En junio del 2024, salió el quinto número de la revista literaria virtual Suplemesian, dirigida
por el escritor colombiano Ricardo Arenas C., y en ella he publicado un texto de mi autoría titulado «El hombre que sobrevivió al rayo» (ver páginas 30
y 31 en el siguiente enlace: https://tinyurl.com/mr4732up).
Como indiqué antes, la publicación tiene un excelente diseño, es de libre
acceso y tiene una proyección internacional muy amplia en vista de que cuenta
con colaboradores de gran talento de diferentes países de Europa e Hispanoamérica.
Decidí incluir el texto en mención en este espacio
virtual para que los seguidores de mi blog que no se hayan enterado de la
noticia puedan disfrutarlo aquí también. Este es el microrrelato
aludido:
El hombre que sobrevivió al
rayo
Aquello ocurrió en 1908,
mientras el mayor Raymond combatía en África contra un grupo de soldados zulúes
que se sublevaron ante el dominio del ejército inglés. El rayo alcanzó a su
caballo y el mayor fue despedido de la montura hasta una distancia de tres
metros por aquel potente resplandor fugaz. El mayor Raymond quedó paralizado de
la cintura para abajo, pero luego de un año de terapia y rehabilitación se
recuperó, se retiró del ejército inglés y decidió escribir un libro sobre su
experiencia que tituló El hombre que sobrevivió al rayo, con el que le
fue muy bien, pues se vendió mucho, y con el dinero ganado se fue de vacaciones
a Canadá.
En el verano de 1914, en
Londres, decidió pescar en la ribera del río Támesis, cuando de pronto un rayo
cayó en el árbol sobre el que estaba recostado, la corriente lo alcanzó y le
paralizó el lado derecho de su cuerpo. Fueron necesarias nuevas sesiones de
terapias para su completa rehabilitación, que el mayor Raymond logró luego de
transcurridos un año y tres meses de aquel incidente. Durante ese tiempo,
escribió otro libro titulado El hombre que sobrevivió a un segundo rayo, que
también fue un éxito de ventas, y le ayudó a granjearse una fama creciente.
En 1920, el mayor Raymond
estaba paseando por un parque cerca de su vecindario londinense cuando otro
rayo lo alcanzó y lo paralizó permanentemente. Esta vez no pudo recuperar su
salud como en las anteriores ocasiones y, como estaba parcialmente inmovilizado,
contrató a un mecanógrafo para que le ayudase a escribir un tercer libro que
tituló El hombre que sobrevivió a un tercer rayo. Cuando se publicó fue
otro best seller inmediato, quisieron entrevistarlo en la radio y la
televisión, incluso los integrantes de una Tertulia Literaria lo contactaron
con ese fin, pero el mayor Raymond prefirió no dar declaraciones porque aún
estaba débil.
La gente no podía creer que
fuese cierta su historia, pensaban que era una tall tale (historia
exagerada) o alguna ocurrencia de un pariente inglés del barón de
Münchhausen, pero no era así. Eso le había ocurrido realmente al mayor Raymond.
Luego de que transcurrieron otros dos años, su cuerpo, severamente maltratado
por la fuerza impetuosa de la naturaleza, no pudo resistir más tiempo con vida
y murió. Mucha gente fue a su funeral, le ponían jazmines azules a su lápida,
que era la flor preferida del mayor Raymond, y dejaban también diversos tipos
de objetos colgados en la cruz de metal que coronaba su lápida. Y eso siguió
ocurriendo incluso varios años después de su muerte. Un vecino voluntarioso con
ciertas dotes proféticas no comprendidas llevó un pararrayos pequeño en un
macetero junto con un jazmín azul para dejarlo encima de la capa de cemento que
cubría la sepultura del difunto, pero un amigo del finado tomó a mal ello, lo
reprendió severamente y le pidió que se fuera llevándose lo que trajo.
Los años pasaron y, una
noche de invierno de 1926, un vagabundo que pasaba por el cementerio se cubrió
la cabeza con una manta al sentir la tormenta que se avecinaba y se puso a buen
recaudo. En eso, sintió que un rayo caía a unos veinte metros cerca de donde
estaba e hizo un ruido extraño y diferente al que era habitual. El vagabundo no
pudo resistir la curiosidad de ver dónde había aterrizado la chispa eléctrica
celestial y, después que la tormenta cesó, se acercó a averiguar lo que había
ocurrido. Cuando llegó al lugar, encontró una sepultura partida en dos por
aquella veloz línea de luz quemante que provenía del cielo, y en cuya lápida
ennegrecida y chamuscada aún se podía leer el nombre del difunto: Raymond
Storm.
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Nota: La foto, al inicio
de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: https://tinyurl.com/musv4kxp
Referencias bibliográficas
ROMÁN ENCINAS, Marco Antonio.
«El hombre que sobrevivió al
rayo». En Suplemesian. N° V, junio del 2024, pp.
30 y 31. Consultado el 19 de julio del 2024 en https://tinyurl.com/mr4732up