rima entra en la imaginación y en la memoria, dibuja sobre la
arena de la fantasía los límites de una frase o un poema, el tiempo de un
poema. La rima se repite como el sonido de un reloj, se queda en nosotros como
el tic-tac de las palabras. Los versos parecen seres vivos, nos afectan igual
que un suceso o que un recuerdo importante.
La rima es también un modo
tradicional de conseguir la música de un poema. Cuando contamos una historia,
además de decir la verdad, necesitamos ser elocuentes, verosímiles, explicar
las cosas de forma que parezca sincero todo lo que decimos. Al llegar tarde a
casa o después de una travesura, hay que ofrecer explicaciones, tener un buen
motivo, contar nuestras excusas de manera convincente. Tan importante es lo que
decimos como la forma de decirlo, las palabras que utilizamos, el tono de voz,
los gestos. Sin que se note mucho, un poco de teatro siempre da buen resultado.
¿A que sí?
La música de los poemas
sirve precisamente para eso. La música es el tono de voz, el gesto de los
versos, la forma que tienen las palabras de llegar a sentirse necesarias y
convincentes. Escribir un poema es buscar una música, un ritmo, para que todas
las cosas sean oportunas, seductoras, llamativas, creíbles. Además de la rima, el
poeta puede controlar el número de sílabas que hay en cada uno de sus versos, para
que suenen con un ritmo preciso. Podemos escribir, por ejemplo:
El tambor de la lluvia
corre por la ventana.
En los cristales fríos
canta la luz del alba.
Estamos hablando de un
amanecer de invierno, con el frío de la calle pegado a la ventana y con la
lluvia golpeando en los cristales, que suenan como si fuesen un tambor. Los
gallos cantan al amanecer, así que podemos identificar su canción con la
primera luz del día. La luz del alba canta como un gallo. Dibujamos el espacio
y la música del poema a través de la rima y de las sílabas de los versos.
Ventana y alba riman con suavidad, en asonante, y los versos fluyen de una
forma natural, armoniosa, porque todos tienen siete sílabas:
El-tam-bor-de-la-llu-via
co-rre-por-la-ven-ta-na.
En-los-cris-ta-les-frí-os
can-ta-la-luz-del-al-ba.
Los poetas utilizamos el
idioma como si fuera un instrumento musical, una guitarra, un piano, haciendo
que las palabras suenen como teclas o cuerdas afinadas, para componer una
melodía, un tono de voz, una explicación personal y convincente de las
travesuras del mundo (2015: 116 y 117).
No obstante lo señalado, el autor advierte:
Pero te recuerdo que se
pueden escribir poemas sin rima y versos de distintas sílabas. Lo importante es
la música, conseguir llamar la atención con las palabras, dibujar una historia
y un tiempo en la imaginación, convertir una mirada o una idea en algo
memorable. A todo esto ayuda la rima, pero hay otras formas de lograrlo, porque
la música permite muchas libertades y las palabras tienen más recursos para
enseñarnos a mirar (2015: 117).
El libro de Luis García Montero está escrito con
sabiduría, y deja traslucir además en sus líneas el largo trajinar poético del
autor. De allí que no tiene pierde que lo lean no solo los niños, a quienes
está dirigido, sino también los lectores de cualquier edad que gusten de la
poesía.
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Nota: El dibujo de Luis García Montero, hecho por Grendel Sagrav, al inicio de
esta entrada, fue tomado de la siguiente dirección: https://lamazzolata.wordpress.com/tag/luis-garcia-montero/
Bibliografía
MONTERO, Luis García. Lecciones de poesía para niños
inquietos. Bogotá: Gimnasio Moderno, 2015. Recuperado de https://tinyurl.com/5n87s92h