martes, 23 de julio de 2013

LA NOCHE EN QUE FRANKENSTEIN LEYÓ EL QUIJOTE


POSTEGUILLO, Santiago
Editorial Planeta. Barcelona (España), 2012

Lo más llamativo de este impreso es el diseño de su tapa blanda, que muestra al personaje creado por Mary Shelley leyendo a Cervantes sentado en un mueble con decorados de estilo antiguo en medio de una compacta penumbra despedazada por los dardos de luz arrojados por el fuego de la chimenea.
Pero su atractivo no se reduce a ello. Esta obra cuenta, como lo señala el subtítulo, la vida secreta de los libros. Para un bibliófilo o apasionado de la lectura, no puede haber un tema más atrayente (y esa es la razón por la que esta recensión se extiende más de lo debido). Está compuesto de 24 relatos o artículos (que el autor considera como capítulos), pues, como lo explica Posteguillo al final del impreso, «son textos que andan a caballo, o a pie, entre uno y otro género». Fueron publicados antes en el «periódico  Las Provincias, de España, en donde todos estos textos tuvieron una primera vida impresa en versión más reducida» (p. 195).
En ocasiones la parte expositiva de un capítulo es más extensa y en ocasiones la parte narrativa lo es, y esta última busca recrear una escena que se está contando que puede también ser dialogada como en un cuento. Una frase que sintetiza bien el propósito del autor es la siguiente: «Este es un pequeño gran viaje que pretende mostrar al lector aquello que se esconde detrás de los libros: los autores, sus vidas, sus caprichos, sus genialidades y, a veces, sus miserias, y también aquello que hay detrás de los libros mismos como objeto» (p. 9).
De los 24, fueron siete los capítulos que más me gustaron. El primero de ellos es «Los vikingos y la literatura». En él se habla de Irlanda, país cuya capital, Dublín, ha sido reconocida como la Ciudad de la Literatura por la Unesco porque pocas como ella han dado tantos maestros en el arte de escribir. A esa lista pertenecen Oscar Wilde, Jonathan Swift, James Joyce, Congreve y Sheridan. Sin olvidar a Bram Stocker (el creador de Drácula). La ciudad cuenta además con tres Premios Nobel de Literatura: Bernard Shaw (1925), William Butler Yeats (1923) y Samuel Becket (1969).
El autor recoge el testimonio de otra escritora dublinesa, Anne Enright, para explicar «este matrimonio indisoluble… entre literatura y Dublín: “En otras ciudades, la gente inteligente sale y hace dinero. En Dublín, la gente inteligente se queda en casa y escribe libros”» (pp. 22 y 23).
El segundo que me agradó fue «Veintiséis días», título que se debe al plazo en que Dostoievski debía terminar una novela para no perder los derechos de autor sobre sus obras anteriores (nueve novelas en total) y recibir tres mil rublos que irían directamente a sus acreedores (el escritor tenía cuantiosas deudas debido a su ludopatía, que se acentuó cuando perdió a su esposa): ese era el acuerdo escrito al que había llegado con su editor. El novelista ruso pudo cumplir con el plazo con la ayuda de la taquígrafa Anna Grigorievna, quien se convertiría luego en su esposa.
La descripción del trabajo en equipo, por parte de Posteguillo, ayuda a tener una idea de cómo funciona la mente de un genio: «Dostoievski dictaba Crimen y castigo por las mañanas y El jugador por las tardes. Y no paraba de hablar y hablar. Anna Grigorievna estaba completamente cegada por la admiración: aquel hombre no escribía, sino que recitaba las frases como si fuera una historia que ya estuviera escrita en su cabeza» (p. 89). «Su privilegiada mente, dotada como ninguna para la narrativa, elucubraba bien las frases, los diálogos, las descripciones, saltando con habilidad y sin confusiones de una novela a otra» (p. 88).
El tercero que me deleitó fue «El discurso», que cuenta la verdadera razón por la que José Zorrilla no quería aceptar pertenecer a la Real Academia Española: era para no tener que dar el discurso de ingreso ante el rey, la familia real y el presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas. (La historia es un tanto más compleja, pero en esta reseña estamos tomando la parte medular de ella únicamente). Zorrilla aludía que él era un poeta y que sus obras estaban en verso, entonces Pedro Antonio de Alarcón, que había ido a su casa junto con Gaspar Núñez de Arce para convencerlo de que aceptara ser académico, le propuso hacer su discurso en verso, a fin de que sorteara ese inconveniente, sin sospechar que el autor de Don Juan le tomaría la palabra. Cito unos versos de aquel memorable discurso de 1885 que dan cuenta de forma explícita de su poca habilidad para las piezas oratorias: «¿Qué discurso ha de hacer quien no lo tiene? / ¿Sobre qué discurrir podrá aunque quiera / ni sobre qué podrá formar un juicio / quien por vivir sin él hasta aquí llega» (p. 66).
El cuarto fue «El asesinato de Sherlock Holmes», que narra el momento en que Conan Doyle mata a su personaje Sherlock (en «El problema final»), pero al final tiene que resucitarlo (en «La casa deshabitada») ante el pedido de su editor y los lectores. Los hechos ocurrieron así: «Holmes siguió a su archienemigo [el profesor Moriarty] hasta el precipicio de Reichenbach y allí luchó a muerte con él hasta que el abismo se tragó a ambos» (p. 117). Su editor entonces lo visitó en su casa, le dijo que había ido demasiado lejos, y que nadie lo aceptaría; además de los cientos de cartas depositadas en la bandeja del correo de Arthur, habían otras miles que llegaron a la editorial, todas pidiendo lo mismo. Pero eso no era lo más sorprendente: «Muchos seguidores de las aventuras del aclamado detective de Baker Street se paseaban frente a la casa del escritor con crespones negros en los sombreros en señal de protesta y luto por la muerte de su ídolo» (p. 121).
