domingo, 29 de septiembre de 2019

EL RETOÑO


HUANAY, Julián.
Lima: Casa de la Cultura del Perú, 2.a ed., 1969.

Hace unos diez años atrás compré este libro no porque me urgiera leerlo, sino porque sentía que era conveniente hacerlo, debido a que era una obra que prácticamente ya pertenece al canon de la literatura peruana (hay que recordar que es la Casa de la Cultura del Perú la que publicó la segunda edición de esta novela, es decir, una institución del Estado peruano), e incluso algunos profesores por iniciativa propia o institucional la han incluido en su plan lector. 

Pero, en mi caso, había una razón más para leerlo: por la información de la contraportada, en donde se indica lo siguiente: «Julián Huanay Raimondi nació el año 1907 en el pueblo Leonor Ordóñez, Provincia de Jauja, Departamento de Junín». 

En la contraportada había más datos sobre la biografía de este escritor peruano, pero a mí me llamó la atención que haya nacido en Leonor Ordóñez, porque aquel fue el pueblo donde mis padres se casaron. Y como la historia está ambientada en diversas localidades del departamento de Junín, eso lo hacía conveniente para mí leerlo algún día. 

Pero como tenía en espera muchos otros libros que leer (y no solo obras literarias), fui postergando esa lectura hasta que aquel día esperado llegó y fue en este año. Estaba escribiendo una novela corta ambientada en Junín y necesitaba información al respecto, así que leí El retoño y no me arrepentí. 

Es una novela que se puede leer fluidamente y en poco tiempo. Ello a pesar de que el autor era chofer y dirigente sindicalista, y solo posteriormente se convirtió en periodista y escritor. En una entrevista a Miguel Arribasplata, reproducida en el portal Librosperuanos.com, este afirma que la esposa de Julián Huanay, Carmen Iturrizaga, le corregía sus cartas y escritos (véase: https://tinyurl.com/y2pja8s9), algo que resulta creíble y posible. 

Al comenzar a leer el libro, tuve la falsa impresión de que sería soso y parecido a Aves sin nido, de Clorinda Matto de Turner, pero no, este estaba mejor escrito, y sorprende, por momentos, la fuerza expresiva de algunas líneas. Se trata en realidad del testimonio de vida de un niño de once años: Juan Rumi, quien abandona su casa, en donde vivía con su tía porque sus padres habían muerto, para viajar a Lima (pp. 12-14).

Dicho viaje a la capital del Perú lo logra al final de la novela, aunque para ello ha pasado por una serie de peripecias, la mayoría de las cuales fueron poco agradables, como la de contraer enfermedades por estar mal alimentado, entre ellas, la bronconeumonía, el descargue («Hemorragia nasal provocada por insolación» [p. 94]), el paludismo y la anemia.

El primer viaje de Juan Rumi lo realiza sin planearlo a La Oroya: unos arrieros que lo encontraron (ayudados por sus perros) lo llevaron hasta allí. Ellos se compadecieron de su situación, pues estaba viviendo solamente con una tía, porque era huérfano y sus padres habían muerto un año antes, y por eso se estaba escapando de su casa (pp. 16-17).

En La Oroya, encontró a don Andrés en la fundición, en donde este trabajaba, cuando se metió allí para buscar un refugio donde dormir y protegerse del frío de la noche. Don Andrés lo llevaría luego a su cuarto, y buscaría infructuosamente conseguirle un empleo en la fundición (pp. 22-24). 

Como Juan Rumi le contó a don Andrés que quería viajar a Lima, este le recomendó que antes de ir a la capital del Perú fuera a Morococha para conseguir dinero allí trabajando y después recién se dirigiera a Lima. Y así lo hizo Juan Rumi (p. 25). 

En el camino a la estación, donde don Andrés le aconsejó ir para conseguir dinero, conoció a Pedro y a Nico, quienes le enseñaron a ganarse unos soles cargando los equipajes de los viajeros extranjeros y locales del tren. A ellos también les comunicó Juan Rumi su deseo de viajar a Lima (pp. 31-37).

