viernes, 24 de julio de 2026

SEIS MICRORRELATOS SOBRE FUSILAMIENTOS

He recopilado seis microrrelatos relacionados con el tema del fusilamiento, cuyo orden se rige por la subjetividad del compilador y no se relaciona con su mayor o menor calidad, aunque sí hemos cuidado que los textos seleccionados la tengan. Cada texto procede de un autor distinto, y ha sido tomado de un libro de microficciones en específico o de internet, detalle que se especificará al final de cada microficción. 

 

(1)   «Fusilamiento preventivo», de Ginés Cutillas1

 

«Sabemos su secreto. Si no mata a Rubén Ramos lo haremos público». Eso era todo lo que ponía la nota. Ser el hombre más poderoso del país conlleva que de vez en cuando te lleguen anónimos como este. Por más que pienso no se me ocurre quién ha podido escribir esta nota. Ni siquiera conozco a ese tal Rubén. ¿Qué interés tienen en su muerte? Yo por si acaso lo he mandado arrestar y fusilar. No tenía elección, imaginen el escándalo si mi secreto se hiciera público. Por otra parte tampoco sé muy bien a qué secreto se refieren.

 

1 Tomado de la página web de David Tomé (2006) (véase: https://goo.su/Dp7T).  

 

(2)   «El fusilado», de Andrés Neuman2

 

Cuando Moyano, con las manos atadas y la nariz fría, escuchó el grito de «Preparen», recordó de repente que su abuelo español le había contado que en su país solían decir «Carguen». Y, mientras recordaba a su difunto abuelo, le pareció irreal que las pesadillas se cumplieran. Eso pensó Moyano: que solía invocarse, quizá cobardemente, el supuesto peligro de realizar nuestros deseos, y solía omitirse la posibilidad siniestra de consumar nuestros temores. No lo pensó en forma sintáctica, palabra por palabra, pero sí recibió el fulgor ácido de su conclusión: lo iban a fusilar y nada le resultaba más inverosímil, pese a que, en sus circunstancias, le hubiera debido parecer lo más lógico del mundo. ¿Era lógico escuchar «Apunten»? Para cualquier persona, al menos para cualquier persona decente, esa orden jamás llegaría a sonar racional, por más que el pelotón entero estuviese formado con los fusiles perpendiculares al tronco, como ramas de un mismo árbol, y por más que a lo largo de su cautiverio el general lo hubiese amenazado con que le pasaría exactamente lo que le estaba pasando. Moyano se avergonzó de la poca sinceridad de este razonamiento, y de la impostura de apelar a la decencia. ¿Quién a punto de ser acribillado podía preocuparse por semejante cosa?, ¿no era la supervivencia el único valor humano, o quizá menos que humano, que ahora le importaba en realidad?, ¿estaba tratando de mentirse?, ¿de morir con alguna sensación de gloria?, ¿de distinguirse moralmente de sus verdugos como una patética forma de salvación en la que él nunca había creído? No pensaba todo esto Moyano, pero lo intuía, lo entendía, asentía mentalmente como ante un dictado ajeno. El general aulló «¡Fuego!», él cerró los ojos, los apretó tan fuerte que le dolieron, buscó esconderse de todo, de sí mismo también, por detrás de los párpados, le pareció que era innoble morir así, con los ojos cerrados, que su mirada final merecía ser al menos vengativa, quiso abrirlos, no lo hizo, se quedó inmóvil, pensó en gritar algo, en insultar a alguien, buscó un par de palabras hirientes y oportunas, no le salieron. Qué muerte más torpe, pensó, y de inmediato: ¿Nos habrán engañado?, ¿no morirá así todo el mundo, como puede? Lo siguiente, lo último que escuchó Moyano, fue un estruendo de gatillos, mucho menos molesto, más armónico incluso, de lo que siempre había imaginado.

 

Eso debió ser lo último, pero escuchó algo más. Para su asombro, para su confusión, las cosas siguieron sonando. Con los ojos todavía cerrados, pegados al pánico, escuchó al general pronunciando en voz bien alta «¡Maricón, llorá, maricón!», al pelotón retorciéndose de risa, oyó el canto de los pájaros, olió temblando el aire delicioso de la mañana, saboreó la saliva seca entre los labios. «¡Llorá, maricón, llorá!», le seguía gritando el general cuando Moyano abrió los ojos, mientras el pelotón se dispersaba dándole la espalda, comentando la broma, dejándolo ahí tirado, arrodillado entre el barro, jadeando, todo muerto.