Así, Conan Doyle se vio obligado a volver a la vida a su personaje que había adquirido un relieve inusitado para alguien que proviene del mundo de la ficción y es mera ficción. [Los que ya conozcan la historia pueden saltarse este párrafo]. El escritor inglés se valió del siguiente ingenioso recurso para hacer ello: «Holmes, haciendo uso del arte marcial baritsu, había luchado contra Moriarty al borde del abismo de Reichenbach y había derrotado al terrible enemigo, pero el detective había fingido caer él también al vacío para combatir, durante unos años, al resto de líderes de los bajos fondos de Londres, gracias al anonimato que le daba el hecho de que todos le creyeran muerto, hasta que por fin el gran detective se presentó de nuevo ante un sorprendido e inmensamente feliz doctor Watson, en uno de los reencuentros más conmovedores de la historia de la literatura. Incluso el gélido Sherlock Holmes se verá conmovido, como pocas veces en su vida, ante la alegría incontenible de su amigo al reencontrarse con él» (p. 121).
El quinto fue «La Gestapo y la literatura», en él se cuenta acerca de las novelas, relatos y demás escritos de Franz Kafka, que su amigo Max Brod y Dora Diamant no llegaron a quemar como era el deseo y pedido del escritor debido a su padecimiento de la tuberculosis que amenazaba con llevárselo de este mundo. Max, a quien Kafka nombra como albacea de todos sus relatos y novelas, menos de los que tenía Dora, publica las novelas luego de leerlas y convencerse de que eran espléndidas, originales, en fin, demasiado buenas; pero Dora no hace lo mismo con las treinta cartas y veinte cuadernos de notas con relatos manuscritos del escritor praguense que le decomisó la Gestapo cuando la atrapó en 1933 durante la Segunda Guerra Mundial (Dora fue encarcelada aquella vez, aunque luego huiría a Rusia en donde también sufriría la purga de Stalin por pensar distinto). Hasta ahora no se sabe qué pasó con ellos. Dora Diamant murió «en la Inglaterra de la posguerra mundial, y nunca precisó qué había escrito en aquellos cuadernos» el autor de La metamorfosis. Posteguillo señala que la pérdida de esos manuscritos «sigue siendo uno de los mayores enigmas literarios de todos los tiempos» (p. 137).
El sexto fue «El presidente Eisenhower y la rebelión de un hobbit», en el que me gustó la forma en que Tolkien sale bien librado del intento de la editorial Ace Books, de EE.UU., de no pagarle sus derechos de autor por una obra suya. Cuando Tolkien escribió El hobbit y lo publicó, el libro tuvo tanto éxito que sus editores le rogaron escribir una segunda parte. Esta llegó doce años después y tenía más de mil doscientas páginas, en un momento en que las novelas no solían pasar de las trescientas, se llamó El señor de los anillos, y se publicó en tres partes para atenuar posibles pérdidas.
En 1965, Ace Books, editorial de EE.UU., decide «lanzar una publicación masiva en tapa blanda de los tres volúmenes de El señor de los anillos» sin pagar derechos de autor a Tolkien. Para ello, se amparaban en que el presidente Eisenhower no había firmado aún la ratificación del Convenio de Berna (tratado internacional que regula el reconocimiento de derechos de autor en todo el mundo). Ace Books argüía que como el presidente Eisenhower había firmado dicho convenio «unos meses después de la publicación» de la novela en mención en Inglaterra, «desde un punto de vista legal, en Estados Unidos los tres volúmenes de la trilogía no estaban sujetos a derechos de autor en su país». Este hecho causó tal revuelo que «hasta hay una tesis de máster sobre todo este alucinante episodio, recogida en los fondos bibliográficos de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill» (p. 144).
Tolkien trazó un plan para no dejar que la editorial estadounidense se saliera con la suya que considero útil describir. Él había recibido muchas cartas de sus admiradores norteamericanos, así que les escribió a todos ellos y les contó lo sucedido. Estos apoyaron al escritor y «reaccionaron en cadena. En pocos meses, Ace Books recibió decenas de miles de cartas de protesta y, ante un creciente descrédito popular que amenazaba con hundir la empresa si los lectores llevaban a cabo sus amenazas de no comprar ya más libros de aquella editorial, se vio obligada a contactar con Tolkien y acordar la cantidad que éste debía percibir por unas novelas, fruto de su inteligencia, de sus conocimientos y de su imaginación. No solo se trataba de una cuestión de orgullo. Era un asunto importante. La trilogía lleva vendidos ciento cincuenta millones de ejemplares» (pp. 144 y 145).
Y el séptimo fue «El KGB* y el manuscrito mortal», sobre dos novelas de Alexander Solzhenitsyn: la primera publicada dentro de Rusia (Un día en la vida de Ivan Desinovich, en ella se critica a Stalin) y la segunda, fuera (Archipiélago Gulag, en ella se critica al comunismo ruso). La primera fue escrita en las siguientes circunstancias: Solzhenitsyn, «oficial del ejército soviético condecorado en dos ocasiones por su valor» durante la Segunda Guerra Mundial, cometió un error. En 1945 «se atrevió a criticar a Stalin en una carta dirigida a un amigo». En febrero de ese año, el escritor ruso es detenido y condenado a «ocho años de trabajos forzados en un campo de Siberia» por tal razón. «La mayoría de los presos de aquellas gigantescas cárceles moría al cabo de poco tiempo» (p. 158).
En 1953 Stalin murió. Jruschov lo sucedió. Este condenó los campos «estalinistas» en 1956, y Solzhenitsyn fue excarcelado. «En 1962 presentó un manuscrito tremendo: Un día en la vida de Ivan Desinovich, donde se denunciaba con crudeza y realismo descarnado la violencia, inhumanidad y perversión de aquellos campos» (pp. 158 y 159). Jruschov vio que el texto «encajaba perfectamente en su campaña de desmantelamiento de las infraestructuras de dominio de los estalinistas y defendió personalmente la necesidad de publicar aquel libro». La novela se convirtió en un bestseller en el extranjero y «en la propia URSS» (p. 159).