Y estos le dijeron que don Julio lo llevaría gratis a Morococha, en el camión que manejaba, si le lloraba diciéndole que estaba solo y que su mamá estaba enferma en aquel lugar y deseaba ir a verla (p. 39), pero antes fueron a la panadería para descansar allí y tomar el desayuno de la mañana (p. 47-52). 

Cuando Juan Rumi llegó a Morococha, se alojó en el cuarto del primo de don Andrés, que se llamaba Pedro Huayta, «barrenero en Alejandría [mina de Morococha]» (p. 38). Este le ayudó a conseguir un empleo en la mina como pallaquero («El que trabaja escogiendo minerales» [p. 37]) (pp. 57-65).

Pero Juan Rumi se enfermó pronto, le dio «costao» («bronconeumonía») y casi se muere (pp. 66 y 67). Don Pedro Huayta habló entonces con Esteban para que lo llevara a Lima. Sin embargo, antes de que ello ocurriera, trabajó de capachero, y fue el Tuco quien le enseñó esa labor. El Tuco trabajaba en Matalma, un lugar muy peligroso y en donde solo laboraban los obreros antiguos (p. 75). Uno de los capacheros le contó a sus compañeros de trabajo la historia de Flavio Huallpa y el muqui, que por su interés reproduzco a continuación:  

«Ahora años, esta mina lo trabajaba por contrata don Flavio Huallpa. Tenía dos peones. Y por las noches, cuando ellos se iban, se quedaba trabajando solito hasta media noche, y después se quedaba a dormir. Solo una o dos veces al mes salía para ir a su casa. Su hijo, un chiuchecito bien retaco y bien pendejo, le traía la comida todos los días. Pero don Flavio, por más que trabajaba como un burro, nunca ganaba mucho. Siempre encontraba buenas vetas, pero allí nomás se perdía.

Pero un día que estaba saliendo a almorzar, oyó que su hijo se estaba riendo y correteaba. Entonces salió despacio para ver con quien estaba jugando, pero cuando llegó encontró a su hijo solito. Entonces le preguntó con quien [sic] estaba jugando, y su hijo le dijo que siempre jugaba con otro chiuche que, apenas él llegaba, se metía adentro, a la mina. 

Entonces don Flavio se dio cuenta de que ese era el Muqui. ¡Con razón —se dijo— ya no gano plata! Rápidamente se fue a su casa a buscar una soga de cerda, porque al Muqui no se le puede amarrar sino con soga de cerda de caballo, porque hasta el alambre lo rompe bien fácil. Cuando regresó con la soga, le dijo a su hijo: Oye agarra esta soga, y cuando viene a jugar ese otro chiuche, lo amarras en un descuido y no lo sueltas hasta que yo llegue.

Al otro día, cuando el Muqui fue a jugar, el chiuche lo amarró en un descuido y por más que el Muqui se revolcaba y le rogaba, el muchacho no lo soltó. Cuando salió su papá a almorzar y lo encontró al Muqui amarrao, se lo llevó cargado adentro de la mina y allí dice que hicieron un pacto para que le diera bastante mineral. El diablo, para que lo soltara, tuvo que aceptar nomás. Desde ese día don Flavio comenzó a ganar plata como cancha, pero de nada le sirvió porque todo se lo emborrachaba, hasta que se murió».

Desde esa vez la mina ha estao cerrada. Después, cuando lo han vuelto a trabajar, lo primero que han hecho es hacer secar todas las lagunitas y derramar bastante agua bendita porque dicen que en algunas lagunitas viven los muquis (pp. 78 y 79). 

Vizcacha, por su parte, reta al Tuco a ir a Matalma sin luz, y muere en el intento (pp. 79 al 82). En su viaje a Lima, alguien preguntó al chofer, llamado Esteban, a dónde iba el niño y este le dijo que para Lima. 

Entonces, el curioso le ofreció dinero al chofer para quedarse con Juan Rumi, y aquel aceptó el trato. A Juan Rumi lo llevaron a la hacienda Montesclaros a pañar algodón (p. 87). Allí contrajo el paludismo y lo llevaron a un hospital de Lima: el Dos de Mayo, donde intentaron curarlo (pp. 101 al 107). 

