RIVERA
SAAVEDRA, Juan.
Lima,
Editorial San Marcos / Recreo, 2009.
Esta obra de teatro me ha dejado muy gratamente
impresionado. Y, si bien es cierto, no tiene en sus frases el grado de
conocimiento de la condición humana que fluye a raudales en la obra
de Shakespeare, sí consigue obtener el aliento y la inspiración suficientes para
hilvanar algunas de ellas con un sello propio de gran factura, como veremos
luego.
Lo que más me gusta de esta obra es la historia en sí
porque al llegar a la página final del libro esta transmite esperanza, y
muestra que las luchas persistentes por vivir en un mundo mejor nunca son en
vano, y que la muerte no significa la extinción de la lucha, porque siempre
habrá continuadores para las causas justas.
Y también me gusta el hecho de que la obra muestre que
la ambición sin amor, o con un seudoamor mezclado con odio, no pueden tener un
final feliz, algo que le ocurrió al menos a Tomás, como
se verá posteriormente.
Esta obra cuenta la historia de Pedro el carpintero,
quien vive en un pueblo vecino a Judea y es acusado injustamente por Tomás de
haber quemado un granero. Al final, acusan a Pedro de otras calumnias adicionales
y lo torturan. Y en vista de que el pueblo creía que era inocente, Tomás fingió
ser su amigo y le ofreció ayudarlo a escapar, sin embargo, se trataba en
realidad de una trampa del decurión para hacerlo quedar mal y poder mandarlo a asesinar
sin guardar ningún sentimiento de culpa.
No obstante, el pueblo se entera de la verdad (que
Tomás le quiso ocultar inútilmente a su esposa), y Ana le dice a su esposo Pedro
que su muerte no fue en vano y que Simón continuará con su tarea.
Y la verdad era que Tomás quería ascender de decurión
a centurión (p. 28) a toda costa y a todo costo para darle todo lo que desee a
su esposa Betzabé y para ufanarse de sus logros. Y, su andar atropellado para
lograr ese propósito, terminó con la muerte de Pedro, un hombre inocente y muy
querido por su pueblo, alguien además que le salvó la vida a su esposa. Aquello
que hizo Tomás ocasionó que a Betzabé la repudiara el pueblo, que presumía que ella
tenía algo que ver con lo ocurrido, por lo que hasta le arrojaban piedras.
Hay más detalles interesantes en esta historia, muy
bien contada, que te atrapan y generan suspenso por saber qué ocurrirá
finalmente con Pedro: si se salvará o lo crucificarán o lo asesinarán de otro
modo.
Este es uno de esos libros que no puedes soltar hasta
terminarlo de leer. Y lo leí con mucho agrado y con muchos deseos por
terminarlo lo más pronto posible. He leído antes dos obras teatrales de este
autor (Los profesores y La justicia tarda, pero… ¡Qué calor!), ambos
de buen nivel, pero que no me gustaron tanto como este. Con ¿Amén?, Juan
Rivera Saavedra ha alcanzado la maestría.
En la obra se ha casi suprimido la descripción del espacio
y el tiempo, y solo percibí en dos escenas que los personajes ayudaban a
describir el ambiente en sus diálogos: cuando Juan dialogaba con su madre Ana y
cuando Juan le pregunta a Ana en dónde se conocieron con su padre. Pero incluso
en ambas escenas, la descripción aparece muy escueta. Veamos un ejemplo para
que se entienda mejor lo dicho:
ANA: Ven acá hijo. A ver si me ayudas con el aseo de la casa.
JUAN: Está bien, madre. (Coge una rama y se pone a barrer) Con esta
palma va a ser difícil que quede deslumbrante… No le queda una hoja. (p. 36).
En donde la rama con que barre Juan permite ubicarnos
en un tiempo antiguo en el que todavía no se conocía la escoba. Veamos ahora
otro ejemplo:
JUAN: (Entusiasmado) ¿Dónde se conocieron?
ANA: Muy cerca de aquí…
JUAN: (Feliz) ¿En el monte? ¡No lo puedo creer! ¿Cerca de la gruta del
camino…?
ANA: Así es… La tarde estaba linda… Nadie se podría imaginar que
llovería… De pronto —en complicidad con tu padre— el cielo se oscureció, y…
empezó a llover a cántaros. Tu padre al verme temblar se me acercó y me dijo…
RACONTO
En el monte
PEDRO: Está con frío, ¿verdad?... ¿Me permite? (Envuelve a Ana con su
manto) Creo que podemos guarecernos en aquella gruta. (Ana y Pedro hacen lo
indicado) Parece que la lluvia va a continuar… ¿No tiene miedo? (pp. 40 y 41).
En la cita anterior, se prefigura borrosamente un
espacio rural, de clima pluvial y con accidentes geográficos como una gruta.
Seguramente, el pueblo vecino a Judea era así. Queda claro que el autor
prefiere prudentemente no arriesgar mucho cuando pinta el escenario, pero eso
se podía haber resuelto consultando más fuentes sobre el asunto.
La supresión casi completa de la descripción le da más
fluidez a la historia y permite que se lea más rápido el libro, pero, en
contraposición, le resta trascendencia. Las descripciones pueden ser tediosas y
requieren de un gran conocimiento de las costumbres y modos de vida y la
geografía del pasado, cuando se ambientan en otros tiempos muy alejados del
presente, pero, bien manejado, se salvan esos riesgos.
En este caso, se suprime esa descripción también
seguramente para ahorrarse la necesidad de investigar más sobre el pasado de
los lugares en donde se desarrolla la historia (el autor debe haber leído pocos
libros sobre la antigua Roma, pues eso es lo que deja entrever claramente la ausencia
mencionada). Pero la historia es tan buena que se resiente poco de esa falta,
aunque, claro está, sí hubieran sido necesarios y convenientes algunos trazos
adicionales con el fin de darle más consistencia histórica a lo narrado y pueda
trascender en el tiempo.