La segunda novela fue escrita en las siguientes circunstancias: en 1964 «Jruschov fue depuesto del poder por un golpe de Estado ejecutado por el ultraconservador comunista Brézhnev», quien «no veía con los mismos ojos tolerantes las críticas» del escritor ruso (p. 159). Cuando el Politburó se enteró que Solzhenitsyn estaba escribiendo otra novela, ya no criticando a Stalin, sino al sistema comunista, detener su publicación se convirtió en el «objetivo prioritario del KGB». Solzhenitsyn decidió «trabajar sobre su nueva novela secreta con un método peculiar: la dividió en diferentes partes y confió a un amigo distinto cada una de estas secciones del manuscrito; luego acudía a “visitar” a estos amigos, siempre vigilado de cerca por agentes del KGB, pero lo que en realidad hacía era recluirse en una habitación de la casa del amigo “visitado” para trabajar sobre el texto. Y el sistema funcionó hasta que tomó la decisión, ineludible por otro lado, de que alguien mecanografiara el manuscrito completo antes de remitirlo a los editores» (p. 160). Pero un día la taquígrafa que se encargó de esa labor, Elisaveta Voronnyanskaya, fue detenida por el KGB, torturada, liberada y luego ahorcada en 1973, y el manuscrito que intentó proteger desapareció.
El KGB se hizo con la copia de la mecanógrafa, pero Solzhenitsyn tenía dos copias más: una la presentó al sindicato de escritores de la URSS que prohibió su publicación, y la otra llegó a Francia, donde se publicó traducida al francés en 1974. A las seis semanas de ocurrido ello, «el escritor ruso fue deportado de la URSS y se le retiró la nacionalidad soviética… Hoy día es lectura obligatoria en los institutos de secundaria en Rusia» (pp. 160 y 161).
Podría mencionar algunos artículos o relatos más, pero mejor dejemos que el lector explore por sí mismo y vaya descubriendo las historias fascinantes que se ocultan detrás de los libros. La mayoría de los  24 capítulos se degusta con agrado, de hecho solo hay dos que no me satisfacen del todo: «Hija de la lluvia» (sobre la escritora gallega Rosalía de Castro) y «El libro electrónico o el pergamino del siglo XXI».
Este es un impreso que puede motivar la indagación y lectura de los libros allí mencionados. Las historias son de esas que se pueden emplear también para amenizar una tertulia, pues te provee de un buen número de anécdotas que otros, con seguridad, no conocerán o conocerán a medias acerca del mundo de la literatura, aunque también hay información con sustento académico (al que remite el autor en el cuerpo del texto, pero principalmente en su bibliografía).
Sobre el capítulo que da nombre al libro: «La noche en que Frankenstein leyó el Quijote», para quienes conocen la historia de cómo se escribió la novela de Mary Shelley, les puedo asegurar que aporta datos adicionales. En realidad, el doctor Víctor Frankenstein nunca leyó la obra cumbre de Cervantes, tampoco lo hizo el monstruo que él creó. Quien sí lo hizo fue Mary Shelley. En 1816, la escritora inglesa «y su esposo, el también escritor Percy Bisshe Shelley», acudieron, junto con otros invitados, a la casa de lord Byron en Suiza. En las noches y a la luz de una chimenea, Shelley deleitaba a los contertulios con la lectura en voz alta «de diferentes clásicos de la literatura universal», algo que, por cierto, hacía muy bien, pues «agitaba los corazones o despertaba la imaginación de quien le escuchara» (p. 71).
Uno de esos días de tormenta veraniega y sin posibilidad de poder salir de casa como era ya costumbre, lord Byron lanzó un reto literario: que todos los allí presentes escribieran una historia de terror, y el que consideraran el relato más terrorífico, ganaría el concurso. La brillante idea, no obstante, cayó pronto en el olvido para todos, menos para Mary Shelley, quien se lo tomó muy en serio y disciplinadamente permaneció día y noche en casa para concluir su labor. El resultado fue «la maravillosa novela titulada Frankenstein o el moderno Prometeo» (p. 72).
Pero la escritora no escribió su obra de la nada absoluta, «sino imbuida por esos espacios montañosos que la rodeaban (…); y también influida, de una forma u otra, por las maravillosas lecturas que su esposo Percy seguía haciendo por las noches» (p. 73). Y una noche especial de 1816, Percy eligió leer una traducción inglesa de Don Quijote. Y tanto le gustó a Mary esa novela que en 1820 volvió a leerla directamente en castellano, después «de haber iniciado el estudio del español. Y tal es la pasión que Mary Shelley sintió por esa gran obra que el lector curioso encontrará una referencia a Sancho Panza en el prólogo a Frankenstein, igual que podrá observar que la novela de Mary Shelley presenta su relato a través de múltiples narradores (el aventurero Walton, el doctor Frankenstein y hasta el propio monstruo); es decir, la misma técnica narrativa que Cervantes usó para el desarrollo del Quijote (narrado por alguien que encontró un supuesto original en árabe que debe traducir una tercera persona y donde cada uno quita y pone según le place). Y, por si quedan dudas, Mary Shelley decidió recrear la famosa “Historia del cautivo” (capítulos XXXIX-XLI del Quijote primera parte) en el capítulo 14 de la versión corregida de 1831 de Frankenstein» (p. 74).
La explicación de por qué eligió este texto Posteguillo para titular su obra es sencilla: es un nombre llamativo, que se presta para la publicidad y que da pie y pretexto para la elaboración de una carátula irresistiblemente atrayente. De hecho, cuando yo adquirí el libro lo hice más fijándome en ella. No conocía a su autor. Leí entonces la contratapa, la solapa y la compré. Pero el primer paladeo del impreso fue visual. Y ha sido una buena compra, la prosa es ágil, fluida y bien escrita, no por nada su autor, además de escritor, es lingüista.