El médico le dijo que tenía anemia y estaba muy débil, y le recetó algunas medicinas. Al salir de su consultorio y dirigirse a las rejas del hospital, ya no estaba el camión que lo había traído ni los otros peones que se habían bajado con él. La novela termina con Juan Rumi de pie «en el umbral de la puerta del hospital 2 de Mayo». 

Este es un libro que vale la pena leer, sobre todo por quienes viven en la sierra central y han trabajado o trabajan en una mina o tienen familiares que han pasado por esa experiencia, como es mi caso. Algunos críticos la consideran como una novela minera y otros como la primera novela proletaria escrita en el Perú por un obrero. 

Y concuerdo con Carlos Villanes Cairo, cuando señala en la introducción a una edición española de la novela El retoño, que hay una «mirada optimista» (1989: 20) en la manera en que el protagonista se enfrenta a las adversidades de la vida y logra de uno u otro modo sus propósitos, entre ellos el principal: llegar a Lima; algo inusual en un escritor de orientación socialista (como gustan de llamarse) o comunista (como no gustan de llamarse por razones tácticas, según señala Mariátegui* [2016: 35]).

Y todo ello ocurre en medio de la adversidad de tener que trabajar para comer en medio de condiciones inadecuadas e incluso hostiles en algunos casos.  Situaciones sobre las que Juan Rumi toma nota, pero que no lo llenan de amargura o rencor, sino, por el contrario, se convierten en fuente de aprendizaje para enfrentar con mejores resultados los vaivenes de la vida. Hay que recordar además que, si el protagonista no se hubiera escapado de su casa, no hubiera tenido que recurrir a trabajar en las minas para sobrevivir.   

A este respecto, y aquí hago una pequeña digresión, me sorprende la semejanza de la historia de Juan Rumi con la de la etapa de juventud de mi padre (y por eso creo en su realismo), quien también trabajó en una mina en Morococha y en una hacienda (en Cañete), pañando también el algodón. Y esa es otra de las razones por las que me despierta simpatía esta novela de Julián Huanay, a pesar de los gazapos encontrados en su construcción, algunos de los cuales vamos a mencionar a continuación.

Primer gazapo, Pedro le dijo a Nico y a Juan Rumi que el viernes doña Juanita no hacía olluquito, pero fue un viernes que se acercan donde doña Juanita, le piden olluquito y resulta que sí tenía dicho plato y les sirve olluquito. Parece un descuido del escritor (p. 32).

Segundo gazapo, en el libro aparece escrita la siguiente frase: «Cada vez que intentaba llorar, me daban ganar de reir» (p. 41); la cual debió escribirse así: «Cada vez que intentaba llorar, me daban ganas de reír». 

Tercer gazapo, en el libro aparece escrita la siguiente frase: «Eran hombres diferentes a los alegres campesinos de mi tierra, a pesar que ellos también eran de esos lugares» (p. 18); la cual debió escribirse así: «Eran hombres diferentes a los alegres campesinos de mi tierra, a pesar de que ellos también eran de esos lugares». 

Cuarto y quinto gazapo, el «a pesar que» en lugar del «a pesar de que» también aparece en las páginas 97 («Vacilaba y no me atrevía a comprar a pesar que la boca se me hacía agua») y 99 («Al día siguiente fui al trabajo, a pesar que todavía me sentía mal»). 

Sexto gazapo, el autor de El retoño es de filiación socialista o comunista y se propuso, sin duda, en este libro criticar ferozmente al «capitalismo yanqui», pero solo llega a ese extremo en la descripción de la fundición a donde va a buscar empleo Juan Rumi, lugar que es descrito por el narrador como una fuerza negativa, al que se intenta satanizar, y que ha afectado el ambiente y a la población de la zona. Esto se puede observar en las siguientes líneas:

Sin haber podido saciar la sed que me atormentaba continué hasta encontrar algunos hombres vestidos con overoles negruzcos. Esos hombres llevaban la cabeza baja y las manos en los bolsillos para protegerse del frío. Caminaban con pasos lentos e indecisos como si llevaran una pesada carga sobre sus espaldas. Tenían los ojos inyectados y los labios morados; la mirada turbia y los ademanes cansados. Eran hombres diferentes a los alegres campesinos de mi tierra, a pesar [sic] que ellos también eran de esos lugares. Es que los humos de la fundición, y el trabajo rudo, los habían castigado cruelmente (1969: 18).

