domingo, 30 de mayo de 2021

¿AMÉN?

RIVERA SAAVEDRA, Juan.

Lima, Editorial San Marcos / Recreo, 2009.

 

Esta obra de teatro me ha dejado muy gratamente impresionado. Y, si bien es cierto, no tiene en sus frases el grado de conocimiento de la condición humana que fluye a raudales en la obra de Shakespeare, sí consigue obtener el aliento y la inspiración suficientes para hilvanar algunas de ellas con un sello propio de gran factura, como veremos luego.

Lo que más me gusta de esta obra es la historia en sí porque al llegar a la página final del libro esta transmite esperanza, y muestra que las luchas persistentes por vivir en un mundo mejor nunca son en vano, y que la muerte no significa la extinción de la lucha, porque siempre habrá continuadores para las causas justas.

Y también me gusta el hecho de que la obra muestre que la ambición sin amor, o con un seudoamor mezclado con odio, no pueden tener un final feliz, algo que le ocurrió al menos a Tomás, como se verá posteriormente.

Esta obra cuenta la historia de Pedro el carpintero, quien vive en un pueblo vecino a Judea y es acusado injustamente por Tomás de haber quemado un granero. Al final, acusan a Pedro de otras calumnias adicionales y lo torturan. Y en vista de que el pueblo creía que era inocente, Tomás fingió ser su amigo y le ofreció ayudarlo a escapar, sin embargo, se trataba en realidad de una trampa del decurión para hacerlo quedar mal y poder mandarlo a asesinar sin guardar ningún sentimiento de culpa.

No obstante, el pueblo se entera de la verdad (que Tomás le quiso ocultar inútilmente a su esposa), y Ana le dice a su esposo Pedro que su muerte no fue en vano y que Simón continuará con su tarea.

Y la verdad era que Tomás quería ascender de decurión a centurión (p. 28) a toda costa y a todo costo para darle todo lo que desee a su esposa Betzabé y para ufanarse de sus logros. Y, su andar atropellado para lograr ese propósito, terminó con la muerte de Pedro, un hombre inocente y muy querido por su pueblo, alguien además que le salvó la vida a su esposa. Aquello que hizo Tomás ocasionó que a Betzabé la repudiara el pueblo, que presumía que ella tenía algo que ver con lo ocurrido, por lo que hasta le arrojaban piedras.

Hay más detalles interesantes en esta historia, muy bien contada, que te atrapan y generan suspenso por saber qué ocurrirá finalmente con Pedro: si se salvará o lo crucificarán o lo asesinarán de otro modo.

Este es uno de esos libros que no puedes soltar hasta terminarlo de leer. Y lo leí con mucho agrado y con muchos deseos por terminarlo lo más pronto posible. He leído antes dos obras teatrales de este autor (Los profesores y La justicia tarda, pero… ¡Qué calor!), ambos de buen nivel, pero que no me gustaron tanto como este. Con ¿Amén?, Juan Rivera Saavedra ha alcanzado la maestría.

En la obra se ha casi suprimido la descripción del espacio y el tiempo, y solo percibí en dos escenas que los personajes ayudaban a describir el ambiente en sus diálogos: cuando Juan dialogaba con su madre Ana y cuando Juan le pregunta a Ana en dónde se conocieron con su padre. Pero incluso en ambas escenas, la descripción aparece muy escueta. Veamos un ejemplo para que se entienda mejor lo dicho:

 

ANA:     Ven acá hijo. A ver si me ayudas con el aseo de la casa.

JUAN:   Está bien, madre. (Coge una rama y se pone a barrer) Con esta palma va a ser difícil que quede deslumbrante… No le queda una hoja.  (p. 36).

En donde la rama con que barre Juan permite ubicarnos en un tiempo antiguo en el que todavía no se conocía la escoba. Veamos ahora otro ejemplo:

 

JUAN:   (Entusiasmado) ¿Dónde se conocieron?

ANA:     Muy cerca de aquí…

JUAN:   (Feliz) ¿En el monte? ¡No lo puedo creer! ¿Cerca de la gruta del camino…?