* KGB: Komitet Gosudárstvennoy Bezopásnosti (Comité para la Seguridad del Estado).
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Nota: La imagen que aparece  al inicio de este envío fue escaneada por Marco Antonio Román Encinas.

lunes, 24 de junio de 2013

DEL TEXTO BREVE AL LIBRO


El 24 de marzo de este año la poeta Miriam R. Krüger escribió una entrada titulada «El arte de leer un libro» en el portal Muladar News en donde se planteaba el siguiente problema: «si uno no tiene la costumbre de leer, entonces ¿cómo hará para leer todos esos libros o artículos donde se explica cómo crear el hábito de la lectura?» (ver: http://muladarnews.com/2013/03/el-arte-de-leer-un-libro/).

Me he animado a ofrecer una respuesta a ello consultando con los especialistas del tema. Pero antes de hacerlo habría que contestar a una pregunta previa: los que no leen sabiendo hacerlo ¿nunca leen o leen lo que no les demanda mayor esfuerzo? Satisfacer esa inquietud prácticamente absuelve la interrogante planteada por la poeta, como se podrá comprobar en las líneas que siguen.

En la presentación de su libro ¿Qué leen los que no leen?, de Juan Domingo Argüelles, en el 2010, este señaló lo siguiente: «se lee más de lo que se dice que se lee, el problema es que lo que leen no está en las librerías sino en los puestos de periódicos», o en internet, habría que añadir aquí.

Este autor, además, propone diferenciar «entre los lectores intelectuales y los lectores que leen lo que tienen a su alcance, dentro de su contexto social y económico» (ver: http://www.conaculta.gob.mx/detalle-nota/?id=5174#.UarZhtKN6Hg).

Argüelles no menciona el contexto digital, pero hay que hacerlo. En el artículo «El futuro de la lectura», de Virginia Collera, publicado en el portal del diario El País, de España, se señala lo siguiente: «Más de la mitad de los españoles lee ya en soporte digital, según el informe Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011 (el 52,5% de la población, aunque solo el 6,8% lee libros de esta manera)» (ver: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/09/12/actualidad/1347445405_451371.html?rel=rosEP).

Lo que reflejan las cifras sobre España permiten deducir que la mayoría de lectores no lee libros, sino cualquier otro soporte digital (ordenadores, teléfonos móviles, agendas electrónicas, tabletas, etc.). Tendencia que se está extendiendo, o se va a extender, a la mayor parte del mundo, incluida nuestra región, claro está.

Veamos sino lo que informa Anahí Aradas en su nota «América Latina pisa cada vez más fuerte en internet»: «En 2012 se llegó a los 2.400 millones de usuarios de internet en el mundo y, de esta cantidad, un 10,6% corresponde a usuarios de América Latina, poco más de 255 millones lo que supone una penetración de la red en la región del 42,9%, según datos de Internet World Stats, que recopila estadísticas sobre el uso de la web».

Al respecto, cabe precisar que el país con mayor número de usuarios activos en Facebook en nuestra región es Brasil, «cuyos internautas cuelgan una media de 85.962 comentarios cada 30 días» (ver: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/01/130117_tecnologia_internet_2012_aa.shtml). Sabemos que quien escribe un texto también tiene que leerlo e interacciona con quien le responde o a quien responde, así que allí hay un potencial lector de libros, si es que no se deja pasar la oportunidad y se la aprovecha adecuadamente.  Otros países latinoamericanos que figuran en la lista de los diez países más adictos a Facebook son Colombia y México.