Pero lo que nos hace considerar como forzada esa descripción es que, líneas más adelante, el narrador muestra a don Andrés, quien trabaja en la fundición, como alguien normal que en su tiempo libre juega briscán con su compañero de cuarto, y no como alguien castigado por los «humos de la fundición». 

Y otra escena que también contradice la negatividad con que es descrita la fundición es la siguiente: «En una larga banca de madera habían [sic] varios muchachos que también buscaban trabajo» (p. 24) en esa fundición como Juan Rumi. Es decir, para esos muchachos, la fundición no era el infierno que el narrador pinta ni algo indeseable, sino un espacio que ofrecía la oportunidad de trabajar y, por tanto, deseado y anhelado. 

Y no solo eso, cuando el encargado de contratar personal en la fundición les grita al salir de su oficina: «¡No hay trabajo!» y se marcha, don Andrés, quien fue a interceder por Juan Rumi para conseguirle un empleo, quiso alcanzarlo para insistirle en ello (p. 24). Pero hay más. Lo que le dice don Andrés a Juan Rumi luego de que todo eso ocurriera confirma que ese lugar y ese empleo eran deseados y anhelados:

—Ya te has fregado cholito —me dijo—. No hay trabajo. Ahora tendrás que esperar hasta la otra semana, pero como hay tantos muchachos, seguramente recibirán primero a los más antiguos. Mejor es que te vayas a Morococha, a las minas. Allá sí hay trabajo en las canchas. Por ahora, si quieres ganarte algo —continuó— te vas a la estación, y cuando llega el tren le dices a los pasajeros: señor, le llevo la maleta. Pero mejor buscas a los gringos y a los futres, ésos pagan bien… (p. 25).

Y en la descripción de la mina de Morococha, el narrador ya no la sataniza, no se sabe si porque no la considera como una fuerza negativa como la fundición de La Oroya o porque se olvidó de demonizarla. Lo que sí muestra es la impiedad de la naturaleza, a través del frío de las noches de Morococha (que no permite a Juan Rumi trabajar de pallaquero), y en donde no ejerce ningún poder el hombre, como se puede observar en la siguiente cita:

Me puse en cuclillas y comencé a escoger los metales. En esa posición trabajé una hora más o menos, pero no pude resistir más tiempo. Entonces me arrodillé como los demás, y seguí trabajando. Pero de rato en rato tenía que levantarme obligado por un agudo dolor que sentía en la cintura. Así continué hasta mediodía, hora en que, recostado junto a una delgada acequia, comí el fiambre que había llevado.

Por la tarde la nieve comenzó a caer copiosamente y a posarse con suavidad de plumas, sobre mi aterido cuerpo. Todos los pallaqueros nos habíamos cubierto con mantas que sacudíamos a cada instante para evitar que la nieve se acumulara. Los dedos de las manos se me habían puesto rojos por el continuo roce con los trozos de metal llenos de aristas, y parecían que iban a reventar en sangre. Con terror me di cuenta [sic] que los dedos se me agarrotaban y no podía seguir trabajando. En ese momento me acordé de las palabras de don Pedro: No vas a poder ni limpiar tu moco, me había dicho el día anterior, y era cierto. La nariz me destilaba abundantemente y apenas podía limpiármela con el dorso de la mano. Tal era el terrible frío que azotaba aquel lugar (pp. 62 y 63). 

Otro detalle a tener en cuenta al respecto es que la enfermedad más grave que contrae Juan Rumi trabajando en una mina de Morococha fue el «costao» o bronconeumonía, causado no por algún tipo de contaminación proveniente de la mina, sino por el clima intensamente frío de la zona. 

Por último, la visión optimista que opera como un eje transversal a lo largo del libro, también es contraria a esa intención de la literatura socialista o comunista de envilecer y despreciar toda actividad empresarial o emprendedora.  