ANA:     Así es… La tarde estaba linda… Nadie se podría imaginar que llovería… De pronto —en complicidad con tu padre— el cielo se oscureció, y… empezó a llover a cántaros. Tu padre al verme temblar se me acercó y me dijo…

 

RACONTO

En el monte

PEDRO: Está con frío, ¿verdad?... ¿Me permite? (Envuelve a Ana con su manto) Creo que podemos guarecernos en aquella gruta. (Ana y Pedro hacen lo indicado) Parece que la lluvia va a continuar… ¿No tiene miedo? (pp. 40 y 41).

En la cita anterior, se prefigura borrosamente un espacio rural, de clima pluvial y con accidentes geográficos como una gruta. Seguramente, el pueblo vecino a Judea era así. Queda claro que el autor prefiere prudentemente no arriesgar mucho cuando pinta el escenario, pero eso se podía haber resuelto consultando más fuentes sobre el asunto.

La supresión casi completa de la descripción le da más fluidez a la historia y permite que se lea más rápido el libro, pero, en contraposición, le resta trascendencia. Las descripciones pueden ser tediosas y requieren de un gran conocimiento de las costumbres y modos de vida y la geografía del pasado, cuando se ambientan en otros tiempos muy alejados del presente, pero, bien manejado, se salvan esos riesgos.

En este caso, se suprime esa descripción también seguramente para ahorrarse la necesidad de investigar más sobre el pasado de los lugares en donde se desarrolla la historia (el autor debe haber leído pocos libros sobre la antigua Roma, pues eso es lo que deja entrever claramente la ausencia mencionada). Pero la historia es tan buena que se resiente poco de esa falta, aunque, claro está, sí hubieran sido necesarios y convenientes algunos trazos adicionales con el fin de darle más consistencia histórica a lo narrado y pueda trascender en el tiempo.

Es tan escasa la referencia espacial y temporal en esta obra, que sería muy fácil transmutar la historia de este régimen totalitario, opresivo y abusivo, que mata al que piensa distinto (y está en la capacidad de despertar la conciencia de los demás y sublevar a su pueblo), a otros escenarios similares como la rusia comunista, la Cuba de Fidel Castro o la Venezuela de Maduro. Veamos sino las siguientes líneas:

 

TOMÁS: Tus amigos ya han sido detenidos… En estos momentos deben estar soltando todo lo que saben.

PEDRO: De qué se les acusa.

TOMÁS: De que se reúnen siempre contigo… que son tus cómplices.

PEDRO: ¡Pero cómo es posible eso!

TOMÁS: La Ley lo dice.

PEDRO: Ya te lo dije, decurión. Nos reunimos para hablar… de cualquier cosa.

TOMÁS: Pedro solo conozco dos formas de salvarte de la muerte; declarándote culpable, o cargándole la culpa a otro. ¡Elije!

PEDRO: O sea que la alternativa, en cualquier caso, es… mentir.

TOMÁS: No hay otra.

PEDRO: (Pausa breve) Ya te he dicho la verdad.

TOMÁS: ¡Estúpido!... Eres terco como buey que estando muerto insiste en pararse… ¿Y si te dijera, insensato, que son tus propios amigos los que te señalaron, qué opinarías?

PEDRO: (Pausa breve) Diría: no son mis amigos.

TOMÁS: ¡Estupendo! ¡Si no son tus amigos, mejor! ¡Acúsalos! Dime: «¡Ese es el cabecilla!» y te salvas. Mis jefes solo necesitan una cabeza para contentar al gobernador…

PEDRO: No sé mentir.

TOMÁS: (Desesperado) ¡Pedro, uno…! uno…! ¡Dame un nombre! ¡Cualquiera! ¡El que se te ocurra!

PEDRO: ¿Por qué estás tan desesperado…?

TOMÁS: (Leve sorpresa) No lo entenderías… Es una promesa.

PEDRO: ¿A quién?

TOMÁS: … A mi jefe.

PEDRO: ¿A tu jefe?

TOMÁS: ¡Me ha propuesto para ser centurión! ¡¿No lo entiendes, animal?! (Se da cuenta que ha hablado demasiado y calla) (pp. 27-29).

Este tipo de abusos también ocurrieron en Rusia y siguen ocurriendo en los regímenes comunistas de Cuba, Venezuela y Nicaragua. De allí que esta obra tenga vigencia universal y se constituya, sin proponérselo el autor, en un documento de denuncia contra todo gobierno despótico y que abusa del poder.