En otra nota, esta vez de la BBC Mundo, titulada «Ocho cosas que no sabía sobre internet en América Latina», se informa sobre el tipo de lectura que prefiere el usuario de esta región: «La gran mayoría de internautas accede regularmente a páginas de noticias. Los datos arrojan que el 85% de los internautas latinoamericanos visitan regularmente sitios de noticias en internet, lo que está por encima de la media global de 76,1%. Perú, Argentina y Chile fueron los que más visitaron páginas de noticias en internet (94%). En menor grado lo hicieron Venezuela (66,6%) y Puerto Rico (55,7%)» (ver: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/01/130117_tecnologia_internet_2012_aa.shtml).

Las citas anteriores permiten demostrar que los que no leen (libros, se entiende) sí leen (pero leen noticias, comentarios de Facebook u otra red social, entradas de un blog, tuits, correo electrónico, Flipboard, diarios en línea, etc.).

Por lo tanto, aunque discrepo en varios puntos de su artículo «Sobre la mitología bienintencionada de la lectura. Tres apostillas al libro ¿Qué leen los que no leen?» (y también con una frase de la entrada de la poeta, sobre los que hablaré en otro envío), coincido sí con Juan Domingo Argüelles en la siguiente afirmación que hace: «para educar la afición a la lectura, nos parece adecuado pensar más en ‘buenas lecturas’ que en ‘buenos libros’» (ver: http://132.248.242.3/~publica/archivos/libros/3er_seminario_lectura.pdf ).

Si queremos que los no lectores lean libros, tenemos que respetar el tránsito de un texto breve (una noticia, una entrada, comentarios, tuits, frases célebres, un microrrelato, un poema, un chiste, un mito, una leyenda, etc., que sería la primera etapa) a un libro (que sería la segunda etapa). Ese camino es posible de darse. Tal vez no todos alcancen la segunda etapa, pero con que hayan ingresado a la primera y lo disfruten ya es un gran avance.

Hasta aquí  ya hemos respondido la pregunta que nos hemos planteado y la formulada por la poeta Miriam R. Krüger. Pero a fin de dar mayor sustento a nuestra posición, vamos agregar dos testimonios que redundan, tal vez, en demostrar que sí es posible que los que no leen libros lo terminen haciendo.

En el primero de ellos, quería mostrar con un ejemplo verificable que alguien que no lee libros sí puede llegar a hacerlo e incluso convertirse en un gran lector y hasta promotor de esta actividad. En el impreso Los usuarios se rebelan, de Pedro Martínez Valera, el autor ofrece el siguiente testimonio personal al respecto: «Nunca fui un asiduo usuario de las bibliotecas, es más, desde mi época de colegial y cuando me obligaron a ir, para mí era el peor castigo. Ingresar a un ambiente “mudo” y estrecho contradecía mi espíritu extrovertido; sus encargados me hacían sentir como un mendigo al cual le estaban haciendo un favor dándole –a veces– un solo libro. Además yo no tenía la costumbre de leer, llegando al extremo que mi padre me daba una propina por ‘ojear’ la página deportiva del diario “El Comercio”» (1991: 21).

Pedro se convirtió más adelante en arquitecto, y en un  gran lector e incluso investigador del tema de la lectura: inició en 1986 una indagación sobre cuál era la problemática de las bibliotecas públicas municipales de Lima Metropolitana, ‘devorando’ todo estudio que llegaba a sus manos sobre las actuales tendencias (de aquel entonces) de la ciencia de la bibliotecología (1991: 22), e hizo grandes revelaciones que contribuyeron en alguna medida a incorporar algunas mejoras a los problemas que iba señalando en sus publicaciones periódicas en el diario El Comercio (resolverlas no estaba en sus manos, aunque sí ofrecía propuestas de solución), reunidas posteriormente en un libro.

En el segundo testimonio, quería mostrar ya no el caso de un sujeto que  no lee, sino el de varios contados por un solo personaje. En su libro Cómo fomentar la lectura en los niños, de Paul Kropp,  este señala lo siguiente en la introducción: «Mi búsqueda de soluciones al problema de la lectura comenzó hace dieciocho años, el primer día que llegué a enseñar en una preparatoria vocacional de Hamilton, Ontario. No me habían dado este nombramiento en particular a causa de mis años en la universidad estudiando la poesía del siglo XVII, o porque amaba las obras de Shakespeare. Me habían enviado a la Escuela Parkview porque mido más de un metro ochenta y una vez tomé lucha como parte del programa de educación física de la universidad.

»Mi misión era enseñar “lectura” a muchachos adolescentes que no podían o no querían leer mucho de nada. Significaba que me pasaba dos días por semana leyendo un cuento y respondiendo preguntas en el pizarrón, un día con una ruidosa máquina que proyectaba los cuentos sobre una pantalla, renglón por renglón, y dos días con algunas novelas enmohecidas.

»Estaba luchando a través de una de esas novelas con “los chicos” —en realidad, hombres jóvenes que iban de los trece a los veinte años— cuando después de clase se me acercó un estudiante al que llamaré Randy. Era la persona más pequeña del grupo, un chico desmañado con grandes pecas y anteojos gruesos. Siempre hablaba en un susurro.

»Me explicó que ninguno de ellos podía leer el libro, y los que sí podían no querían hacerlo. Agregó que todos ellos se preguntaban si yo podía buscar otra cosa, por ejemplo, películas (el profesor anterior les mostraba un montón de películas).

»A mí no me pareció que las películas fuesen la solución para los problemas de lectura de Randy o de cualquier otro de esa clase. Lo que necesitaban eran algunos libros que pudieran leer y quisieran leer, libros que en esa época simplemente no existían.