 

2 Tomado de la página web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (véase: https://goo.su/UyfMhex).

 

(3)   «Luz», de Patricia Nasello3

 

El Paredón de los Fusilados es un mal sitio de arribo, sin embargo, allí está él. Llegó con esa soledad absoluta de quien, en el afán de negar, hasta cuando le mostraron a su ángel custodio declaró que no lo conocía.

     De pronto, una sombra acribillada se desprende del muro y sale a su encuentro. Se trata de una oscuridad de obsidiana, de una negrura de dragón caído; de un espanto que, sin embargo, habla con alianza en las heridas:

     —Te perdono —dice.

 

3 Tomado de la página web Inmediaciones (véase: https://goo.su/UK1bSA). 

 

 

(4)   «Piensa en nosotros», de Gabriel García Márquez4

 

El pelotón de fusilamiento lo sacó de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a través del yermo helado. El pobre prisionero, que solo llevaba una chaqueta de lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado, mientras se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:

—Coño, acaba ya de hacerte el mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.

 

4 Tomado de la página web de Ciudad Seva (véase: https://goo.su/mKO0Azo). 

 

(5)   «De fusilamientos», de Julio Torri5

 

El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.

Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.

El rocío de las yerbas moja lamentablemente nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.

La mala educación de los jefes de escolta arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato de quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de mandar y castigar.

Los soldados rasos presentan a veces deplorable aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los ojos.

Por otra parte, cuando se pide como postrera gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad del licor que les desgarra las entrañas.

El público a esta clase de diversiones es siempre numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las burdas frases de los embaucadores.

Y luego, la carencia de especialistas de fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur, esas expresiones de tan penosa lectura como «visiblemente conmovido», «su rostro denotaba la contrición», «el terrible castigo», etcétera.

Si el Estado quiere evitar eficazmente las evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva todavía cierta importancia.

 

5 Tomado de la página web Ciudad Seva (véase: https://goo.su/CsyR0i2).



(6)   «Última voluntad», de Marco Antonio Román Encinas6


    Cuenta la historia que el escritor condenado esperaba en su celda el momento de su ejecución. Pidió como última voluntad que le permitan redactar su testamento y beber una copa de pisco. Le trajeron papel, un lapicero azul y una copa de plástico con el pisco ya servido. El comandante miró su reloj pulsera Casio y le dio de plazo una hora para que terminase de redactar el documento. Luego lo dejaron solo.

    El escritor condenado no tenía bienes ni parientes, lo había perdido todo en el huaico ocurrido en Kuntur Llacta. No tenía necesidad de redactar su testamento, lo que en realidad quería es escribir un microrrelato, pero temía que el texto fuese tirado al tacho por el comandante al dárselo si le confesaba eso (¿qué puede saber un militar, y no tendría por qué saberlo tampoco, respecto a un tema estrictamente literario?). Un testamento, en cambio, tiene olor a muerte en cada letra, y es un documento que inspira respeto.

     Él quería ser inmortal y ahora ya no lo sería porque dentro de una hora lo fusilarían, salvo que haga algo por lo que merezca por ello la gloria antes que el olvido. Él creía como Huidobro que el poeta y todo escritor es un pequeño dios, y se propuso como él hacer florecer la rosa, a su manera, en una narración breve.  Decidió jugarse el todo por el todo. Tenía una hora para escribir un microrrelato que le garantizara la inmortalidad. Haría su mejor esfuerzo. Cuando terminó, el escritor condenado le entregó el supuesto testamento en un sobre al comandante encargado de su fusilamiento, este miró nuevamente su reloj Casio, faltaba un minuto para que se cumpliera el plazo, le sorprendió la puntualidad del reo. Enseguida, guardó el sobre en el bolsillo de su camisa sin revisarlo, y llamó al soldado Alberto.

