He
recopilado seis microrrelatos relacionados con el tema del fusilamiento, cuyo
orden se rige por la subjetividad del compilador y no se relaciona con su mayor
o menor calidad, aunque sí hemos cuidado que los textos seleccionados la
tengan. Cada texto procede de un autor distinto, y ha sido tomado de un libro de
microficciones en específico o de internet, detalle que se especificará al
final de cada microficción.
(1)
«Fusilamiento
preventivo», de Ginés Cutillas1
«Sabemos su secreto. Si no mata a Rubén Ramos lo haremos
público». Eso era todo lo que ponía la nota. Ser el hombre más poderoso del
país conlleva que de vez en cuando te lleguen anónimos como este. Por más que
pienso no se me ocurre quién ha podido escribir esta nota. Ni siquiera conozco
a ese tal Rubén. ¿Qué interés tienen en su muerte? Yo por si acaso lo he
mandado arrestar y fusilar. No tenía elección, imaginen el escándalo si mi
secreto se hiciera público. Por otra parte tampoco sé muy bien a qué secreto se
refieren.
1 Tomado de la página web
de David Tomé (2006) (véase: https://goo.su/Dp7T).
(2)
«El fusilado», de Andrés
Neuman2
Cuando Moyano, con las manos atadas y la nariz fría, escuchó
el grito de «Preparen», recordó de repente que su abuelo español le había
contado que en su país solían decir «Carguen». Y, mientras recordaba a su
difunto abuelo, le pareció irreal que las pesadillas se cumplieran. Eso pensó
Moyano: que solía invocarse, quizá cobardemente, el supuesto peligro de
realizar nuestros deseos, y solía omitirse la posibilidad siniestra de consumar
nuestros temores. No lo pensó en forma sintáctica, palabra por palabra, pero sí
recibió el fulgor ácido de su conclusión: lo iban a fusilar y nada le resultaba
más inverosímil, pese a que, en sus circunstancias, le hubiera debido parecer
lo más lógico del mundo. ¿Era lógico escuchar «Apunten»? Para cualquier
persona, al menos para cualquier persona decente, esa orden jamás llegaría a
sonar racional, por más que el pelotón entero estuviese formado con los fusiles
perpendiculares al tronco, como ramas de un mismo árbol, y por más que a lo
largo de su cautiverio el general lo hubiese amenazado con que le pasaría
exactamente lo que le estaba pasando. Moyano se avergonzó de la poca sinceridad
de este razonamiento, y de la impostura de apelar a la decencia. ¿Quién a punto
de ser acribillado podía preocuparse por semejante cosa?, ¿no era la
supervivencia el único valor humano, o quizá menos que humano, que ahora le
importaba en realidad?, ¿estaba tratando de mentirse?, ¿de morir con alguna
sensación de gloria?, ¿de distinguirse moralmente de sus verdugos como una
patética forma de salvación en la que él nunca había creído? No pensaba todo
esto Moyano, pero lo intuía, lo entendía, asentía mentalmente como ante un
dictado ajeno. El general aulló «¡Fuego!», él cerró los ojos, los apretó tan
fuerte que le dolieron, buscó esconderse de todo, de sí mismo también, por
detrás de los párpados, le pareció que era innoble morir así, con los ojos
cerrados, que su mirada final merecía ser al menos vengativa, quiso abrirlos,
no lo hizo, se quedó inmóvil, pensó en gritar algo, en insultar a alguien,
buscó un par de palabras hirientes y oportunas, no le salieron. Qué muerte más
torpe, pensó, y de inmediato: ¿Nos habrán engañado?, ¿no morirá así todo el
mundo, como puede? Lo siguiente, lo último que escuchó Moyano, fue un estruendo
de gatillos, mucho menos molesto, más armónico incluso, de lo que siempre había
imaginado.