Una cualidad del libro digna de resaltar es que el autor ha incorporado en su relato varios términos y giros de la sierra central del Perú, y algunos que se emplean también en la Lima urbano marginal como los siguientes: 

  • Chiuche: «Niño de 8 a 12 años, aproximadamente» (p. 22).
  • Futre: El que va bien vestido y es atildado (p. 25).
  • Fregao o fregado (p. 22): Arruinado física, económica o moralmente.
  • Jodido (p. 22): Estropeado, dañado.
  • Ñocos: «Tres pequeños huecos que hacen los niños en el piso para jugar bolas» (p. 29).
  • Brequero (p. 29): Guardafrenos.
  • Chiquillo (p. 29): Niño, muchacho.
  • Gorrear (p. 31): Comer o vivir de gorra (a costa ajena).
  • Vivanderas (p. 32): Persona que vende víveres.
  • Olluquito (p. 32): Tubérculo, plato de comida preparado con ese tubérculo.
  • Comeaguas (p. 33): «Personas que dejan de alimentarse por amarretes» (Villanes, 1989, p. 23).
  • Tramposear (p. 34): Hacer trampas.
  • Guagüita (p. 35): Niño recién nacido o de pocos meses y que todavía no camina.
  • Pendejo (p. 35): Astuto y taimado (ver DLE [Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española]).
  • Pallaquero: «El que trabaja escogiendo minerales» (p. 37).
  • Barrenero (p. 38): Operario que coloca los barrenos en las minas, en las canteras o en las obras de desmonte en roca (ver DLE).
  • Cachuelo(s): «Trabajos de ocasión» (p. 38).
  • Jumpe: «Neumoconiosis» (p. 46).
  • Safar: «Terminar la construcción de una casa» (p. 46).
  • Chakchar: «Masticar coca» (p. 47).
  • Cotona (p. 48): Camiseta fuerte de algodón u otra materia (ver DLE).
  • Serruchito (p. 49): «Serranito» (Villanes, 1989, p. 26).
  • Terraplén (p. 56): «Desnivel con una cierta pendiente» (ver DLE).
  • Cuneta (p. 56): «Zanja en cada uno de los lados de un camino o carretera para recibir las aguas llovedizas» (ver DLE).
  • Rosteres (p. 58): «Horno donde se quema los minerales» (Villanes, 1989, p. 58).
  • Briscán (p. 61): Juego de naipes.
  • Fiambre (p. 61): alimento para llevar y comer en cualquier momento.
  • Bicharra: «Fogón improvisado con piedras» (p. 61).
  • Taita (p. 66): Padre de familia.
  • Costao: «Bronconeumonía» (p. 66).
  • Capachero (p. 68): «El que extrae metales del interior de una mina dentro de una bolsa de cuero o “capacho”» (ver DLE).
  • Carburo (p. 69): Combinación del carbono con un metal (ver DLE).
  • Capacho (p. 69): Recipiente parecido a la espuerta en que los albañiles llevan distintos materiales (ver DLE).
  • Carrero (p. 71): «Carretero (hombre que guía el tiro de un carro» (ver DLE).
  • Bichikuma: «Frase que usan los mineros para designar a los yankis» (p. 72).
  • Lampero (p. 75): El que remueve la tierra con la lampa o trabaja con la lampa.
  • Capachada (p. 75): «Lo que cabe en un capacho o capacha» (ver DLE).
  • Muqui: «Pequeño diablo» (p. 78).
  • Plata como cancha (p. 79): Mucho dinero.
  • Trincar (p. 81): Tirar una moneda al aire y ver si cae en cara o sello.
  • Zampar (p. 85): «Ponerse encima una prenda de vestir…» (Villanes, 1989, 26).
  • La Parada (p. 86): Zona del distrito de La Victoria, en Lima, Perú, en donde, en sus inicios, estaba el paradero de los buses interprovinciales.
  • Te has armao (p. 87): Tener buena fortuna por conseguir, por ejemplo, un trabajo relativamente bien remunerado.
  • Paña: «Recojo de algodón» (p. 90).
  • Chukcho: «Paludismo» (p. 90).
  • Descargue: «Hemorragia nasal provocada por insolación» (p. 94).
  • Quemao: «Infusión de café, ron y azúcar quemada» (p. 98).
  • Callos: «Pulmones; estar enfermo de los callos; padecer tuberculosis pulmonar» (p. 103). 