    El escritor condenado fue llevado al paredón levantado cerca de un bosque, el cual no tenía alambradas. El pelotón de fusilamiento se ubicó en su posición tradicional, a escasos cinco metros del desahuciado. El comandante miró nuevamente su reloj Casio, eran las siete de la noche: había llegado el momento de la ejecución ordenada por un superior. Luego empezó a pronunciar a grandes voces el tradicional:

       —¡Pelotón, preparen, apunten…

    No lo dejó terminar la frase una terrible tormenta que cayó sobre el poblado, y segundos después un rayo partió en dos el poste que sostenía la caja principal de luz de la zona y todo quedó en tinieblas, pues en aquel tiempo no existían todavía los grupos electrógenos.

      El escritor condenado, muy feliz de que las cosas salieran según lo que esperaba, ya sabía lo que tenía que hacer y corrió lo más que pudo para salvarse. Cuando los soldados consiguieron unas velas para alumbrarse, ya era tarde, este había huido. El comandante, muy incómodo por la situación, mandó a los soldados a perseguir al escritor condenado, sospechaba que no debía estar muy lejos. Cuando vio marchar a sus subordinados deprisa cargando sus fusiles, miró su reloj Casio otra vez, eran las siete y treinta y cuatro minutos. Se acordó del sobre que le dieron, lo abrió, lo leyó rápidamente y quedó atónito de la impresión: era la breve historia de un hombre que al momento de ser fusilado salvó la vida porque una tormenta repentina se desató en la zona de ejecución, se fue la luz a causa de un rayo providencial y este aprovechó la ocasión para huir por el bosque. Como punto final del manuscrito, había una pequeña rosa dibujada en el papel.

       Desde entonces se conoce aquel texto como El Microrrelato Milagroso porque a través de él el escritor condenado se salvó de morir a través de un ardid literario propio de los dioses o pequeños dioses para ser más precisos. El manuscrito de una sola hoja redactado con lapicero azul se conserva en una urna en la Casa de la Literatura de Kuntur Llacta como una reliquia de un micronarrador devenido en un pequeño dios.


6 Tomado del libro La reprensión de Caperucita y otros microrrelatos (2025), de Marco Antonio Román Encinas.


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Nota: La imagen de Los fusilamientos o el 3 de mayo en Madrid, obra pictórica de Francisco de Goya, fue tomada de la siguiente dirección electrónica: https://goo.su/hPaonb

 

Bibliografía

 

Cutillas, G. (2006). Fusilamiento preventivo. davidtome.com. https://goo.su/Dp7T

García Márquez, G. (s/f). Piensa en nosotros. Ciudad Seva. https://goo.su/mKO0Azo

Nasello, P. (2021, 5 de enero). Luz. Inmediaciones. https://goo.su/UK1bSA

Neuman, A. (s/f). El fusilado. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. https://goo.su/UyfMhex

Román Encinas, M. A. (2025). La reprensión de Caperucita y otros microrrelatos. Amazon KDP. amazon.com 

Torri, J. (s/f). De fusilamientos. Ciudad Seva. https://goo.su/CsyR0i2

 

domingo, 31 de mayo de 2026

DIARIO DE UNA NOVICIA

 

García Tirado, Evelyn

Publicado en Wattpad, 2019

 

Me sorprendió mucho descubrir este libro virtual porque hablaba del Hogar de la Paz de las Misioneras de la Caridad que en sus líneas toma el nombre de Casa Hogar de la Madre Teresa de Calcuta, la cual se ubica en la esquina de la avenida Aviación y la avenida 28 de Julio, en el distrito de La Victoria, en Lima, Perú, a unas tres cuadras de donde yo viví.

Este hogar fue creado como parte de la misión en el mundo de la madre Teresa de Calcuta, quien visitó el Perú en cuatro oportunidades (1973, 1979, 1982 y 1989). Se cuenta que, en su primer viaje, al recorrer las calles del Mercado Mayorista de La Parada y toparse con muchos indigentes en su camino pronunció la frase: «Esto es otra Calcuta», que, al parecer, fue el germen para la fundación de dicho convento en esa zona, que se convirtió en el primero de su tipo en el Perú (hay otros Hogares de la Paz en Chimbote y Cusco) y posiblemente en Sudamérica.