Eso debió ser lo último, pero escuchó algo más. Para su
asombro, para su confusión, las cosas siguieron sonando. Con los ojos todavía
cerrados, pegados al pánico, escuchó al general pronunciando en voz bien alta
«¡Maricón, llorá, maricón!», al pelotón retorciéndose de risa, oyó el canto de
los pájaros, olió temblando el aire delicioso de la mañana, saboreó la saliva
seca entre los labios. «¡Llorá, maricón, llorá!», le seguía gritando el general
cuando Moyano abrió los ojos, mientras el pelotón se dispersaba dándole la
espalda, comentando la broma, dejándolo ahí tirado, arrodillado entre el barro,
jadeando, todo muerto.
2 Tomado de la página web
de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (véase: https://goo.su/UyfMhex).
(3) «Luz», de Patricia Nasello3
El Paredón de los Fusilados es un mal sitio de
arribo, sin embargo, allí está él. Llegó con esa soledad absoluta de quien, en
el afán de negar, hasta cuando le mostraron a su ángel custodio declaró que no
lo conocía.
De pronto, una sombra acribillada se desprende del muro y sale a su
encuentro. Se trata de una oscuridad de obsidiana, de una negrura de dragón
caído; de un espanto que, sin embargo, habla con alianza en las heridas:
—Te perdono —dice.
3 Tomado de la página web Inmediaciones
(véase: https://goo.su/UK1bSA).
(4)
«Piensa
en nosotros», de Gabriel García Márquez4
El pelotón de fusilamiento lo sacó
de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo
nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien
protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a
través del yermo helado. El pobre prisionero, que solo llevaba una chaqueta de
lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado,
mientras se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el
comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:
—Coño, acaba ya de hacerte el
mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.
4 Tomado de la página web
de Ciudad Seva (véase: https://goo.su/mKO0Azo).
(5)
«De fusilamientos», de Julio
Torri5
El fusilamiento es una institución que adolece
de algunos inconvenientes en la actualidad.
Desde luego, se practica a las primeras horas
de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el
patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos
más notables de nuestro tiempo.
El rocío de las yerbas moja lamentablemente
nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de
nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.
La mala educación de los jefes de escolta
arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido
definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y
noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas
experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los
hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato
de quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de
mandar y castigar.
Los soldados rasos presentan a veces deplorable
aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de
polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que
estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica
que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los
ojos.
Por otra parte, cuando se pide como postrera
gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen
un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece
otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez
de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad
del licor que les desgarra las entrañas.
El público a esta clase de diversiones es siempre
numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y
de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales
mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin
artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las
burdas frases de los embaucadores.
Y luego, la carencia de especialistas de
fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes
tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de
conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo
teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur,
esas expresiones de tan penosa lectura como «visiblemente conmovido», «su
rostro denotaba la contrición», «el terrible castigo», etcétera.
Si el Estado quiere evitar eficazmente las
evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni
eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores
enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva
todavía cierta importancia.
5 Tomado de la página web Ciudad Seva (véase: https://goo.su/CsyR0i2).
(6) «Última voluntad», de Marco Antonio Román Encinas6
Cuenta la historia que el escritor condenado esperaba en su celda el momento de su ejecución. Pidió como última voluntad que le permitan redactar su testamento y beber una copa de pisco. Le trajeron papel, un lapicero azul y una copa de plástico con el pisco ya servido. El comandante miró su reloj pulsera Casio y le dio de plazo una hora para que terminase de redactar el documento. Luego lo dejaron solo.
El escritor condenado no tenía bienes ni parientes, lo había perdido todo en el huaico ocurrido en Kuntur Llacta. No tenía necesidad de redactar su testamento, lo que en realidad quería es escribir un microrrelato, pero temía que el texto fuese tirado al tacho por el comandante al dárselo si le confesaba eso (¿qué puede saber un militar, y no tendría por qué saberlo tampoco, respecto a un tema estrictamente literario?). Un testamento, en cambio, tiene olor a muerte en cada letra, y es un documento que inspira respeto.