»Así que me puse a escribirlos yo mismo. Comencé por investigar todo lo que pude encontrar sobre la lectura, las dificultades de la lectura, el desarrollo del vocabulario y las áreas de interés del estudiante. Y controlaba constantemente con la clase de Randy.

»—Aquí dice —les dije— que los estudiantes de su nivel de edad están interesados en el béisbol y en los caballos.

»Los muchachos se miraron entre sí y sacudieron la cabeza.

»—Entonces, ¿en qué están interesados? —pregunté.

»Se rieron: —En el sexo, señor. ¡Estamos interesados en el sexo!

»Cuando finalmente terminé mi primer libro, Consumido, los muchachos se sintieron desilusionados porque no había mucho sexo. Pero había mucha acción, y había personajes adolescentes que ellos podían comprender. Lo que es más, había tomado toda mi investigación sobre dificultades para leer y me había asegurado de que cada página del libro fuera suficientemente fácil como para que Randy y los demás lo leyeran por su cuenta.

»Desde entonces, además de escribir una cantidad de novelas sobre adultos jóvenes para adolescentes comunes, he escrito y adaptado alrededor de cincuenta libros para chicos a los que no les gusta mucho leer. A lo largo del proceso, los chicos me han enseñado mucho acerca de la lectura  y la escritura, y acerca del tipo de libros que da resultado para ellos» (2002: 9-11).

Con este segundo testimonio se demuestra que si los que no tienen la costumbre de leer no practican esta actividad, no es necesariamente porque no quieran hacerlo, sino porque no encuentran textos que se adecuen a sus gustos, intereses, necesidades y competencias lectoras.

En conclusión, sí es posible lograr que los que no leen lean textos breves de su interés y hasta lean libros, y el mundo digital puede convertirse en una oportunidad para fomentar esta actividad y constituirse en el puente entre una lectura de una, dos o tres hojas y un libro. Ese debe ser el camino a seguir.


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Nota: La imagen al inicio de esta entrada fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://es.paperblog.com/el-encanto-de-lo-breve-1705964/




Bibliografía


ARADAS, Anahí. «América Latina pisa cada vez más fuerte en internet». BBC Mundo. Reino Unido, 18.01.2013. Consulta: 30 de mayo del 2013. <http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/01/130117_tecnologia_internet_2012_aa.shtml>
ARGÜELLES, Juan Domingo. «Presentó Juan Domingo Argüelles el libro Qué leen los que no leen». Portal Conaculta. México, 10.06.2010. Consulta: 02 de junio del 2013. <http://www.conaculta.gob.mx/detalle-nota/?id=5174#.UarZhtKN6Hg>
ARGÜELLES, Juan Domingo. «Sobre la mitología bienintencionada de la lectura. Tres apostillas al libro ¿Qué leen los que no leen?». En Tercer Seminario Lectura: Pasado, Presente y Futuro. ¿Extinción o transfiguración del lector? México, 10.06.2010. Consulta: 02 de junio del 2013. <http://132.248.242.3/~publica/archivos/libros/3er_seminario_lectura.pdf >
BBC Mundo. «Ocho cosas que no sabía sobre internet en América Latina». BBC Mundo. Reino Unido, 29.05.2013. Consulta: 30 de mayo del 2013. <http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/05/130528_tecnologia_uso_internet_america_latina_aa.shtml>
COLLERA, Virginia. «El futuro de la lectura». El País. España, 15.09.2012. Consulta: 22 de abril del 2013. <http://cultura.elpais.com/cultura/2012/09/12/actualidad/1347445405_451371.html?rel=rosEP>
KROPP, Paul. Cómo fomentar la lectura en los niños. México: Selector, 2002.

KRÜGER, Miriam R. «El arte de leer un libro». Muladar News, 24.03.2013. Consulta: 23 de abril del 2013. <http://muladarnews.com/2013/03/el-arte-de-leer-un-libro/ >

jueves, 9 de mayo de 2013

PARAFRASEANDO A LOS GIGANTES: SEGUNDA ENTREGA



Como en la entrada del 16 de marzo en este mismo blog en donde recopilaba pensamientos, aforismos, apotegmas, máximas, proverbios, refranes, etc., que me encargaba de convertirlos y acercarlos a los temas del libro y la lectura (ver: http://elartedeleermromane.blogspot.com/2013/03/una-forma-entretenida-de-ejercitar-la.html), la siguiente lista, dando cumplimiento a un compromiso adquirido, muestra en primer término la frase parafraseada y luego la frase sin parafrasear (FSP) junto con el nombre de su autor (cuando no es anónima), todas creadas en el 2013 y dadas a conocer por primera vez en mi cuenta de Twitter: @El_arte_de_leer.