Por eso, me emocionaba haber encontrado este libro escrito con sencillez, claridad y con mucha humildad. Se percibe en sus líneas el influjo bienhechor del convento y su fundadora en la obra. El libro tiene un valor testimonial porque cuenta, en trece capítulos, la experiencia de la autora en el año 2015, cuando tenía 16 años, como novicia en la Casa Hogar de la Madre Teresa de Calcuta.

Voy a citar un pasaje en donde se describe el recibimiento que le ofrecen a Evelyn en la Casa Hogar que trasluce lo que acabo de indicar:


Después la hermana Mari Trini sacó de un armario una especie de collar hawaiano, hecho de flores de papel metálico de todos los colores y me lo puso enseguida. Me mostraron una pizarra en la que una de las novicias había dibujado una rosa hermosísima y una Estrella de Belén (con una cola gigante), sobre una colina llena de verdor. Debajo de la estrella decía: «¡Bienvenida, Evelyn!», con una letra preciosa. Todas se pusieron a cantar un himno religioso con el que me deseaban alegría, paz y una relación cercana con el Señor. Fue un momento increíble, creo que pocas veces en mi vida me he sentido así de contenta. Las miraba y ellas tenían una sonrisa de oreja a oreja dibujada en sus rostros. En sus ojos realmente se leía una alegría sincera. Luego vino una canción de bienvenida en la que debían dar palmas mientras entonaban los versos. ¡Cómo nos reímos entonces!

A mí, de entre todas las chicas, la que más me agradó fue Angelina, quien era una jovencita suave pero firme. Se comportaba con la calidez y con la seriedad de un ángel. Se veía enseguida que era una persona de mucha oración (2019: cap. 2).


Hogar de la Paz de las Misioneras de la Caridad en el distrito de La Victoria.

Este libro, a su vez, ayuda a romper algunos mitos: el primero, recuerdo que un escritor peruano cuyo nombre prefiero omitir dijo alguna vez que no se podían escribir buenas historias o interesantes allí donde no pasaba nada, dónde no había alguna maldad o palomillada que contar. Este libro demuestra lo contrario porque la vida transcurre aquí sin mayores sobresaltos.

El segundo mito que ayuda a romper este libro es que no es una condición «sine qua non» complicar y enrevesar la trama de una historia para escribir relatos que puedan interesar a los lectores porque el desarrollo de esta historia es cronológicamente lineal debido a que adopta el formato de los diarios personales.

El tercer mito es que no hay temas que estén excluidos «per se» del abanico de opciones con que puede contar el escritor y que para dotarlo de espesor literario todo dependerá de la capacidad de observación del autor, porque incluso en un lugar sagrado en donde aparentemente no ocurre nada, pasan por situaciones más sutiles que requieren solamente que les prestemos atención para descubrir el valor y la trascendencia que puedan tener.

Pero hay que ser claros en esto: este libro seguramente no podrá ser disfrutado por los ateos o agnósticos o por la gran mayoría de ellos salvo que estén envueltos en un proceso de dudas y posible conversión, porque su descreimiento hará que, en su lectura, permanentemente cuestionadora y cargada de prejuicios, no pueda encontrar deleite en realidades que no se acomodan a su idea preconcebida del mundo.

Lo que resulta interesante del libro es saber cómo es la vida de una novicia en ese convento, su rutina diaria, los alimentos que comen, los libros que leen, los hábitos que tienen, la ayuda que ofrecen a los pobres, necesitados y abandonados, etc.

Me sorprendió saber que en ese convento dedican dos horas al día a leer libros católicos, es decir, las monjas se preocupan porque las novicias alimenten no solo su estómago, sino también su espíritu con libros como ​«En los jóvenes está la esperanza: Cartas de Juan Pablo II a los jóvenes» u «Ocho días de ejercicios. Según el método de san Ignacio de Loyola», por Florencio Segura.

Pero lo más loable allí es la labor de caridad que hacen las misioneras cada día de la semana. Una vida de entrega total y ayuda al prójimo que consiste en dar de comer a la gente pobre e indigentes de la zona, entre los que se encuentran los niños discapacitados y ancianos enfermos abandonados por sus familiares, además de otras actividades. Cocinan el almuerzo del día en ollas gigantes. Y luego de su labor social proceden a limpiar el local para dejar todo limpio.