Un sistema de gobierno no debe decidir el destino de los hombres: es otro de los mensajes de la obra. Y quienes intenten obrar forzando la realidad, mintiendo y calumniando tendrán que atenerse a las consecuencias de sus actos, tal vez a causa de una justicia universal o divina que pueda eventualmente operar para el caso o por obra del pueblo.

Un hecho que deja percibir lo señalado se observa en el trato que da Betzabé a su esposo Tomás, a quien interroga sobre lo ocurrido con Pedro, y como este le miente reiteradamente para no confesar la verdad, que su esposa ya sabía porque el pueblo también lo sabía y la trataban mal a ella por tal razón, y como finalmente Tomás reconoce lo hecho, pero arguye que lo hizo para lograr el ascenso a centurión y poder darle a ella todo lo que quería, Betzabé decide dejarlo porque no percibe verdadero amor en él y se alegra de que no le haya dado un hijo.

Y estas son las frases del autor que rezuman un gran conocimiento de la condición humana:

 

SIMÓN: (En tono de sentencia) …. ¿qué es preferible: sufrir por callar, o sufrir por decir la verdad? (p. 49).

 

DAVID: (En tono de sentencia) Mientras en el mundo haya un injusto, pequeño David, habrá un justo. En la vida no existe la unidad absoluta. Por eso: no hay luz sin sombra, vida sin muerte, bien sin mal… (p. 50).

 

ANDRÉS: … Duda de aquel que mucho dice ser tu amigo… (p. 61).

Un último punto que quería tocar era el título de la obra. Considero que el autor debió demorarse un poco más en buscar un mejor título para su libro, ¿Amen? no lo es. No llama la atención, resulta incompleto, insuficiente, ambiguo, y solo se puede entender cuando lees el inicio de la escena 16, que es la última del libro, y que paso a citar:

 

En el velorio, ante el cadáver de Pedro, el carpintero

ANA:     Pedro, mi dulce esposo… ¿A todo esto tendremos que decir amén…? ¡No! Simón continuará la tarea. Tu muerte no ha sido en vano, Pedro… No ha sido en vano… (pp. 75 y 76).

Leyendo esa cita, recién queda claro, que el título ¿Amen? alude a la muerte de Pedro que, como ya señalamos antes, no fue en vano y que su lucha será continuada por Simón.

Pero insisto en que, siendo su obra meritoria y recomendable de leer, merecía un mejor título, que aluda al espacio y tiempo en que se ubica la obra y que no dependa tanto de su contenido para entenderlo. Hasta algo como El decurión ambicioso y el carpintero noble llamaría más la atención y ayudaría a su mayor difusión.

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Nota: La foto del libro, al inicio de esta entrada, fue obtenida de la siguiente dirección electrónica: https://tinyurl.com/yx8saxjn

viernes, 16 de abril de 2021

VALLEJO Y EL HUMOR II

Y concuerdo con lo sostenido en el estudio crítico titulado «Y también el humor en la poesía de Vallejo», de Jorge Díaz Herrera (ya mencionado en el anterior artículo), en las siguientes líneas: «Tiene, pues, su propia lógica la vida y su propia lógica la poesía; pero resulta difícil anular o desechar la interrelación de ambas para apreciarlas, para valorarlas mejor» (pp. 90 y 91).

Y eso lleva a formularme las siguientes preguntas: ¿Y por qué tendría que romperse el vínculo natural que dio nacimiento a un poema? ¿Acaso no nació esa creación de una experiencia vital? ¿Acaso no surgen de experiencias vitales propias o ajenas las obras literarias? ¿Y acaso no es la tradición literaria, de la que también surgen las creaciones, la suma de muchas experiencias vitales plasmadas en papel?