Él quería ser inmortal y ahora ya no lo sería porque dentro de una hora lo fusilarían, salvo que haga algo por lo que merezca por ello la gloria antes que el olvido. Él creía como Huidobro que el poeta y todo escritor es un pequeño dios, y se propuso como él hacer florecer la rosa, a su manera, en una narración breve. Decidió jugarse el todo por el todo. Tenía una hora para escribir un microrrelato que le garantizara la inmortalidad. Haría su mejor esfuerzo. Cuando terminó, el escritor condenado le entregó el supuesto testamento en un sobre al comandante encargado de su fusilamiento, este miró nuevamente su reloj Casio, faltaba un minuto para que se cumpliera el plazo, le sorprendió la puntualidad del reo. Enseguida, guardó el sobre en el bolsillo de su camisa sin revisarlo, y llamó al soldado Alberto.
El escritor condenado fue llevado al paredón levantado cerca de un bosque, el cual no tenía alambradas. El pelotón de fusilamiento se ubicó en su posición tradicional, a escasos cinco metros del desahuciado. El comandante miró nuevamente su reloj Casio, eran las siete de la noche: había llegado el momento de la ejecución ordenada por un superior. Luego empezó a pronunciar a grandes voces el tradicional:
—¡Pelotón, preparen, apunten…
No lo dejó terminar la frase una terrible tormenta que cayó sobre el poblado, y segundos después un rayo partió en dos el poste que sostenía la caja principal de luz de la zona y todo quedó en tinieblas, pues en aquel tiempo no existían todavía los grupos electrógenos.
El escritor condenado, muy feliz de que las cosas salieran según lo que esperaba, ya sabía lo que tenía que hacer y corrió lo más que pudo para salvarse. Cuando los soldados consiguieron unas velas para alumbrarse, ya era tarde, este había huido. El comandante, muy incómodo por la situación, mandó a los soldados a perseguir al escritor condenado, sospechaba que no debía estar muy lejos. Cuando vio marchar a sus subordinados deprisa cargando sus fusiles, miró su reloj Casio otra vez, eran las siete y treinta y cuatro minutos. Se acordó del sobre que le dieron, lo abrió, lo leyó rápidamente y quedó atónito de la impresión: era la breve historia de un hombre que al momento de ser fusilado salvó la vida porque una tormenta repentina se desató en la zona de ejecución, se fue la luz a causa de un rayo providencial y este aprovechó la ocasión para huir por el bosque. Como punto final del manuscrito, había una pequeña rosa dibujada en el papel.
Desde entonces se conoce aquel texto como El Microrrelato Milagroso porque a través de él el escritor condenado se salvó de morir a través de un ardid literario propio de los dioses o pequeños dioses para ser más precisos. El manuscrito de una sola hoja redactado con lapicero azul se conserva en una urna en la Casa de la Literatura de Kuntur Llacta como una reliquia de un micronarrador devenido en un pequeño dios.
6 Tomado del libro La reprensión de Caperucita y otros microrrelatos (2025), de Marco Antonio Román Encinas.
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Nota: La imagen de Los fusilamientos o el 3 de mayo en Madrid, obra
pictórica de Francisco de Goya, fue tomada de la siguiente dirección
electrónica: https://goo.su/hPaonb
Bibliografía
Cutillas, G. (2006). Fusilamiento
preventivo. davidtome.com.
https://goo.su/Dp7T
García Márquez, G. (s/f). Piensa en nosotros. Ciudad Seva. https://goo.su/mKO0Azo
Nasello, P. (2021, 5 de enero). Luz. Inmediaciones. https://goo.su/UK1bSA.
Neuman, A. (s/f). El fusilado. Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes. https://goo.su/UyfMhex
Román Encinas, M. A. (2025). La
reprensión de Caperucita y otros microrrelatos. Amazon KDP. amazon.com
Torri, J. (s/f). De
fusilamientos. Ciudad Seva. https://goo.su/CsyR0i2