El «Diario de una novicia» está disponible en forma gratuita en Wattpad (ver: https://tinyurl.com/mpzrwxtc), y hay comentarios halagüeños de los lectores, lo que demuestra una vez más que en esa plataforma también se pueden encontrar obras de calidad.

Y por todo lo señalado, sería aconsejable que la Municipalidad de La Victoria o la Municipalidad de Lima publicaran este libro porque forma parte de la historia de esas localidades. Y sería también muy útil que integrara el plan lector de las escuelas porque encuadra en el concepto de bibliodiversidad y porque ayuda a visibilizar un ángulo poco conocido de la Lima devota de estos tiempos desde dentro en un distrito donde es muy difícil ver almas piadosas con un compromiso real y auténtico por ayudar al prójimo.

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Nota: La foto del libro al inicio de esta reseña procede de la siguiente dirección electrónica: https://tinyurl.com/mpzrwxtc 

 

 

Bibliografía

 

 ACKERMANN MENACHO, Guillermo. «Un ángel de paz en la ciudad: crónica de un encuentro con Teresa de Calcuta en Lima». En página web del diario El Comercio, 5 de septiembre del 2022. Consultado el 30 de mayo del 2026 en https://tinyurl.com/msayaayp

EL DOMINICAL DE PANAMERICANA. «Calcuta en La Victoria: refugio cristiano recibe a los más necesitados de La Parada». [Video]. YouTube, 26 de mayo del 2013. Consultado el 30 de mayo del 2026 en https://tinyurl.com/4t2994fj

GARCÍA TIRADO, Evelyn. Diario de una novicia. Publicado en Wattpad, 2019. Consultado el 26 de mayo del 2026 en https://tinyurl.com/mpzrwxtc

RPP NOTICIAS. «La obra de Teresa de Calcuta en Lima». [Video]. YouTube, 4 de septiembre del 2016. Consultado el 30 de mayo del 2026 en https://tinyurl.com/4t2994fj

VILLANUEVA, José. «Un pedazo de cielo en medio del infierno». En página web Nuestra Voz. Entrevistas, crónicas y reportajes de los alumnos de periodismo de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, s/f. Consultado el 30 de mayo del 2026 en  https://ivanpevi.wixsite.com/tecnicasenperiodismo/un-pedazo-de-cielo-en-medio-del-infierno

martes, 7 de abril de 2026

QUINCE MICRORRELATOS SOBRE CAPERUCITA III

Estos son los cinco microrrelatos restantes que faltaban para completar los quince recopilados sobre Caperucita:

  

(11)              «Fertilidad», de Gotzon11

  

Pasaron nueve meses desde aquel furtivo encuentro, En la sección de maternidad, Caperucita repite sin cesar: «¡Pero Abuelita, a tu edad!».

 

 

11 Tomado del blog Relatos encallados (28 de noviembre del 2010), del escritor, al parecer, español que firma con el seudónimo de Gotzon (véase: https://tinyurl.com/yc76hzxt).  

 

 

(12)           «Caperucita Roja», de Carmen Hinojal12


 

—¿Dónde vas, Caperucita?

—Buscando El Destino.

—¿Quieres que te acompañe a casa de la abuela?

 

Golosa, me pide:

 

—¡Dame un beso!

 

Pero no es así el cuento: ¿qué hace una niña, de caperuza roja, con esos dientes tan afilados, relamiéndose de gula con la sangre que mana de mi cuello?

 

 

12 Tomado de la página web Cincuenta palabras (13 de noviembre del 2017), dirigido por Álex Garaizar, en donde se publicó el microrrelato citado de Carmen Hinojal (véase: https://tinyurl.com/47j4vty3).  

 

 

(13)           «La versión del lobo», de Anónimo13

 

 

«El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio.

Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas, sentí pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi venir una niña vestida en una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisieran que la vean. Andaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté: ¿quién era?, ¿de dónde venía?, ¿a dónde iba?; a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo.

Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues también el bosque era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.

La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegué me abrió la puerta una simpática viejecita, le expliqué la situación. Y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo de la cama.

Cuando llegó la niña la invité a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran par oírla mejor.

Ahora bien, me agradaba la niña y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Ustedes comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña tenía bonita apariencia, pero empezaba a serme antipática. Sin embargo, pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban para verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.