Parafraseando a Benedetti: «Yo leo, tú lees, él lee, nosotros leemos, vosotros leéis, ellos leen. Ojalá no fuese conjugación, sino realidad».
FSP: «Yo amo, tú amas, él ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman. Ojalá no fuese conjugación, sino realidad».
Mario Benedetti

Parafraseando a Confucio: «La ignorancia es la noche de la mente, pero una noche sin libros y sin lecturas».
FSP: «La ignorancia es la noche de la mente, pero una noche sin luna y sin estrellas».
Confucio

Parafraseando a Cervantes: «Donde un libro se cierra, otro se abre».
FSP: «Donde una puerta se cierra, otra se abre».
Cervantes

Parafraseando un conocido refrán español: «El libro que es bueno no ha menester pregonero».
FSP: «El vino que es bueno no ha menester pregonero».
Refrán español

Parafraseando a Pascal: «Estando siempre dispuestos a ser lectores, es inevitable no serlo alguna vez».
FSP: «Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez».
Blaise Pascal

Parafraseando a Martin Luther King: «Si ayudo a una sola persona a tener algo que leer, no habré vivido en vano».
FSP: «Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano».
Martin Luther King

Parafraseando a Cicerón: «La vida de los muertos perdura en la memoria de los libros».
FSP: «La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos».
Cicerón

Parafraseando un proverbio chino: «Cuando leas algo, recuerda la fuente».
FSP: «Cuando bebas agua, recuerda la fuente».
Proverbio chino

Parafraseando a Edgar Allan Poe: «La felicidad no está en la lectura, sino en la adquisición de la habilidad lectora».
FSP: «La felicidad no está en la ciencia, sino en la adquisición de la ciencia».
Edgar Allan Poe

Parafraseando un conocido refrán: «Dime qué lees y te diré quién eres».
FSP: «Dime con quién andas y te diré quién eres».
Refrán popular

Prueben ejercitarse en esta enriquecedora actividad y cuéntenme su experiencia en la sección comentarios.

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Nota: La imagen al inicio de esta entrada fue tomada de la siguiente dirección electrónica:
http://tarantulaliteraria.blogspot.com/2009/12/la-idea-genial-cosas-raras-que-escrib.html

domingo, 21 de abril de 2013

LOS MOOC Y LA NECESIDAD DE LEER Y ESCRIBIR BIEN



A los participantes del curso de Investigación científica 2.0.1: procesos clave en una sociedad digital, de Miríada X, a cargo de un grupo de profesores de la Universidad de Girona (España), se nos sugirió como actividad final escribir en nuestro blog una entrada comentando nuestra experiencia.


Me gustaba el reto de hacerlo sin salirme de mi tema, así que ese vínculo se puede observar sobre todo en el apartado (b). Este envío, entonces, no solo busca cumplir una tarea, sino también motivar a los lectores a matricularse en un curso MOOC (Massive Online Open Course: Cursos abiertos masivos en línea), a través de mi propio testimonio, pues ello representa, a fin de cuentas, una invitación a ejercer activamente la lectura y escritura, como lo veremos más adelante.



(a)
El curso de Investigación científica 2.0.1, de Miríada X, me ha abierto un mundo nuevo de posibilidades de comunicación virtual que desconocía y que aún no termino de explorar. Hasta antes de empezar con los módulos, yo solo conocía y usaba mi blog, Twitter y Facebook.


No sabía que había redes sociales para científicos como el Research Gate, Academia.edu o Mendeley; no sabía que había bases de datos de trabajos científicos que nos permiten seguir y conocer la labor científica que hacen otros investigadores relacionados con el campo de investigación de nuestro interés, como el Scopus (dedicado a las ciencias), el ISI Web of Knowledge y el Google Scholar (que incluyen las artes y humanidades); no sabía que había sitios webs dedicados a curar contenido como Scoop.it; conocía LinkedIn, pero no sabía que es la red profesional más importante actualmente ni que es importante como vitrina para exhibir tu currículum vítae; no sabía que el blog de tu autoría se puede constituir en un supercurrículo; no sabía que había un factor de impacto que permite medir la influencia de una revista en la comunidad científica a cargo del ISI (Institute for Scientific Information); no sabía que había un índice H para medir la calidad profesional de los investigadores; no sabía que había rankings en donde se ordenan todas las universidades del mundo basados en indicadores bibliométricos (como el Times Higher Education World University Ranking, el QS World University Ranking y el SciMago [este último con un ranking iberoamericano]); no sabía que había un manifiesto de Altmetrics que propone valorar toda nuestra actividad en el mundo 2.0 y ya no solo la publicación de artículos científicos; no sabía que había índices que engloban la cantidad y la calidad de nuestra actividad digital como Klout, Kred o Peerindex; no sabía que había unos principios Panton que proponen una ciencia realmente abierta (disponible en la Internet pública para que cualquier usuario la pueda descargar, copiar, analizar, reproducir, etc.), a fin de que esta funcione bien y la sociedad pueda beneficiarse al máximo de ella; y no sabía un gran etcétera.


Esto, sin duda, representa un reto para mí, ya conozco varias de las posibilidades comunicativas de la web 2.0, lo que me falta ahora es dominarlas a través de una práctica más continua, a fin de lograr una presencia mayor y más eficaz en ese mundo virtual comunicando los temas que son de mi interés.


Así que, si bien todavía no he implementado suficientemente las novedades que ya conozco para potenciar mis espacios virtuales (tanto en mi blog, como en mi Twitter y otras redes sociales a las que me inscribiré, y en la web que abriré), en el transcurso de las semanas o meses eso se hará realidad.
 

(b)
El curso Investigación científica 2.0.1 ha sido una experiencia enriquecedora. Es la primera vez que participo en un MOOC y considero que, según mencionan los especialistas, y por sus características, estamos ante una nueva forma de concebir la educación que transformará la manera en que esta se ejerce actualmente en el mundo (ver al respecto los enlaces de la bibliografía y de una de las presentaciones de Miquel Duran Porta en donde también se señala algo similar). El único inconveniente que tendría para el participante con miras a que pueda aprovecharla lo más posible es que debe tener bien desarrollada su capacidad de comprensión lectora y de producción de textos, además de ser disciplinado, organizado y constante.