Es tan escasa la referencia espacial y temporal en
esta obra, que sería muy fácil transmutar la historia de este régimen totalitario,
opresivo y abusivo, que mata al que piensa distinto (y está en la capacidad de
despertar la conciencia de los demás y sublevar a su pueblo), a otros escenarios
similares como la rusia comunista, la Cuba de Fidel Castro o la Venezuela de
Maduro. Veamos sino las siguientes líneas:
TOMÁS: Tus amigos ya han sido detenidos… En estos momentos deben estar
soltando todo lo que saben.
PEDRO: De qué se les acusa.
TOMÁS: De que se reúnen siempre
contigo… que son tus cómplices.
PEDRO: ¡Pero cómo es posible eso!
TOMÁS: La Ley lo dice.
PEDRO: Ya te lo dije, decurión. Nos
reunimos para hablar… de cualquier cosa.
TOMÁS: Pedro solo conozco dos
formas de salvarte de la muerte; declarándote culpable, o cargándole la culpa a
otro. ¡Elije!
PEDRO: O sea que la alternativa, en
cualquier caso, es… mentir.
TOMÁS: No hay otra.
PEDRO: (Pausa breve) Ya te he dicho
la verdad.
TOMÁS: ¡Estúpido!... Eres terco
como buey que estando muerto insiste en pararse… ¿Y si te dijera, insensato,
que son tus propios amigos los que te señalaron, qué opinarías?
PEDRO: (Pausa breve) Diría: no son
mis amigos.
TOMÁS: ¡Estupendo! ¡Si no son tus
amigos, mejor! ¡Acúsalos! Dime: «¡Ese es el cabecilla!» y te salvas. Mis jefes
solo necesitan una cabeza para contentar al gobernador…
PEDRO: No sé mentir.
TOMÁS: (Desesperado) ¡Pedro, uno…!
uno…! ¡Dame un nombre! ¡Cualquiera! ¡El que se te ocurra!
PEDRO: ¿Por qué estás tan
desesperado…?
TOMÁS: (Leve sorpresa) No lo
entenderías… Es una promesa.
PEDRO: ¿A quién?
TOMÁS: … A mi jefe.
PEDRO: ¿A tu jefe?
TOMÁS: ¡Me ha propuesto para ser
centurión! ¡¿No lo entiendes, animal?! (Se da cuenta que ha hablado demasiado y
calla) (pp. 27-29).
Este tipo de abusos también ocurrieron en Rusia y
siguen ocurriendo en los regímenes comunistas de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
De allí que esta obra tenga vigencia universal y se constituya, sin
proponérselo el autor, en un documento de denuncia contra todo gobierno despótico
y que abusa del poder.
Un sistema de gobierno no debe decidir el destino de
los hombres: es otro de los mensajes de la obra. Y quienes intenten obrar
forzando la realidad, mintiendo y calumniando tendrán que atenerse a las
consecuencias de sus actos, tal vez a causa de una justicia universal o divina
que pueda eventualmente operar para el caso o por obra del pueblo.
Un hecho que deja percibir lo señalado se observa en
el trato que da Betzabé a su esposo Tomás, a quien interroga sobre lo ocurrido
con Pedro, y como este le miente reiteradamente para no confesar la verdad, que
su esposa ya sabía porque el pueblo también lo sabía y la trataban mal a ella
por tal razón, y como finalmente Tomás reconoce lo hecho, pero arguye que lo
hizo para lograr el ascenso a centurión y poder darle a ella todo lo que quería,
Betzabé decide dejarlo porque no percibe verdadero amor en él y se alegra de que
no le haya dado un hijo.
Y estas son las frases del autor que rezuman un gran conocimiento
de la condición humana:
SIMÓN: (En tono de sentencia) ….
¿qué es preferible: sufrir por callar, o sufrir por decir la verdad? (p. 49).
DAVID: (En tono de sentencia)
Mientras en el mundo haya un injusto, pequeño David, habrá un justo. En la vida
no existe la unidad absoluta. Por eso: no hay luz sin sombra, vida sin muerte,
bien sin mal… (p. 50).
ANDRÉS: … Duda de aquel que mucho
dice ser tu amigo… (p. 61).
Un último punto que quería tocar era el título de la
obra. Considero que el autor debió demorarse un poco más en buscar un mejor
título para su libro, ¿Amen? no lo es. No llama la atención, resulta
incompleto, insuficiente, ambiguo, y solo se puede entender cuando lees el inicio
de la escena 16, que es la última del libro, y que paso a citar:
En el velorio, ante el cadáver de
Pedro, el carpintero
ANA: Pedro, mi dulce esposo… ¿A todo esto tendremos que decir amén…? ¡No!
Simón continuará la tarea. Tu muerte no ha sido en vano, Pedro… No ha sido en
vano… (pp. 75 y 76).
Leyendo esa cita, recién queda claro, que el título ¿Amen?
alude a la muerte de Pedro que, como ya señalamos antes, no fue en vano y
que su lucha será continuada por Simón.
Pero insisto en que, siendo su obra meritoria y recomendable
de leer, merecía un mejor título, que aluda al espacio y tiempo en que se ubica
la obra y que no dependa tanto de su contenido para entenderlo. Hasta algo como
El decurión ambicioso y el carpintero noble llamaría más la atención y
ayudaría a su mayor difusión.
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Nota: La foto del libro, al inicio de esta entrada, fue obtenida de la
siguiente dirección electrónica: https://tinyurl.com/yx8saxjn