Otro detalle resaltable de El retoño es el empleo del español andino peruano, que Gladys Merma Molina define como «la variedad del español desarrollada en la región de los Andes del Perú en contacto con las lenguas quechua y aimara» (2004: 193).

Esto se observa, por ejemplo, en la siguiente oración: «—Bien hablador habías sido…» (p. 26), en donde se trastoca el orden sintáctico que caracteriza al español estándar (SVO: sujeto, verbo y objeto) por otro que imita la sintaxis del quechua (SOV: sujeto, objeto y verbo) y por eso la oración citada finaliza con el uso de un verbo, en este caso compuesto: «habías sido» (al respecto, véase lo señalado por Merma Molina [2004: 206]).

Otro ejemplo del empleo del español andino lo encontramos en este otro texto: «—Bueno pues cholito, anda con juicio nomás. Te vas a llevar una encomiendita pa’ mi primo…» (p. 46), en donde se observa el empleo recurrente del diminutivo, heredado también del quechua. 

En conclusión, una obra que, a pesar de las inconsistencias ideológicas del autor (el narrador, aunque es su voluntad y deseo, no puede someterse a escribir una novela bajo la plantilla propuesta por la literatura socialista o comunista [de corte maniqueísta: opresores y oprimidos, explotadores y explotados, patrones y obreros, y buenos y malos], y que trastoca su referente para que encaje en el molde de la lucha de clases), vale la pena leer porque muestra la realidad de algunas localidades de la sierra de Junín y de Lima, superando, sin proponérselo y sin ser consciente de ello, la camisa de fuerza que le imponía la visión marxista de la historia. 

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* Al respecto, Mariátegui cuenta en El octavo ensayo lo siguiente: «Que quede claro que José Carlos Mariátegui era definitivamente un comunista con todas sus letras. Eudocio Ravines, en su libro La gran estafa, cuenta que mientras discutían el nombre del partido que estaban por fundar en 1928, Mariátegui le dijo: “Si le llamamos Comunista, la Policía nos va a perseguir más. Si le llamamos Socialista, quizá nos persiga menos. A esto se reduce todo. ¿No le parece?”. José Carlos fue, pues, un comunista muy alejado de la socialdemocracia, a la que cuestionó absolutamente en su obra En defensa del marxismo. ¡Yerran completamente aquellos que quieren ver en Mariátegui a un “socialista light” o a un socialdemócrata! No lo era.

»Sin embargo, su comunismo era singular para Latinoamérica, en cuanto era mucho más cercano a las tesis del ideólogo comunista italiano Antonio Gramsci que al ruso Lenin. Mariátegui había sido muy influenciado por su experiencia italiana, donde fue testigo del nacimiento del Partido Comunista italiano en Livorno. Prefería el camino gramsciano de capturar el «sentido común» para orientar el pensamiento político de determinada sociedad hacia una hegemonía de la izquierda para tomar el poder, antes que la vía violenta de los bolcheviques de Lenin» (2015: 35). De lo citado se deduce que, en el Perú, todo seguidor del pensamiento de Mariátegui (como lo era el mismo Julián Huanay, recordemos que escribió también el libro Mariátegui y los sindicatos [1956]) será necesariamente un comunista y no un socialista, aunque decidan o prefieran llamarse así.   

Nota: La foto, al inicio de esta entrada, fue tomada por Marco Antonio Román Encinas.


Bibliografía

ARRIBASPLATA, Miguel. «El cholo Julián Huanay». En Librosperuanos.com, 14 de marzo del 2008. Consultado el 25 de septiembre del 2019 en https://tinyurl.com/y2pja8s9
CERRÓN-PALOMINO, Rodolfo. Castellano andino. Aspectos sociolingüísticos, pedagógicos y gramaticales. Lima: Cooperación Alemana al Desarrollo (GTZ) / Fondo Editorial de la PUCP, 2003.
MARIÁTEGUI, Aldo. El octavo ensayo. Lima: Planeta, 2015.
MERMA MOLINA, Gladys. «Lenguas en contacto: peculiaridades del español andino peruano. Tres casos de interferencia morfosintáctica». ELUA. Estudios de Lingüística. N.º 18 (2004), pp. 191-211. Consultado el 25 de septiembre del 2019 en https://tinyurl.com/yyuzqeyb
VILLANES CAIRO, Carlos. «Introducción». En Huanay, Julián. El retoño. Madrid: Ediciones de La Torre, 1989. Consultado el 25 de septiembre del 2019 en https://tinyurl.com/y4bhzy5d