Es cierto que los cursos MOOC se basan mucho en videos tutoriales, pero estos con frecuencia requieren ser complementados con información de alguna página web o artículo digital que deben ser leídos. Y si alguna duda le queda al estudiante de ver un video, puede hacer la pregunta al profesor a través del foro o por Twitter, empleando para ello el hashtag correspondiente, pero también para eso necesita poder expresarse por escrito con claridad y solvencia. Y en el caso de los blogs, Twitter y demás redes sociales, para participar en ellos uno debe escribir bien si desea que le presten atención y ello implica hacerlo con fluidez y corrección.

Algunos compañeros han aportado mucho compartiendo información muy valiosa para el curso y para el desenvolvimiento digital de uno mismo. Las personas, en mi país por lo menos, no suelen valorar debidamente esas muestras de desprendimiento y, por el contrario, quienes lo hacen no pocas veces reciben reacciones de recelo y desconfianza.

Lo que no se entiende bien al respecto es que con dar no tienes nada que perder y sí mucho o poco que ganar, pero siempre ganar, y con ello no me estoy refiriendo necesariamente a una remuneración monetaria; a veces la satisfacción personal de estar obrando bien basta para las personas generosas y bienhechoras. Bruno Guissani, el director europeo de TED (Technology, Entertainment, Design: Tecnología, Entretenimiento y Diseño), iba más lejos aún y señalaba categóricamente: «Cuanto más das, más recibes» (ver:  http://desarrolloweb.dlsi.ua.es/cursos/2012/que-son-los-moocs/preguntas-respuestas).

 Algunas ideas y sugerencias para mejorar mi performance virtual todavía no las he podido implementar, sin embargo están ya registradas como parte de la agenda pendiente.


Los cinco puntos clave que me han parecido más interesantes del curso son los siguientes:

1. El curso me ha permitido sondear el horizonte inmenso de posibilidades comunicativas que tiene Internet.

2. El curso también me ha permitido conocer y cerciorarme de que el trabajo colectivo, la difusión del conocimiento, la compartición de información, etc., a través de la web 2.0 no solo ayuda a tomar mejores decisiones a quienes sacan provecho de esas ventajas, sino que también puede disparar la creatividad a distancias insospechadas.

3. Me parece importante que se haya dado a conocer en el curso los principios Panton, cuya propuesta central es que la ciencia sea realmente abierta para todos, a fin de lograr con ello que esta funcione bien y que la sociedad se beneficie al máximo con sus avances.

4. La Investigación científica 2.0.1, por ser un MOOC, está ayudando a reconceptualizar la noción de frontera espacial sobre todo para los que, como yo, son migrantes digitales, porque esto de estar matriculado en un curso en donde participan estudiantes de diversas partes del mundo sin moverse de su sitio no había ocurrido antes en la historia.

5. Me alegra en sumo grado que el curso me haya permitido conocer que en adelante el trabajo de un investigador no se perderá en las aguas del olvido, sino que quedará registrado como un rastro digital y será valorado con un criterio más objetivo, a través de indicadores bibliométricos y de otro tipo, pero igualmente más confiables, como lo propone el índice H o el manifiesto Altmetrics que se implementará en Europa en el 2014.

Para una descripción detallada de cómo se desarrolla el curso de Investigación científica 2.0.1 en Miríada X, visitar el blog: http://documentalistaparaboss.blogspot.com.es/2013/04/miriadax-mi-primera-plataforma-mooc.html


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Nota: La imagen al inicio de esta entrada fue tomada de la siguiente dirección electrónica: http://www.universia.es/estudiantes-graduados


Bibliografía


CAMPANARIO, Juan Miguel. «El factor de impacto de las revistas académicas: preguntas y respuestas». Universidad de Alcalá, Madrid (España). 27/06/2006. Consulta: 18 de abril del 2013. <http://www2.uah.es/jmc/factordeimpacto.pdf>

DURAN PORTA, Miquel. «¿La Internet en la educación superior: vértice o vórtice? De nuevas formas de aprender a nuevas formas de emprender». Jornada Redes Sociales y Creación de Valor. UPC BCN: 21/09/2011. Consulta: 24 de marzo del 2013. <http://www.slideshare.net/quelgir/110921-catedrestel>

FERNÁNDEZ, José Antonio. «3 aspectos que deberías conocer sobre los MOOC». En el blog «Territorio Creativo»: 14/03/213. Consulta: 18 de abril del 2013. <http://www.territoriocreativo.es/etc/2013/03/3-aspectos-deberias-conocer-sobre-mooc.html>

LUJÁN MORA, Sergio. «¿Qué son los MOOC?». Universidad de Alicante. España, 2012. Consulta: 19 de abril del 2013. <http://desarrolloweb.dlsi.ua.es/cursos/2012/que-son-los-moocs/preguntas-respuestas>

MURRAY-RUST, Peter; NEYLON, Cameron; POLLOCK, Rufus; WILBANKS, John. «Panton Principles. Principles for open data in science». 19/02/2010. Consulta: 18 de abril del 2013. <http://pantonprinciples.org/>