El siguiente fragmento del estudio crítico de Díaz Herrera explica mejor esa interrelación entre la lógica de la vida y la poética:

 

Otro elemento necesario que nos permite, si no la mayor valoración por lo menos la mayor comprensión del poema, es el conocimiento de la atmósfera sicológica, social cotidiana del poeta. De lo que aconteció en su vida de puertas para adentro. De lo que, por no trascender a su vida pública, no trascendió al universo de sus lectores. De los acentos, de los tonos familiares. De su lógica personal. Ilustraré esta reflexión con el siguiente referente anecdótico: Ya ganada un tanto la confianza de Natividad, en mi visita a Santiago de Chuco, empujado por la audacia propia de los jóvenes que quieren saberlo todo, de repente le pregunté a la hermana de Vallejo, entre otras cosas, que qué es lo que ella habría querido decir, si ella hubiera sido el poeta, con aquel verso de «Poemas humanos»: «Confianza en el anteojo, no en el ojo». Natividad me respondió con soltura que qué confianza podría tener ella en sus ojos si era miope. La respuesta me hizo reír y Natividad compartió la risa; más aún cuando le hice ver que la interpretación de ese verso había dado origen a las más variadas y contrapuestas versiones entre mis amigos, pero muy alejadas de la que yo acababa de escuchar (1994: 89 y 90).

Y otro párrafo del estudio crítico de Díaz Herrera que va en consonancia con lo mencionado antes es el siguiente:

 

 Antenor Orrego también solía contar cómo, cierta mañana, su amigo César llegó demudado a referirle, aún en Trujillo, la conmoción que le había causado el sueño que tuvo esa noche: Vallejo se había visto muerto en París. De aquí que cuando después escribe: «Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo», tenía efectivamente el recuerdo de su muerte en París que, aunque acaecida tan sólo en sueños, era al fin de cuentas un recuerdo en su experiencia. Después, la propia vida o la propia muerte del poeta demostrarían que aquello resultó ser una premonición (1994: 90).

Lo señalado viene a propósito de haber encontrado tres interpretaciones distintas de los últimos dos versos del poema XIV de Trilce hechas por tres críticos literarios distintos, a los que cita Susana Reisz en su libro Teoría literaria. Una propuesta,

Pero antes de citarlos, considero conveniente reproducir íntegramente el poema XIV de Trilce, tomado del libro Poesía completa, de César Vallejo:

 

Cual mi explicación.

Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles (1988: 77 y 78).

Y las tres interpretaciones que recoge Susana Reisz en su libro son las del francés André Coyné, del peruano Alberto Escobar y del chileno Eduardo Neale-Silva como pasaremos a ver:

 

[1] El final del poema es característico: la afirmación repentina de otra certidumbre, también inevitable pero de índole familiar, biográfica, nos ofrece un ejemplo más de esas conclusiones que no concluyen nada:

 

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles.

(Coyné 1957, 117-118)

 

[2] La introducción de cada una de esas oraciones con el relacionante pero, denota su función adversativa respecto de todo el discurso anterior. Insufla un aliento sarcástico que orea la imagen elaborada en los nueve versos precedentes, como si pretendiera despojarla de grandilocuencia y reducirla a lo exiguo del derecho reconocido al hombre concreto. (Escobar 1973, 138)

 

[3] En los últimos siete versos recién comentados hay, sin duda, una actitud de arrogancia y una severísima condenación de un medio envilecido. Pero esta actitud apolínea la contrarrestan luego dos tristes consideraciones: nada puede el provinciano en la capital, ni caben protestas demasiado violentas cuando se tiene que resguardar un sueldo, por misérrimo que sea. (Neale-Silva 1975, 558) (1989: 218-219).

Si estuviera vivo Vallejo, al leer tan divergentes interpretaciones de su poema, tal vez se volvería a reír con muchas ganas y con despreocupación infantil del asunto, y tal vez volvería a decir: «El que puede comprender, que comprenda».

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Nota: La foto de la escultura César Vallejo (2001), de Miguel Baca Rossi, que se encuentra en la Biblioteca Nacional, y que acompaña este artículo, fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.

 

Bibliografía

 

DÍAZ HERRERA, Jorge. «Y también el humor en la poesía de Vallejo». En:  Vallejo, su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Universidad de Lima, agosto 25-28 de 1992. Lima: Universidad de Lima, 1994.

MORE, Ernesto. Vallejo en la encrucijada del drama peruano. Lima: Librería y Distribuidora Bendezú, 1988.

REISZ DE RIVAROLA, Susana. Teoría literaria. Una propuesta. Lima: Fondo Editorial de la PUCP, 1989.

VALLEJO, César. Poesía completa. Trujillo: Cicla-Concytec, 1988.