miércoles, 14 de agosto de 2019

EL NACIMIENTO DE SHERLOCK HOLMES


En el primer número de la colección de libros Grandes entrevistas de la historia, que reúne ocho de ellas correspondientes a los años 1865-1903, se recupera para la posteridad una entrevista a Sir Arthur Conan Doyle.

Por este preciado regalo, no podemos más que agradecer infinitamente a la editorial Kontenut, de Chile, además de felicitarlos por la gran idea de publicar una colección de este tipo con la mejor muestra del periodismo mundial (ahora que esa profesión ha caído en el guaripolerismo generalizado, está tan decaída en nuestro país y carece de modelos, principalmente éticos, a seguir. La devoción por la información objetiva y el dato preciso y corroborable es algo del pasado que se añora en el Perú de hoy en día).

A pesar de que la entrevista a Conan Doyle, publicada en la edición del 3 de octubre de 1894, del The New York Times (en la que no se menciona el nombre del entrevistador), solo consta de tres páginas, más una de epílogo y dos de introducción, contiene información valiosa sobre cómo nació su personaje literario más célebre. Esto es lo que registra al respecto:

Arthur Conan Doyle (1859-1930) creó al más grande detective de la historia a consecuencia del aburrimiento. El escocés se había convertido en médico en 1881 pero, un año más tarde, los pacientes no abundaban en su consultorio de Portsmouth, en el sur de Inglaterra, y esa constante se mantendría en los años sucesivos. La lentitud con la que se desarrollaba su carrera de oftalmólogo le permitió desarrollar su gusto por la creación literaria, la cual, además, le proveía de ingresos complementarios. Aunque publicó un relato corto en 1884, El relato de J. Habakuk Jephson, fue su novela de 1887, Estudio en escarlata, la que sepultó al doctor y resucitó al escritor que el mundo recuerda hoy, en especial, gracias a su protagonista, un detective irónico e inteligente llamado Sherlock Holmes (2015: 83).

Algunos rasgos de la personalidad de su personaje provenían del escritor, según lo que se cuenta en el texto aludido:

… Para el público, Doyle y Holmes eran una unidad. Por un lado, ambos hombres —el real y el ficticio— tenían aspectos en común, como sus conocimientos científicos y la pasión por resolver misterios, porque, al igual que su personaje, no era raro que a la casa Doyle llegaran cartas de personas solicitando su ayuda para desentrañar enigmas. Así es como el célebre escritor fue consultado cuando Jack el Destripador dejó a Londres con la sangre helada (el escritor dijo que era un cirujano o un carnicero), o cuando desapareció la escritora Agatha Christie. Claro que, en la resolución de este último caso, Doyle apeló a un método que Holmes hubiera repudiado: el espiritismo. Y este es uno de los aspectos que más lo separan de su personaje, porque detrás del creador del mayor genio deductivo había un fanático creyente en el ocultismo (2015: 83 y 84).

Más adelante, el periodista le pregunta al escritor sobre la influencia que en él ejerció el autor de El cuervo:

—Dígame, cuando escribió Sherlock Holmes, ¿no influyó en usted Edgar Allan Poe? —Preguntó el reportero.

Se hizo el silencio en la habitación. El silencio se podía escuchar tan nítidamente como la cuerda de un violín al soltarse, pero al doctor Doyle le gustó la pregunta y la respondió de inmediato, impulsivamente:

—¡Sí, enormemente! Su detective es el mejor detective de ficción.

—Excepto Sherlock Holmes. —Se escuchó decir a alguien.

—Sin excepciones. —Respondió el doctor Doyle con vehemencia—. Nadie puede igualar a Dupin. Poe fue quien demostró que es posible hacer de una obra policial una obra de literatura.

—Pero Dupin no fue su modelo —sugirió la joven de mirada transparente como el cristal.