Sé que debí haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y diciéndole que eran así de grandes para comerla mejor. Ahora, piensen ustedes: ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando y yo corría atrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr, me la quité, pero fue mucho peor. La niña gritó aún más. De repente, la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro así que salté por la ventana y escapé.

Me gustaría decirles que este es el final del cuento, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz de que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme.

No sé qué le pasaría a esa niña antipática y vestida en forma tan rara, pero si les puedo decir que yo nunca pude contar mi versión. Ahora ustedes ya la saben».

 

 

Nota: este texto anónimo aparece en el libro Mediación educativa, de Sara Rozenblum de Horowicz, y lo presentan como un cuento. En esta recopilación lo estamos incluyendo como un microrrelato porque calza con las cuatro características que considera para ese género Ricardo González Vigil en su libro El microrrelato peruano (2021) y que son las siguientes: 1) que sea hiperbreve (de no más de dos páginas), 2) que tenga un carácter narrativo, 3) que sea ficcional y 4) que esté escrito en prosa. (ver pp. 31 al 36).

13 Tomado del artículo «El cuento de caperucita: la versión del lobo» (27 de junio del 2014), de Agostina Fasanella, publicado en el blog de Infobae (véase:  https://tinyurl.com/tb8e74n3).

 

 

(14)           «Secreto», de Luis Felipe Hernández14

 

 

La madre difundió la mentira: un lobo ataviado con el camisón de la abuela atacó a Caperucita Roja. Así, nadie supo que la anciana era licántropa.

 

 

14 Tomado de la entrada «Tres micros de Luis Felipe Hernández» (23 de agosto del 2024), de Valeria Correa Fiz para la sección El microrrelato de los viernes, de la página web Aire Nuestro. Club de Lectura de la Biblioteca Jorge Guillén (véase: https://tinyurl.com/hc6bxufp).

 

 

 

(15)           «Tríptico de Caperucita», de Inma Manzanares15

 

 

1. Hace mucho, mucho tiempo, al lobo feroz le leyeron las líneas de la pata. Le dijeron: «Cuidado con las coloradas».  Él no creía en esas cosas. Por eso cuando conoció a Caperucita no vio venir el final.

 

2. Caperucita llegó al bosque, por el camino más largo, como su mamá le había dicho que no hiciera. Allí se encontró con el lobo, pero él no le hizo caso. Iba pensando en los Tres Cerditos.

 

3. El lobo se fue por el camino largo, se entretuvo con las flores, recordó las tartas de manzana, suspiró un par de veces… Cuando llegó a casa de la abuelita, ya estaban todos allí, impacientes y mirando el reloj, esperando a que él llegara para poder terminar con el cuento.

 

 

15 Tomado de la entrada «Tríptico de Caperucita» (27 de mayo del 2020), del blog El mono de la tinta (véase: https://tinyurl.com/yesbu7fn).

 

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Nota: La ilustración de las caperucitas se obtuvo de internet.  

 


Bibliografía

 

CORREA FIZ, Valeria. «Tres micros de Luis Felipe Hernández». En página web Aire Nuestro. Club de Lectura de la Biblioteca Jorge Guillén, 23 de agosto del 2024. Consultado el 5 de abril del 2026 en: https://tinyurl.com/hc6bxufp

FASANELLA, Agostina. «El cuento de caperucita: la versión del lobo». En blog de Infobae, 27 de junio del 2014. Consultado el 5 de abril del 2026 en: https://tinyurl.com/tb8e74n3

GOTZON. «Caperucita Roja en 140 caracteres (I) (Microrrelatos)». En el blog Relatos encallados, 28 de noviembre del 2010), Consultado el 5 de abril del 2026 en: https://tinyurl.com/yc76hzxt

HINOJAL, Carmen. «Caperucita Roja». En la página web Cincuenta palabras, 13 de noviembre del 2017. Consultado el 5 de abril del 2026 en: https://tinyurl.com/47j4vty3

MANZANARES, Inma. «Tríptico de Caperucita». En el blog El mono de la tinta, 27 de mayo del 2020. Consultado el 5 de abril del 2026 en: https://tinyurl.com/yesbu7fn).