—Conocí a un maestro de escuela —comentó el escritor—, que deducía hechos irrefutables a partir del razonamiento.  (2015: 86 y 87).

Al final de la entrevista, el escritor aclara el tema acerca de cuáles fueron las fuentes de inspiración del famoso detective:

Sobre el final de la entrevista, Arthur Conan Doyle hace dos referencias claras acerca de dónde surgió la inspiración para crear a su emblemático personaje. Se puede decir que Sherlock Holmes es descendiente directo de dos grandes hombres, uno real y otro ficticio. Este último no era otro que Auguste Dupin, un personaje creado por el estadounidense Edgar Allan Poe en el cuento Los crímenes de la calle Morgue (1841), que es considerado el primer relato policial de la historia. Doyle no solo no reniega de Dupin, sino que hasta se muestra como un admirador de ese personaje tan parecido a su detective. Para empezar, el francés sigue un modelo lógico basado en la observación de los detalles más ínfimos y, por si fuera poco, tiene un compañero inseparable pero que, al contrario que el doctor Watson, es anónimo.

La otra mitad de Holmes es de carne y hueso, y no es un maestro de escuela, como afirma en la entrevista, sino un profesor que Doyle conoció en la universidad mientras estudiaba medicina. Joseph Bell era su nombre y fue uno de los precursores de la ciencia forense. El propio escritor contó que su profesor era capaz de conocer detalles precisos de la vida de un paciente —su nacionalidad y profesión, por ejemplo— incluso antes de que se presentara en la consulta. El detective le caía mejor a Bell que a su propio autor, a tal punto que alardeaba sobre el hecho de haber inspirado la creación de Holmes, y hasta le enviaba cartas a su exalumno para contarle historias que tenían el potencial de transformarse en tramas (2015: 87 y 88).

Hasta aquí la información relacionada con el nacimiento de Sherlock Holmes proveniente de la entrevista recuperada del The New York Times. Pude encontrar datos adicionales al respecto en el libro La vida de sir Arthur Conan Doyle, de John Dickson Carr (un novelista de historias detectivescas), traducido al castellano por el escritor chileno José Donoso.

Dickson «trabajó junto a la familia de Conan Doyle en Inglaterra», según se informa en la solapa de la biografía, y pudo consultar, además, «el material dejado por el gran escritor, incluso su correspondencia, que tuvo un término medio de sesenta cartas por día».

El novelista cuenta que Conan Doyle pensó primero en el siguiente nombre y apellido: «Ormond Sacker», para el ayudante de Holmes, pero como no le convencía, puso la mira en «uno de sus amigos de Southsea, que también era socio conspicuo de la Sociedad Literaria y Científica de Portsmouth, […] el joven doctor […] James Watson». Así, se decidió por emplear su apellido, cambiando el nombre de James por el de John, «y lo apuntó como John H. Watson» (1951: 66 y 67).

Para el personaje principal, consideró primero el nombre «Sherrinford Holmes»; sin embargo, no le parecía perfecto, por lo que empezó a jugar con él y se le ocurrió emplear uno irlandés: «Sherlock». Del primer libro en el que aparecería Sherlock Holmes, Conan Doyle ya «había descartado» como «título de su manuscrito», tiempo atrás, el de «Una madeja enmarañada», y optó por reemplazarlo por este otro: «Un estudio en escarlata».

Y la idea de escribir una novela sobre un detective, se le ocurrió a Conan Doyle luego de leer Lecoq el Detective, La camarilla dorada, El caso Lerouge, además de un cuento, de Émile Gaboriau (1951: 64). Y como bien señala Dickson, en ese momento de gran lucidez creativa, Conan Doyle «no tenía la menor idea de que estaba creando el personaje más famoso de la lengua inglesa» (1951: 67).

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Nota: La caricatura de sir Arthur Conan Doyle, al inicio de esta entrada, fue tomada de la siguiente dirección electrónica:  https://tinyurl.com/y5e5wbxm


Bibliografía

DICKSON CARR, John. La vida de sir Arthur Conan Doyle. Santiago de Chile: Empresa Editora Zig-Zag, 1951.
KONTENUT. Grandes entrevistas de la historia 1865-1903. Chile: Kontenut, 2015.